08/12/2022
En mis tiempos (expresión viejuna), cuando estudiábamos anatomía, nos tocaba hacer dibujos chapuceros para entender de dónde venían y hacia dónde iban las estructuras. Copiábamos de la pizarra (de profesores que también dibujaban, pero mejor), calcábamos de los libros, fotocopiábamos en blanco y negro, coloreábamos el Climent... Por no hablar de las aventuras de las disecciones de restos formolizados, que son un capítulo aparte.
Habría sido mucho más divertido si nos hubieran dejado destripar estas joyas del Dr. Azoux, pero resulta que estaban escondidas y han tenido que pasar años hasta que las han rescatado. Descubrirlas ahora ha sido casi como entrar en la cámara del tesoro de Tutankamón, sobre todo yendo en tándem médico-veterinario y explicándonos curiosidades mutuamente en unas salas en las que no había nadie más. El sábado repetimos, con guía de lujo.
Con cariño para el caballo que presidía la entrada a la sala de anatomía, y a cuyos pies dejábamos los abrigos y las mochilas para ponernos la bata blanca. Más de una vez nos preguntamos, «¿Se podrá desmontar?».