02/01/2026
—¡No puede ser, Lucía! ¿Cómo has podido dejar sola a mi hija aunque fuera un minuto?— gritó Carmen, con los ojos llenos de lágrimas y rabia, mientras la tormenta golpeaba los cristales de la casa.
Me quedé paralizada, empapada por la lluvia que había traído al entrar corriendo tras buscar a la pequeña Alba. Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía oír mis propios pensamientos. La niña estaba dormida en su cama, sana y salva, pero eso no importaba. En ese instante, la palabra "negligencia" flotó en el aire como un cuchillo afilado.
Nunca olvidaré esa noche. Era sábado y yo, Lucía Martín, había aceptado cuidar a Alba para ayudar a Carmen y a su marido, Antonio, que tenían una cena importante en el centro del pueblo. Todo iba bien hasta que la tormenta se desató y la luz se fue. Alba se asustó y bajó corriendo las escaleras. Tropezó, pero no se hizo daño. La llevé de vuelta a la cama y le conté un cuento hasta que se durmió. Cuando sus padres regresaron, Carmen entró en pánico al ver una pequeña herida en la rodilla de su hija.
—¡Esto es imperdonable!— gritó Antonio, sin mirarme siquiera.
Intenté explicarme, pero nadie me escuchaba. En cuestión de minutos, los gritos se habían convertido en susurros venenosos que salieron disparados por las ventanas y recorrieron las calles del pueblo como pólvora mojada. Al día siguiente, en la panadería, sentí las miradas clavadas en mi espalda. Nadie me saludó. Mi madre, Rosario, me miró con tristeza cuando llegué a casa.
—¿Qué ha pasado, hija?— preguntó con voz temblorosa.
No pude responderle. Me encerré en mi habitación y lloré hasta quedarme dormida. A partir de ese momento, todo cambió. Mi mejor amiga, Marta, dejó de escribirme. Los padres del colegio ya no me saludaban cuando iba a recoger a mi hermano pequeño. Incluso mi abuela Pilar empezó a preguntarse si había algo de verdad en los rumores.
—Lucía, dime la verdad… ¿Dejaste sola a la niña?— me preguntó una tarde mientras preparábamos la merienda.
Sentí cómo se me rompía el alma. ¿Cómo podía dudar de mí alguien que me había criado?
La situación en casa se volvió insostenible. Mi padre apenas hablaba y mi madre evitaba salir conmigo para no enfrentarse a los comentarios del pueblo. Empecé a faltar al instituto porque no soportaba las miradas ni los susurros. Me sentía atrapada en una pesadilla sin fin.
Una tarde, decidí enfrentarme a Carmen. Fui a su casa y llamé al timbre con las manos temblorosas.
—¿Qué quieres?— preguntó ella al abrir la puerta.
—Solo quiero que me escuches— le supliqué—. Yo nunca pondría en peligro a Alba. Fue un accidente, nada más.
Carmen me miró con frialdad.
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