24/08/2026
UNA BOLA NEGRA PARA MIS DIRECTORES FAVORITOS
Confieso que no es fácil escribir sobre una película que no ha cumplido mis expectativas. La bola negra es el segundo largometraje de mis directores favoritos, Javier Ambrossi y Javier Calvo (Los Javis).
A su tiempo me conquistaron con su serie, La Mesías.
La combinación original de drama, comedia negra, bandas sonoras muy melómanas y un barroquismo sofisticado del lenguaje cinematográfico permite a los admiradores de Los Javis considerarlos herederos del cine de Almodóvar.
Sin embargo, al ver su película La bola negra, galardonada en el Festival de Cannes
de este año con el Premio a la Mejor Dirección (ex aequo con Fatherland, de Paweł Pawlikowski), me ha dado la impresión que las características mencionadas que me atraían de su producción televisiva se habían convertido en defectos en el largometraje.
Por desgracia, La bola negra no me ha conmovido, tampoco me ha sorprendido por alguna novedad en su lenguaje y, sinceramente, me ha agotado por su falta de sentido de la medida. Si en el formato de serie los autores podían permitirse — y con razón — la saturación, el deleite en los detalles y la acumulación progresiva de significados y efectos emocionales, puesto que el tiempo en pantalla lo permite, en el largometraje, donde la dramaturgia exige una mayor concentración y concisión, toda esa abundancia se convierte en una sobrecarga y en la sensación de que la película se explica constantemente a sí misma.
En la ambiciosa estructura de la película —un tríptico— se entrelazan tres historias ambientadas en España en 1932, 1937 y 2017. La narración no lineal y el montaje trabajan para establecer paralelismos entre ellas. Pero lo hacen con una insistencia didáctica tal que no dejan al espectador espacio para sus propias reflexiones, y la película acaba convirtiéndose en un panfleto.
Las tres historias están vinculadas, directa o indirectamente, con la figura de Federico García Lorca. El nombre del poeta, asesinado por sus ideas políticas y su orientación sexual, así como el hecho de que su cuerpo nunca haya sido encontrado, se ha convertido en España en un símbolo de la tragedia nacional. En el país sigue sin resolverse la cuestión de la exhumación y el traslado oficial de los restos de quienes fueron asesinados durante la Guerra Civil. En los lugares donde se encuentran sus fosas comunes se han construido carreteras: literalmente, una nueva vida se levanta sobre sus huesos.
La primera parte del tríptico está basada en los apuntes de la obra teatral La bola negra, que Lorca comenzó a escribir poco antes de su muerte. Su protagonista, Carlos, un joven granadino, no es admitido en el casino debido a su homosexualidad. La votación se realiza mediante el recuento de bolas negras y blancas. La negra, por supuesto, significa el rechazo y, convertida en el título de la película, se transforma en símbolo de una identidad reprimida.
La acción de la segunda parte, con la que comienza la película, transcurre durante la Guerra Civil. Su protagonista, Sebastián, un joven trompetista de una banda rural, está luchando en las tropas franquistas. Se enamora del enemigo, un oficial republicano, y a partir de ahí la historia se transforma en un drama de amor. Esa parte está basada en la obra del dramaturgo español Alberto Conejero La piedra oscura, cuyo título ha tomado de la de Lorca. El propio Alberto ha servido de prototipo del protagonista de la tercera parte del filme.
En ella, todo sucede ya en nuestros días. El dramaturgo Alberto recibe como herencia la versión completa de la obra de Lorca La bola negra. Pero no es el único vínculo con la figura del poeta. No voy a hacer spoilers, únicamente comento que, en mi opinión, esto tiene un aire de melodrama televisivo.
Entre los indudables aciertos de la película está la idea de hacer protagonista de una película que defiende los valores democráticos a un fascista. Pero el personaje de Sebastián es ambivalente. Despierta simpatía y compasión ya en su primera aparición, en la escena que abre la película. Incluso el hecho de que ayude a un niño del pueblo a colocar correctamente el brazo en el saludo fascista se percibe como una muestra de su error.
La escena siguiente está rodada con una dimensión épica y, al evocar asociaciones con Guernica, conmueve profundamente.
Sin embargo, la principal metáfora de este episodio, plasmada en uno de los carteles oficiales, la veo artificial. Sebastián, intentando escapar del caos sangriento, trepa por una gigantesca estatua semidestruida, aferrándose a las flechas que la atraviesan. Es una escultura de San Sebastián. En la cultura LGTBIQ, este personaje se considera un símbolo canónico de la identidad gay reprimida.
Pero su representación en la película me resulta estilísticamente ajena al tejido marcadamente realista del episodio del bombardeo.
Se me podría objetar que toda la segunda parte está construida sobre la combinación de camp y realismo. Pero a mí me falta la verosimilitud que caracteriza al cine de Almodóvar, gurú de Los Javis.
No he conseguido sentirme conmovida por la premisa del filme indudablemente humanista. No sé qué le falta a la historia de una relación q***r para convertirse en un drama universal sobre el amor y hacerme identificar con los personajes, como ocurrió en el caso del drama gay La ley del deseo, de Pedro Almodóvar.
En cualquier caso, mi opinión sobre el tándem creativo de los Javieres permanece intacta. Y confío en que su talento nos regalará muchas más películas fascinantes, y yo estaré encantada de sacarles una bola blanca.
***r