28/09/2022
El domingo 9 de marzo de 1997, en Cornellá de Llobregat (Barcelona), la joven Cristina Bergua, de 16 años, tendría que haber llegado a casa a las diez de la noche. Era una chica responsable, por lo que sus padres enseguida se inquietaron. Cerca de las cuatro de la tarde ellos habían salido a dar un paseo y habían dejado a Cristina, Pitu, como ellos la llamaban, tocando la guitarra en la habitación de su hermano Germán, seis años mayor que ella. Le habían preguntado si saldría y Cristina les había dicho que estaba esperando a que ellos se marchasen para usar el baño y arreglarse.
Juan Manuel Bergua y Luisa Vera, los padres de Cristina, llegaron a casa después de su paseo y cuando, pasadas las 22:00, vieron que la chica no regresaba, se empezaron a preocupar. Llamaron a sus amigas. Todas les dijeron que no habían visto a Cristina aquella tarde, pero que sabían que había quedado con J.R., su novio, diez años mayor que ella, y que tenía intención de terminar la relación.
A las 22:40, Germán, ya estaba en casa de J.R preguntando por su hermana. Él le contó que, efectivamente, esa tarde se habían visto. Cristina y él habían estado en su casa (donde, dijo, también habían estado su madre, su hermano y un amigo de éste) y a las nueve había acompañado a la chica a la carretera de Esplugues, la calle de sus tíos, porque ella le había dicho que cenaría con ellos.
Eso hizo saltar aún más las alarmas, ya que no era cierto que Cristina tuviese pensado ir a casa de sus familiares y no se encontraba allí. Desde entonces, nada se ha vuelto a saber de ella. La denuncia no se activó hasta el día siguiente, por ese ya anticuado protocolo que presuponía que todos los menores desaparecidos estaban de fiesta y se habían olvidado de avisar a sus preocupados padres.
Los familiares de la desaparecida siempre sospecharon de J.R. y recalcan, sobre todo, la pasividad y el poco interés que mostró desde que supo que su novia no había vuelto a casa. El chico fue investigado (unos años después cumpliría condena por tráfico de dr**as). La policía incluso rastreó 2 kilómetros de alcantarillado que comenzaba en el patio de su vivienda. Pero no encontraron nada. Él siempre mantuvo que se trataba de una fuga voluntaria. Pero los familiares (y la policía) descartaron esa posibilidad. Entre otras cosas, porque ese día en casa había una gran cantidad de dinero (su hermano, Germán, había reunido efectivo para dar la entrada de un piso al día siguiente) y Cristina no sólo no cogió nada de ese dinero, sino que, además sólo salió de casa con las llaves y el DNI.
En 1998, los padres de Cristina, junto a los de Llum Valls (otra joven de la zona que estuvo desaparecida nueve meses) fundaron Inter-Sos (Asociación de Familiares de Personas Desaparecidas sin Causa Aparente) que, a día de hoy, sigue prestando ayuda. Coincidiendo con el día de la desaparición de Cristina, en 2010 se declaró el 9 de marzo el Día Nacional de los Desaparecidos Sin Causa Aparente.
Han pasado 25 años y Cristina todavía no ha vuelto a casa. Sus padres la esperan con su cuarto intacto.