10/09/2026
Terraza de un bar en Puigcerdà. Vacía, desierta, con la soledad propia de un cementerio un martes de noviembre. Dentro, exactamente una sola persona sentada en la barra, contemplando el vacío con la intensidad existencial de un monje cartujo.
Me siento con toda la ilusión del mundo a hacernos un pinxo-pote. Habíamos quedado en ser cuatro, pero tres se retrasan.
5 minutos... silencio sepulcral.
7 minutos... ni una mosca se acerca a preguntar si quiero un quinto o agua del grito.
Como no estoy para perder los pocos años de vida que me quedan esperando a que el Espíritu Santo baje a tomar nota, me levanto, me piro, y cojo el móvil para llamar a los rezagados y proponerles cambiar de garito. Faltará espacio. ¡Con la de bares que hay en Puigcerdà y que parecen competir por ver quién aburre más al personal!
Y justo en ese momento, uno de los tres que venían —que ya asomaba por ahí— me suelta la perla del siglo:
«No te atiende porque has criticado a su sobrina y está molesto contigo».
¡Tate! Resulta que la sobrina en cuestión es nuestra queridísima, famosísima y archi-trabajadora regidora de medio ambiente. Y claro, su querido familiar, el dignísimo camarero. , está con el alma en un puño y la patata encogida porque osé publicar un vídeo y unas notas en esta página donde se ve, de forma totalmente innegable, cómo se mezclan residuos de manera completamente irregular.
¡Hombre, por favor! ¿Cómo nos atrevemos? La misma regidora que en tres años enteros no ha presentado ni un solo proyecto, la misma que ni hace ni hará absolutamente nada con el tema de la basura en este pueblo... pero eso sí, no se te ocurra criticarla, no sea que al tío se le caiga el chiringuito y decida aplicar su severísimo boicot hostelero: "¡Ni te sientes en mi bar, que no te voy a poner ni una triste aceituna!".
¡Ay, madre mía, qué tragedia griega! Creo que voy a tener que ir corriendo a pedir cita urgente con el psiquiatra, porque este trauma de no poder comerme un pinxo-pote en un bar fantasma me va a marcar de por vida.
Es lo que tiene este pueblo, o al menos esa entrañable parte de su fauna: empezando por el alcalde y su iluminado equipo de gobierno, lo que se dice la autocrítica no la conocen ni en foto. No aceptan una sola coma que no sea una loa, de humildad van más secos que el abrevadero de un b***o, y de neuronas... bueno, digamos que les cuesta procesar lo más básico: que el que se mete a político, además de echarle un morro y una jeta infinita, tiene que venir de serie con espaldas anchas. Pero claro, pedirle altura de miras a quien solo llega a la altura del betún es pedir peras al olmo.
¡Menos mal que bares en Puigcerdà hay a patadas, porque la escasez de luces, esa sí que no hay quien la reponga!