29/07/2019
Cierra los ojos…
Carolina “Carito”, así le decíamos todos de cariño, así le gustaba que la llamaran, porque a pesar de creerse grande para unas cosas, no lo era para otras. Carito lograba sacarme grandes carcajadas. Ella tenía ocho años y su forma de diversión era muy distinta a la mía. Le encantaba gastar bromas a los adultos.
Una de tantas tardes esperadas por mí, doña María la mamá de Carito, nos invitó a piscina. Estábamos disfrutando en familia, pero como niñas curiosas nos alejamos del grupo y nos recostamos en el pasto a ver pasar los bichos. Yo seguía anonadada en el ir y venir de las hormigas, pero ella no; se acercó a mí y comenzó a hacerme muchas cosquillas, mientras una de sus manos se fugó por debajo de mi camisa y detallaba mi espalda, las cosquillas se transformaron en caricias, parecían las caricias de mi mami, pero con un tono distinto, algo perturbador y encantador al tiempo. Una mezcla de florecientes sensaciones, extrañas y desconocidas. Toda esa mezcla fue interrumpida por los gritos de nuestras madres quienes llevaban rato buscándonos. Como era lógico un regaño bien ganado, sobre todo para Carito que siendo la mayor tenía más responsabilidades.
Esa noche nos quedamos a dormir en casa de la Doña María. Terminamos de cenar cuando Carito me tomó de la mano y me llevó a su habitación para mostrarme sus nuevos juguetes, cerró la puerta y nos sentamos en la alfombra. Se puso a sacar un par de pelotas del baúl, pero las tiró lejos, fue cuando se acercó y me susurró: -¿Te gustan mis caricias?- No fui capaz de responder a esa pregunta, no con palabras, sólo asentí con la cabeza. Ella dijo que podía enseñarme muchas cosas, cosas que yo no sabía, dijo que debía guardar el secreto pues nadie podía enterarse de nuestro juego, o no nos volveríamos a ver. Pero, ¿qué sabía yo de secretos? ¿Qué sabía yo de maldades más allá de dejar el almuerzo a medio comer?, ¿de arrancar las hojas de mi cuaderno?, ¿de rayar las paredes de la casa?, ¿de esconderle los juguetes a mi hermano?, ¿de hacerme pipí en los muebles?... ¡Qué me iba a imaginar que las pequeñas charlas de mi madre sobre no dejarme tocar, que nadie se sobre pase contigo, te diga cosas feas, te toque extraño, ni siquiera porque sea tu padre y menos en esas partes donde sólo las madres conocen a sus hijos, y ese repetitivo -“¡No permitas que nadie te toque!”- aplicaba también para Carito. Una a duras p***s procesaba toda esa información y medio la decodificaba, todo con el fin de cesar la preocupación de una madre, que pasara a la seguridad y tranquilidad. ¿¡Qué entendía yo!? No más de lo que me brindaba mi mejor amiga: una caricia. Un besito en la mejilla. Un silencio… Ella y sus ocho años. Yo y mis seis añitos. Inocencia. Gusto inexplicado. Labios rojitos. Manos pequeñas… Cierra los ojos. Seis añitos.
Después de esa larga noche, tenía la extraña sensación de haber indagado en otro mundo. Pasó una semana, y preguntándole a mi madre a qué hora iríamos donde doña María, me dijo algo abrumada - Siéntate mi pequeña, debo contarte algo-. Mientras una lagrima rodaba por su mejilla. –Carito ha cerrado los ojos y entró en un profundo sueño del que no volverá a despertar ¿Entiendes eso? -
> Quería llorar no podía.
A Carito se le escapó el alma la mañana del cuatro de marzo, en un accidente del bus escolar.
Una mañana de neblina y muy fría, como las manos frías de Carito, porque ya no eran tibias y jamás lo volverían a ser; ahora solo eran un conjunto de labios pálidos y mejillas tiesas. Un dolor. Mucha confusión -me duele el pecho-. Ojos tristes y llanto.
Ocho años congelados… Cierra tus ojos, Carito.
Seis años en aumento…, los míos.
Fin.
By: Jazmin sin tilde