08/07/2026
Ni conoció a su padre ni conoció a su Madre. Los dos murieron al comienzo de la Guerra Civil, en 1936. El mismo año que Manuel Benítez ‘El Cordobés’ (90 años) vino al mundo. No tiene recuerdo alguno de ninguno, así que fue su hermana Angelita, la mayor de los cinco huerfanitos, quien se tuvo que echar la familia a cuestas.
“Nunca conocí a mis padres. Nací muy pobre. Vivía con mis hermanos en un corralillo, sin nada para comer. Vivíamos de trincar lo que podíamos para llevárnoslo a la boca”, rememoró Benítez en el año 2015 cuando la Asociación Taurina Parlamentaria le concedió su galardón.
Dormía con los cerdos
De niño, no pudo aprender ni a leer ni a escribir. Bastante tenía con sobrevivir al hambre, como para andarse preocupando por las sumas y por las restas. Con los años acabaría aprendiendo. No le quedó más remedio cuando treinta años más tarde se convirtió en la figura del toreo más importante de los años 60.
De niño, lo mismo vendía maíz que guardaba cochinos. Todo trabajo era bueno si este le procuraba algo de comida, y a veces, hasta le daba un techo, aunque ese fuera el mismo bajo el que dormían los animales. “Dormía en una cama hecha con jara y con una mantilla”, le contó a Juan Y Medio en una entrevista emitida por Canal Sur en 2026.
“Con un cachito de pan echaba las 24 horas”, y esa era la única paga que percibía por su trabajo en el campo. No era mucho, pero con eso a él le alcanzaba. Y, sobre todo, dejaba de ser un peso más para su hermana Angelita.
De tanto estar en campo, un día su suerte cambió. “Vi por primera vez un toro bravo en las tierras de una ganadería de mi pueblo, Palma del Río. Saltaba las cercas de la dehesa por las noches, intentando dar algún pase a la luz de la luna a alguna de aquellas reses”. Pero esa primera toma de contacto no salió tan bien como a él le hubiera gustado, puesto que acabó en la cárcel. “Me pillaron y fui a parar al cuartelillo de la Guardia Civil”.
Pero eso no lo frenó. Había descubierto una fascinación que le acompañaría el resto de su vida. A partir de entonces, el jovencito Manuel solo tendría en mente una única cosa: convertise en una gran estrella del toreo. Y, como a veces los sueños se hacen realidad, él logró el suyo.
Ni asistió a refinadas escuelas de toreo ni estuvo rodeado de altos apoderados. Manuel ofrecía valentía y pases poco ortodoxos, pero que enganchaban al público. Quizás se podría comparar con el éxito posterior que tuvo Jesulín de Ubrique, cuya fama llegaba a eclipsar sus dotes con la muleta.
Hacía las cosas tan a su manera que, en 1957, buscando atención y una oportunidad, saltó como espontáneo a la plaza de toros más famosa de España: las Ventas. ¿Aquello salió bien? Definitivamente no. El toro, el quinto de aquella tarde de domingo, le embistió y le propició varias volteretas. Y, por si no había tenido suficiente, acabó de la misma manera que cuando era adolescente y se coló en la ganadería de toros bravos: arrestado.
Tras mucho insistir, acabó lográndolo y, en 1963, tomó la alternativa. Su fama creció como la espuma y su famoso recibimiento al toro con el salto de la rana, le valieron no solo fama nacional sino también internacional. “Recorrí el mundo entero sin saber ni leer ni escribir”, contó a Juan Y Medio, y reveló que fue ya de mayor cuando lo tuvo que aprender todo.
El éxito
Su década fue la de los 60. Tuvo las mayores tardes de gloria, y, además, las mejores estadísticas. Le hicieron canciones, protagonizó películas… Benítez era un fenómeno de masas en sí mismo, y su pasado como niño pobre no hacía más que acrecentar su leyenda porque nada gusta más que una historia de superación. Y Manuel aunaba valentía en los ruedos, con orígenes humildes y estrellato taurino. Tenía todos los ingredientes para trascender del matador al icono.
A finales de los años 60 y durante la década de los 70, cuando ya está consolidado como estrella del capote, vive su periodo amoroso más tumultuoso. A los hijos ilegítimos se les suma una boda y, tras esta, otros tantos vástagos. Repasemos para no perder la cuenta. En 1968 viene al mundo Manuel Díaz, marido de Virginia Troconis, y que durante años luchó para ser reconocido como hijo del torero. Como este, siguió sus pasos en las plazas, con la esperanza de que, algún día le prestara atención y lo quisiera.
Hay más. En 1969 nace María Ángeles Benítez Raigón y, ese mismo año, pero en Estados Unidos, lo hace Manuel Benítez, que en lugar de ser torero fue actor y lamentablemente falleció hace años.
Junto a Martina, con la que se casó en 1975 en el Santuario de Nuestra Señora de Belén de Palma del Río, tuvo cinco hijos más: María Isabel, Manuel María, Rafael, Martina y Julio. Este último también ha querido ser matador como su padre y su hermano mayor.
Tras años de luchas y de tensiones, Manuel acabó reconociendo a todos sus hijos ilegítimos. Para Díaz fue una enorme satisfacción y tranquilidad. No tanto para él, sino por la promesa que, años atrás, había hecho a su madre. “Mamá, tranquila, que me he comprometido a defender tu honor y tu verdad". Y cumplió su palabra.