27/04/2019
Me hago mayor, pero todavía soy capaz de apreciar el funcionamiento de las cosas y de asimilar alteraciones de mi ecosistema cuando tropiezo con alguna disfunción accidental, leve y puntual. Hasta cierto punto. Caigo en la cuenta de que si abro el grifo sale agua cuando toca una rara avería nocturna y tengo que ir a trabajar con el pelo torcido y la cara empañada por una textura seca y mate, el rostro de la mojama. Y lo llevo. Vivo en un sitio con tres mil horas de luz al año, pero resulta que existe la lluvia porque un día tengo que aparcar a cien metros de los estragos de la rambla y ¡ay, qué cruz! Bueno, también lo llevo. Pero empiezo a temer una catarata de disfunciones que se reproduzcan más allá de lo humanamente asumible y que un día me despierte, de repente, sin algunos de mis dinosaurios de referencia a mano. Y eso ya, regular.
La estructura clásica del relato vital -planteamiento, n**o y jubilación- empieza a ser carne de trinchera. Me preocupa. La posibilidad de añadir facturas de escuelas, autopistas y hospitales privados a cambio de veinte o treinta euros menos de impuestos, abre la puerta a un nuevo ecosistema que no se sostiene con la calculadora en la mano. Me preocupa. Los drones de la nueva política sádica bombardean con cosas como, no sé, que el ahorro de las administraciones pasa por quitarle el ayuntamiento de referencia a doce docenas de ancianos que viven en una zona despoblada, o que subir el salario mínimo es una catástrofe económica, o que el catolicismo debe imponerse al derecho a una muerte digna y a la interrupción de un embarazo no deseado.
Permiso, cliché: creo que en las elecciones de mañana no hay mucho que ganar, pero sí bastante que perder. Concrección del cliché: personalmente, no me apetece despertarme de la siesta dentro de unos años y coger el teléfono para negociar con un teleoperador de una subfilial de Jazztel-Sanitas mis coberturas médicas, el coste de las recetas o el precio de la radiografía de unos huesos triscones. Que disfunciones de este tipo se hagan crónicas, que se acumulen hasta que el ecosistema mute en jungla neoliberal definitiva. Sálvese quien pueda no es mi rollo. Mi rollo es el rock.
Creo que decir que hay que votar para que la chavalada pueda vivir sin la obligación de trabajar más de 50 horas/semana hasta los 75 años sería asumir demasiado. Con asegurarme de que he aportado mi grano de arena para que les pueda atender un médico aunque no lo puedan pagar, para intentar que no se institucionalice la opinión de que son unos vagos si se quedan en paro, los insultos por su orientación sexual, o que señalen y responsabilicen de las desdichas de otros por haber nacido fuera de España, me doy por satisfecho. En fin, que iré a votar porque no quiero vivir en un lugar cogobernado por neofascistas, sádicos y disfuncionales. “Sin esperanza, con convencimiento” decía Ángel González, y en este contexto me viene al pelo.
Por Rafa Posada