08/09/2026
MADRE MÍA, LOS DELFINES.
En teoría, lo que preocupa son los animales. Decimos en teoría porque, viendo muchos de los vídeos, comentarios y titulares que han circulado estos días, cuesta encontrar una preocupación real por el delfín, por la oca, por los gatos o por cualquier otro animal.
Lo que parece repetirse, una y otra vez, es el intento de utilizar su sufrimiento para construir un relato sobre un colectivo. Convertir un caso concreto en una acusación general. Utilizar la imagen de un animal para alimentar la indignación y dirigirla contra personas a las que ya se ha decidido señalar.
Y ahí está el problema. Una cosa es denunciar un posible caso de maltrato, exigir que se investigue y reclamar responsabilidades. Otra muy distinta es utilizar ese sufrimiento para presentar a miles de personas como salvajes, invasores o incapaces de convivir. No podemos convertir a los animales en herramientas para justificar prejuicios y alimentar el odio.
Durante semanas, determinados sectores de la extrema derecha, medios afines y cuentas que difunden discursos xenófobos han utilizado distintos animales para alimentar un relato de odio en torno a la situación de Ceuta. No vamos a entrar en el conflicto geopolítico entre España y Marruecos. Vamos a hablar de animales, que es lo que conocemos y lo que nos importa.
Porque aquí hay algo que no podemos pasar por alto. No podemos afirmar que todas las personas de un colectivo son maltratadoras porque una persona haya cometido un acto de maltrato. Tampoco podemos afirmar que todos los españoles seamos taurinos, cazadores o maltratadores porque en España se practique la tauromaquia, se permita la caza o se celebren determinados festejos con animales. Sabemos que sería una generalización absurda.
Entonces, ¿por qué se considera aceptable tratar a todo un colectivo de la misma manera? ¿Por qué una persona puede ser convertida en representante de miles, mientras se evita mirar las contradicciones de nuestra propia sociedad?
La diferencia es que, cuando se trata de señalar a otros, esa generalización parece aceptable.
Cuando se trata de mirar nuestras propias contradicciones, entonces demasiadas veces hablamos de tradición, cultura, deporte o gestión.
Y si realmente nos importan los animales, deberíamos ser capaces de defenderlos sin seleccionar cuándo merecen nuestra sensibilidad. El sufrimiento no deja de ser sufrimiento porque quien lo provoca sea de aquí o de allí, porque tenga una ideología u otra, o porque forme parte de una tradición que llevamos años normalizando.
Un animal no entiende de política, pero nosotros sí.
Un animal no entiende de ideología, pero nosotros sí.
Un animal no entiende de derechos, pero nosotros sí.
Un animal no vota, pero nosotros sí.
Y precisamente por eso tenemos una responsabilidad. La de no utilizar a los animales para construir enemigos, sino para cuestionar aquello que seguimos permitiendo.
Porque si hablamos de protección animal, también tenemos que hablar de la caza, de la tauromaquia, de los festejos con animales, de los delfinarios, de los zoológicos, de la explotación, del abandono y de todas esas prácticas que seguimos justificando en nombre de la cultura, la tradición, el entretenimiento o los intereses económicos y políticos.
No porque una cosa justifique otra, sino porque no podemos elegir nuestra sensibilidad hacia los animales según quién los maltrata.
Los animales no necesitan que los utilicemos para odiar. Necesitan que dejemos de justificar su sufrimiento. Y que, de una vez, aprendamos a defenderlos sin convertirlos en enemigos de nadie.
NO PERMITAMOS QUE EL FASCISMO UTILICE A LOS ANIMALES PARA BLANQUEAR SU DISCURSO DE ODIO Y VIOLENCIA. LOS ANIMALES NO SON ARMAS. SON VIDAS.