11/06/2025
Hace poco leí una historia sobre un guardabosques llamado Esteban que solía alimentar a una loba flaca y hambrienta con pedacitos de carne. Cada día, ella se acercaba a su cabaña: con cuidado, pero con paso firme. Hasta que un día dejó de venir. Pasaron unas semanas — y de pronto regresó. Pero esta vez no venía sola: traía consigo a dos lobeznos jóvenes.
Esteban lo entendió de inmediato: esa carne no era para ella, sino para sus cachorros, que seguramente la esperaban escondidos en algún rincón profundo del bosque.
Se quedaron ahí unos minutos. Los lobos jóvenes no se alejaban de su madre, mientras la loba, la vieja loba, miraba fijamente a Esteban. Fue una mirada larga, intensa, como un agradecimiento silencioso. No dijo nada, porque no hacía falta. Desde lo más profundo de su alma salvaje, le dio las gracias. Y luego se fueron — hacia otros montes, otras rutas, otros destinos.
Y Esteban se quedó ahí parado frente a su cabaña, con el balde en las manos, el corazón en silencio y los ojos llenos de luz. Porque no todos los días una loba te agradece la vida de sus hijos con una simple mirada.
A veces los animales recuerdan más que las personas.
Porque esta loba no olvidó. No solo volvió — trajo a sus hijos para mostrarles quién les salvó de morir de hambre. Quién no se asustó, quién no los corrió, quién no disparó. Quién simplemente dio. Sin exigir nada. Sin palabras.
Y, en cambio, hay personas que olvidan incluso a quienes les dieron la vida y los criaron. Olvidan las manos que los levantaron, los hombros que aguantaron su dolor. Olvidan porque “ya es hora de seguir”, porque “no hay tiempo”, porque “la vida corre”.
Pero la loba… la loba no olvidó.