22/11/2020
“Compren, nos estamos arruinando”, clama un vendedor del Rastro, custodiando un batallón de antiguallas y figuras de dudosa procedencia.
Las gentes, siempre curiosas, pasean por entre las callejuelas con aire distraído, pastoreadas por unas vallas azules que les indican por donde ir. Suban por aquí; bajen por la otra calle. “Disculpe, señorita, ¿dónde va?”, pregunta un agente.
Ahora el Rastro, de origen tan arrabalero, con esa pátina de decadencia y óxido, parece un gran museo al aire libre. Cada metro parece medido, cada puesto de metal corroído parece un escenario y hasta el grito del gitano parece una farsa al servicio de una ruta guiada por el mercado con más solera de Europa.
La nueva normalidad del Rastro nos ha devuelto los domingos de calle, bocata y paso de nazareno, por ha difuminado todo lo auténtico y viejo que había en él.