12/06/2025
Cada día, antes de que empiece el espectáculo, me ato los zapatos, me trago el silencio y salgo a empujarla de nuevo.
No es una roca. Es una risa.
Redonda, brillante, más grande que yo.
Una sonrisa pintada sobre algo mucho más pesado.
Todos la esperan.
Algunos la celebran.
Yo solo la cargo.
No puedo dejarla caer. Me lo repito.
No hay espacio para el cansancio, ni para la tristeza.
Debo reinventar la alegría, aunque me pese, aunque esté rota por dentro.
A veces, me pregunto si alguien ve lo que hay detrás de esa curva perfecta en la esfera.
Si notan que mis hombros tiemblan.
Que mi alma se resbala.
Que cada chiste que cuento es un ladrillo más en el muro que me aísla.
Pero no hay tiempo para respuestas.
La risa rueda cuesta abajo, y yo corro tras ella.
Debo seguir empujándola montaña arriba.
Mañana, como hoy, la empujaré otra vez.
Porque en este oficio —este castigo brillante—
no está permitido detenerse.
Solo sonreír. 🙂