12/11/2020
Mucho antes de que James Dean, River Phoenix, Kurt Cobain o Amy Winehouse hicieran suya la frase de John Derek en Llamad a cualquier puerta, “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, Henri Calet estuvo a punto de formar parte de este selecto club al caer en una espiral autodestructiva (dr**as y alcohol) que casi le cuesta la vida (intento de suicidio incluido). Fue al poco de llegar a Montevideo en 1930, con 26 años, cuando por primera vez prueba la co***na de la mano de su amigo Pombo. En El gran viaje, lo cuenta así: “Esa noche hizo por primera vez alusión a la droga, así, abiertamente. Era toxicómano, como Lancelot, pero cada tanto, o más bien según el dinero del que disponía. Era su segundo secreto.
Germain no podía sino lanzarse a ello con toda exuberancia, en cuerpo y alma; él, que quería conocerlo todo, vivirlo todo. Iba a salir de la mediocridad, esperaba alcanzar algo... Algo bastante impreciso: la felicidad, tal vez. Hacía tiempo que corría detrás de la vida; por fin iba a darle alcance. Pero no tenía freno. Era lo que hacía que el futuro en que se aventuraba se presentara como sumamente peligroso: arriesgaba tropezar, quebrarse, reventarse de entrada.
Enseguida, la quería enseguida.
-Puedo encontrar co***na en lo del griego, dijo Juan Manuel.
-Vamos allí de inmediato.
(…)
El griego los dejó pasar. (…) Arrastrando sus pantuflas fue hasta un cuarto, volvió con un frasquito oscuro sellado con cera que examinó a la luz de la lamparita eléctrica.
-Darmstadt garantida.
Lo dijo como el sommelier de un restaurante anuncia un gran vino. (…) Fueron en auto hasta la playa del Buceo, después de haber comprado una botella de manzanilla; alquilaron una caseta de baño. Allí, sobre la arena húmeda, a la luz de la luna, con el ruido incesante de las olas, tuvo lugar la iniciación de Germain. Juan Manuel oficiaba... Destapó el frasco, vertió con gran cuidado en la parte inferior de una pluma de acero un poco del polvo blanco que brilló a la luz de la luna... Era polvo de luna... Los dos estaban de rodillas. Germain se acordó de su primera comunión. Una ceremonia similar, sentía la misma embriaguez que entonces, era el mismo fuego interior, miles de luces encendidas, música a raudales... Juan Manuel le dio la pluma sosteniéndola por la punta:
-Toma, mi Negrito, te doy tu primera raya.
El pan.
-Toma un poco de manzanilla.
Y el vino.
El polvo le había quemado levemente las narinas; le quedaba un gusto metálico, helado, medicinal en la garganta. No podía reprimir una brusca necesidad de hablar.
De pronto se dio cuenta de que estaba solo; Juan Manuel había desaparecido. ¿Adónde había ido? Germain se puso a correr. No había nadie en la playa:
-¡Juan Manuel!
La arena le entraba en los zapatos. Estaba aterrado, se sentía abandonado. ¡Y él que había esperado que Juan Manuel se acercara más a él!
Cuando volvió a la caseta, Juan Manuel estaba allí.
-Hice un gran viaje, le dijo con una sonrisa. Entonces, ¿terminamos ese frasco?
Para esa Navidad, el Niñito Jesús había puesto un peligroso juguete en el árbol de Germain.