08/09/2026
A las 5:42 p.m., Renata Salcedo encontró a su esposo dentro de la alberca de 330,000 pesos que ella había pagado con 3 años de bonos, abrazado a la vecina que todos los martes llegaba a pedir azúcar.
No oyó risas al principio. Oyó agua. Ese golpeteo seco contra el azulejo azul, como si la casa estuviera tragándose una mentira y no pudiera hacerlo en silencio.
La tarde caía sobre el fraccionamiento Los Encinos, en Querétaro, y el sol naranja pegaba en los ventanales de la cocina donde todavía había huellas de manos que no eran de ella.
Renata había salido de la oficina a las 4:56 p.m. y todavía cargaba una bolsa del súper que le cortaba los dedos.
Traía aguacates, tortillas de harina, cilantro y el pan dulce que Diego siempre decía que le alegraba el día.
Diego. El hombre que en las reuniones familiares decía que su esposa era “su equipo”.
El que le besaba la frente delante de su mamá y después le pedía que no trabajara tanto porque “la casa necesitaba presencia de mujer”.
Ese mismo Diego tenía las manos en la cintura de Camila, la vecina de la casa 18. Camila, la de los vestidos blancos.
Camila, la que cada martes tocaba el timbre con una sonrisa impecable y decía: —Ay, Ren, ¿no tendrás tantita azúcar?
Es que se me acabó otra vez. Renata recordó la taza de café con labial rojo que Camila había dejado sobre la barra la semana anterior.
Recordó que le había abierto la puerta lateral para que no tuviera que rodear la calle.
Incluso le había contado que Diego llegaba temprano los miércoles. Qué mensa, pensó. Diego fue el primero en verla.
Se separó de Camila tan rápido que el agua saltó alrededor de ambos. —Renata —dijo, como si su nombre fuera un accidente que necesitaba limpiar.
Camila se hundió hasta los hombros. El mismo labial rojo seguía perfecto en su boca. Diego tragó saliva.
—No hagas un show. Esa frase no la hizo llorar. La dejó completamente quieta. Renata miró la silla de jardín.
Ahí estaban el bikini negro de Camila, el pantalón de lino de Diego, su cinturón, sus llaves, su camisa, el vestido de ella y sus sandalias.
El celular de Camila estaba boca arriba. Vibró. Tres llamadas perdidas de “Mi amor”. Renata dejó la bolsa sobre la barra exterior.
Un aguacate rodó hasta chocar contra el fregadero de acero. No preguntó desde cuándo.
No preguntó por qué. Caminó hasta las sillas y recogió la ropa pieza por pieza. Dobló la camisa de Diego.
Levantó el vestido de Camila. Tomó las sandalias y después el celular. —Podemos explicarte —susurró Camila.
Renata miró las huellas mojadas que iban desde la puerta de su cocina hasta la alberca.
—Ya lo hicieron. Diego se agarró del borde. Su anillo de matrimonio brillaba debajo del agua.
—No seas dramática, Renata. Te vas a arrepentir. Entonces ella volteó hacia el panel de seguridad junto a la entrada de la cocina.
Había costado 48,000 pesos. Diego se había burlado de ella durante 2 meses por instalarlo y llamarla exagerada.
El sistema estaba conectado con la cámara de la puerta lateral, la de la alberca, el timbre frontal y la alerta vecinal.
A las 5:42 p.m., aquella “exageración” se convirtió en algo que Diego ya no podía controlar.
Él siguió la mirada de Renata. —No. Renata, no. Ella presionó 1 botón. La sirena atravesó la tarde.
Los perros empezaron a ladrar en cadena. Se abrieron cortinas. Una cochera subió con un ruido metálico.
Doña Elvira salió todavía con sus guantes de jardinería. Dos adolescentes frenaron sus bicicletas en la esquina y un repartidor se quedó inmóvil con una caja entre las manos.
En segundos, el grupo del fraccionamiento recibió la alerta: Alerta en Casa 22. Patio trasero.
Posible intrusión. —¡Apágalo! —gritó Diego. Renata levantó su ropa. —¿Para qué? Ustedes trajeron esto a 5 pasos de mi cocina.
Camila se cubrió la cara. Renata metió la mano en el pantalón de Diego y sacó el control de su camioneta nueva de 1,200,000 pesos.
Diego palideció. —Ni se te ocurra. Renata lo sostuvo con 2 dedos. —Esto es lo último tuyo que va a entrar en mi alberca.
Lo soltó. El control cayó en la parte honda y desapareció bajo el agua azul. En ese instante, una camioneta negra frenó frente a la casa.
Camila volteó hacia la reja lateral. La puerta del conductor se abrió de golpe. Cuando el hombre bajó, Camila apenas alcanzó a decir una palabra: —Papá…
Él cruzó la entrada lateral sin esperar invitación. Camila salió del agua buscando una toalla, pero el hombre pasó junto a ella y caminó directamente hacia Diego. ────────────────────── Escribe CASA y continuaré.
(Sé que quieres saber qué sigue. Escribe CASA y continúa leyendo en los comentarios de abajo.)