04/03/2026
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Historia Real
D.E.P 🕊️
Los padres de Ana, los padres de Óscar
Novios felices. Recordemos siempre en vida a Ana María y a Óscar.
Remover el pasado es casi siempre un ingrato ejercicio de memoria, que la vida apenas deja huellas de felicidad y, sin embargo, la tragedia marca a fuego nuestro sino. Apelamos continuamente al “carpe diem”, a disfrutar del momento, pero hay cosas que marcan de por vida y no nos dejan vivir en paz casi nunca. Como pocas de inmenso dolor tiene que ser la muerte de un hijo. Como nada en el mundo puede ser que, además, te lo arrebaten, matándolo cruelmente.
Eso pasó en Jaén y ahora se cumplen 20 años de aquella tragedia sangrienta. Hemos hecho parada y recuento de todo lo sucedido la noche del 8 de junio de 1992. Fue horrible, dos novios aparecieron asesinados, en distinto lugar, y el doble crimen se queda definitivamente sin castigo. Por eso, porque el caso prescribe judicialmente, hay que clamar al cielo.
Fracasamos entonces como sociedad y hemos fracasado desde ese día en todos los campos que marca nuestra Constitución como garantías de un país democrático, la libertad, la igualdad y la justicia. No ha pagado nadie por aquel horrendo crimen y hay que decir al viento que baja de las faldas del Castillo y se entrecruza por cada rincón de la ciudad que vive a sus pies que no pueden estar tranquilas la Policía ni la Justicia. Ni los otros ni los unos, que el crimen irresoluto es, además del fracaso colectivo que les relataba, un argumento poderoso para no creer en una de las patas del Estado de Derecho. Ya no es que la Justicia no sea justa, es que no ha habido justicia. Y debe saberse, debemos recordarlo los periodistas para que las nuevas generaciones de jiennenses no olviden que en un paraje de la carretera de Fuerte del Rey, no muy lejos de un cortijo de nombre “La Casimira”, pasaron cosas atroces. Refrescamos la memoria con ese único objetivo a la par que hay que mandarle un mensaje de ánimo permanente y solidaridad eterna a los padres y hermanos de Ana María Torres y de Óscar Arroyo. La llama de esas vidas truncadas sigue encendida en el recuerdo perpetuo de su familia, de sus amigos, de sus vecinos. Descansen en paz ayer, hoy y siempre. Y si hay in****no ahí deberían estar cocidos sus asesinos.