02/09/2026
Durante el periodo de entreguerras, la militancia paramilitar se convirtió en una de las formas de participación política en toda Europa. España no fue una excepción. Las milicias de Falange, de la Comunión Tradicionalista carlista, la CEDA, monárquicas y de otros partidos de derecha iban a entrar en liza nada más estallar el golpe.
Los años de euforia, de mítines, de manifestaciones y peleas por las calles, se habían convertido repentinamente en sangre, hambre y agotamiento. Entre las ruinas del alcázar de Toledo, la primera línea de Falange luchó junto a los militares y guardias civiles que se sumaron al golpe de Estado. Comenzaba la Guerra Civil.
Entre las milicias más numerosas estuvieron los requetés de la Comunión Tradicionalista. Armados, convencidos, monárquicos. Fueron las primeras tropas de choque en Navarra, pero también en Andalucía, y en otras provincias.
Sin embargo, los falangistas consiguieron aglutinar al grueso de los “voluntarios” de la primera hora para nutrir con esas milicias las columnas que iban a Madrid, aunque muchos de los recién enrolados no compartían sus ideas fascistas.
La rebelión triunfó en media España. En la otra media, falangistas, carlistas y otros milicianos y milicianas, altamente motivados, iniciaron una lucha discreta y soterrada, una quinta columna para entorpecer el esfuerzo de guerra de la República.
No solo Falange o la Comunión Tradicionalista carlista, también se sumaron a la acción las Juventudes de Acción Popular, las boinas verdes de Renovación Española, y los Legionarios de España del doctor Albiñana. A todos ellos se unirían, tras el estallido de la guerra, los voluntarios de Acción Ciudadana.
Algunos se sumaron a las fuerzas de ataque, pero una de sus misiones fundamentales fue controlar la retaguardia. Jóvenes, con ganas de destacar y de ascender, motivados, cometieron crímenes horribles, de los que muchos se arrepentirían toda la vida.
Ultranacionalista, con tintes católicos, antiparlamentarios, Falange buscaba provocar una revolución para crear una España acorde con sus ideas… hasta que toparon con Francisco Franco. El Decreto de Unificación acabó con aquellas veleidades para sumarlos en un partido único, bajo un mando único.
Tanto las margaritas carlistas como la Sección Femenina de Falange encontraron su hueco en la guerra. Enfermeras, profesoras, quintacolumnistas. Alejadas del frente de combate, cumplieron múltiples misiones cruciales, a las que el régimen trató de quitar importancia después.
Los carlistas de la Comunión Tradicionalista, monárquicos hasta la médula, también intentaron conservar su independencia política, pero el franquismo aprovechó sus fracturas internas para acabar con Manuel José Fal Conde, su líder principal, y fusionarlos con Falange.
Crear la Falange Española Tradicionalista y de la JONS fue el paso político, integrar banderas y tercios en las unidades de combate fue el militar. Mediada la guerra, las milicias de unos y otros estaban en pleno proceso de integración, como fuerzas de choque, en el Ejército rebelde.
El Cara al sol, la bandera rojigualda, el lema ¡Arriba España! Y las ideas de cruzada contra el bolchevismo y reconquista se convirtieron en elementos fundamentales de la propaganda de guerra emitida por Falange, tanto en su propia retaguardia como hacia las líneas enemigas.
Al final de la contienda, todos aquellos que aceptaron la jefatura de Franco, renunciando a algunas de sus ideas para aceptar la creación de un partido y un ejército únicos, medraron, como el carlista José Solchaga, militar condecorado antes, durante y después de la guerra.
Para saber más te invitamos a hacerte con el nuevo número especial de los ejércitos de la Guerra Civil, dedicado a las milicias sublevadas, desde hoy en kioscos, librerías y en nuestra tienda online.
🔗 https://www.despertaferro-ediciones.com/revistas/numero/especial-xlviii-ejercitos-guerra-civil-milicias-sublevadas-falange-requete/