13/05/2026
“Dios mío, ¿qué he hecho mal?” El temblor en mi voz llenó la pequeña cocina mientras el reloj marcaba las tres de la madrugada. Llevaba horas junto a la ventana, esperando un sonido, una silueta, cualquier señal de que mis nietos Alonso y Mariana regresaran a casa. El corazón me martillaba el pecho como si quisiera escaparse, y en el silencio de la noche, sólo el tic-tac respondía mis súplicas. Nadie me preparó para el dolor mudo de ver desaparecer a aquellos a quienes más amaba.
Todo comenzó unos meses antes, cuando noté que Alonso, el mayor, tenía una mirada que ya no reconocía. Callado, evitaba nuestras comidas familiares y cada vez salía más tarde con amigos que jamás presentaba. Mariana, siempre tan risueña, empezaba a encerrarse en su cuarto, bajando la cabeza cuando la miraba. Al principio pensé que era la adolescencia, esas tormentas pasajeras que uno cree poder capear con paciencia y cariño. Pero la realidad golpeó con fuerza el día que la policía tocó a mi puerta.
“¿Es usted la abuela de Alonso y Mariana Montes?” preguntó el agente, su mirada rezumando compasión.
Mi mundo tembló. Me dijeron que los habían encontrado en el parque, rodeados de mucha gente y de cosas que no debería ningún niño tocar. Tardé semanas en entenderlo, en aceptar que mis nietos estaban dejando que la vida los arrastrara hacia lugares oscuros. Mi hija Nora, su madre, vivía en Ciudad de México por trabajo y apenas podía visitarnos. Me sentía sola, responsable, cargando un peso imposible sobre los hombros.
“Abuela, no entiendes, sólo quiero olvidar todo, aunque sea por unas horas”, me respondió Alonso una vez, su voz partida al descubrirlo llorando en el baño, una bolsita de polvo blanca escondida bajo el lavabo. Mariana, en cambio, evitaba el contacto. Cuando le hablaba, simplemente se ponía sus auriculares y desaparecía en un mar de música atronadora.
Lloré. Lloré aún más fuerte que el día en que mi esposo falleció. No por mis errores, sino por el dolor ajeno en esos ojos que me miraban pidiendo ayuda aunque se negaban a aceptarla. En medio del desespero volví a la fe de mi infancia; esa fe sencilla y persistente que me enseñó mi madre en las tierras secas de Jalisco, rezando rosarios para pedir lluvia. Encendía una vela cada noche y murmuraba oraciones porque sentía que sólo un milagro podía salvarnos.
Pero la fe no es magia. Es paciencia. Es mirar la oscuridad sin parpadear. Así que, a pesar del cansancio, me propuse estar en casa todos los días cuando ellos regresaban. Cocinaba sus platillos favoritos, ponía su música en la radio y fingía leer mientras los espiaba desde el sofá. Una tarde, le pregunté a Alonso con voz baja: “¿Sabes por qué rezo por ti todos los días?”
Él me miró, sus ojos oscuros y enrojecidos, sospechosos. “¿De verdad te importa, abuela? Yo ya no tengo salvación.”
Tomé su mano, temblorosa. “Nada de lo que hayas hecho me hará dejar de amarte. Pero si tú te rindes, yo nunca lo haré.” Quizás pensó que era otra de mis frases viejas, pero vi cómo apretaba mi mano con fuerza antes de irse.
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