08/03/2017
8 de Marzo.
UNA PIONERA DEL FEMINISMO QUE ESTUVO EN ELCHE DE LA SIERRA: “A vosotras, mujeres albacetenses, que tenéis la valentía de romper los antiguos moldes, apresuraos a defender la República”, escribe Josefa Curet. Es año nuevo de 1932. El frío cae en Elche de la Sierra, una habitación alquilada cuesta 45 pesetas y la maestra nacional, Josefa Curet, ágil mecanógrafa, teclea y piensa. Letra a letra llegan los renglones. Afuera, el frío del pueblo. Dentro, en su escritorio, la maestra celebra con ardor y entusiasmo la llegada del voto femenino: “formad comités femeninos, organizaos, dar conferencias, así el voto femenino será el firme sostén de la república”.
El artículo completo se publica el 3 de enero de 1932, en el diario albaceteño Hoy. El último artículo de decenas que redactara desde 1923. Y se convirtiera, sin quererlo, en una de las pioneras del feminismo en la provincia de Albacete. Una de las primeras mujeres que comenzó a escribir en periódicos en nuestra tierra. Josefa Curet lo comienza a hacer en Jorquera, donde es maestra nacional. Es allí, donde despierta su vuela pluma, como le gustaba decir. Sentada ante su máquina de escribir, brotaban las ideas y las nostalgias. Y a menudo, venía a su recuerdo Barcelona, “ hogar de los míos, sepulcro de mis mayores, yo te recuerdo con todas las explosiones del amor”. Mujer, española, catalana, albaceteña y católica. Identidades que para ella, nunca fueron incompatibles. Las palabras humanidad, cariño, derechos sociales, civilización están muy presentes en toda la obra de Josefa Curet. La mayor parte de sus artículos fueron publicados en el periódico La Voz del Distrito, y en ellos, deja ver la mujer humanista que siempre fue. Humanidad por encima de religión. Un discurso el suyo, que le trajo alguna polémica; como la mantenida con su compañera de letras y también pionera del periodismo local, Rosario Claramunt, maestra en Casas Ibáñez. Josefa Curet solía rodearse de los mendigos, los niños, los ancianos para darles la “palabra clara y serena de suaves acentos”. Josefa creía que “la escuela era el templo del futuro y la religión del amor es la más bella de las religiones”. A lo que, indignada, Rosario rebatió con un contundente artículo en el que narraba un milagro. Curet le respondía amablemente, “comparto que la Fe es generadora de toda empresa, aunque lamento que esa misma fe haya generado las luchas más terribles de la historia”. La discusión periodística terminó cordialmente en tablas. En julio de 1925, en plena Dictadura de Primo de Rivera, Josefa Curet publica su decálogo para el gobernante. Entre aquellas verdades impresas, decía: “Serás cruel con las niños si les niegas el pan de la ilustración (…) si a los 20 años les entregas un fusil y dispones de su vida (…) amarás a los niños sobre todos los humanos”. La maestra, feminista y escritora, sufría por la guerra en Marruecos y también por la situación de los trabajadores y la pobreza que solían ver sus ojos. En una ocasión, escribió: “cuando hablan de la grave incompatibilidad entre los municipios y sus empleados, yo me acuerdo de los pueblos sin alcantarillado, de las aguas insalubres, de las escuelas irrisorias, de la mortalidad infantil”. Es febrero de 1930 y Primo de Rivera es parte de la historia.
Josefa Curet abandona Jorquera y marcha a Elche de la Sierra. Acaba un “tiempo político quieto” y comienza para ella un nuevo destino. Llega a un pueblo populoso, monárquico y clasificado socialmente, como hace siglos. La misa de San Blas vale 50 pesetas, mientras el jornal para una mujer por blanquear una casa es de 4. Un viaje del alcalde a Albacete cuesta más de 20 duros, pero Josefa Curet, como maestra nacional, sólo gana 75 pesetas mensuales. Un tiempo, en el que el contrato nacional exige a las maestras, “no casarse, no andar en compañía de hombres y usar, al menos, dos enaguas”. Una España tercermundista en que la injusticia es evidente y generalizada, no sólo en la Sierra del Segura. Escribe Curet: “Es la España de la intransigencia que revive con fuerza inusitada, es la España de la pandereta, de los toros y los escándalos parlamentarios (…) terminar las discusiones a palos y bofetadas es antiestético (…) el mundo nos mira”. España entera es un polvorín político en marzo de 1931.
Esta primavera de 1931, Josefa Curet comienza a publicar una serie de artículos en defensa de la República que está por llegar y que finalmente se proclama el 14 de abril de 1931: “Yo soy la joven república que lleva en su seno fuentes abundantes de prosperidad. Pueblo, mientras tu dormías, yo espiaba tu sueño, sufría tu hambre y sed de justicia, me ofrecí a ti entera, sin reservas, como se ofrece la amada al amado”. La maestra celebra el nuevo régimen, pero advierte de los peligros que aún gravitan: “La monarquía, con sus fanatismos, con sus apaños electorales, con su desprecio absoluto hacia el pueblo, manchada con la sangre fraticida, ha mu**to para no revivir jamás. Pero si la monarquía ha mu**to, quedan sus representantes, los hombres que sirvieron a la España de los caciques, de la injusticia, del favoritismo. La república, nacida al calor de los derechos del proletariado, no puede amparar a los representantes del poder mu**to”. Y acertó Josefa Curet, con la precisión de una cirujana. En su último artículo conocido, en enero de 1932, dice sobre el voto femenino: “hay un número bastante considerable de mujeres que sueñan con la restauración, que llora ingenuamente por la familia real destronada y se muestran insensibles ante un niño descalzo”. Consciente de que la destrucción de la democracia podía estar bien cerca, Josefa Curet escribió su último artículo y desapareció en el tiempo y la memoria. Y la memoria y el tiempo borraron lo que después pasó en los pueblos de la Sierra del Segura.