08/09/2026
Julio de 1868. Barcelona entera contiene el aliento. En la prisión de la ciudad, un hombre llamado Pelegrín Enríquez cuenta sus últimas horas de vida de la manera más agónica posible. El cadalso ya está completamente montado en el patio, el garrote vil está preparado y la ejecución judicial se ha fijado para el día siguiente, exactamente a las 11:00 de la mañana. El veredicto de muerte por homicidio parece inamovible... pero un giro dramático de última hora y una crucial intervención médica con sello de Sant Boi cambiarán su destino para siempre.
A escasas horas de que el verdugo cumpla la sentencia, las alarmas saltan entre los muros de la prisión. No se trata de un criminal común actuando con plena malicia, sino de un enfermo. Es en este momento de máxima tensión cuando una figura fundamental de nuestra historia local da un paso al frente de forma providencial: el Doctor Antoni Pujadas, el célebre fundador y director del 'Manicomio' de Sant Boi. Como firme pionero de la psiquiatría moderna en España, el doctor Pujadas defiende que ejecutar a un hombre desprovisto de sus plenas facultades mentales es una profunda atrocidad.
Su reputado criterio médico se convierte en el motor definitivo para reabrir un caso que la justicia ya consideraba cerrado. Gracias a este crucial informe, personalidades de la alta política y la sociedad civil —como el Marqués de Novaliches, el Conde de Cheste y el acaudalado banquero barcelonés D. Francisco Roget junto a su hija— se movilizan en una carrera contrarreloj para suplicar la clemencia directamente ante el trono.
El desenlace se vive al límite. Son pasadas las tres y media de la tarde del día previo a la ejecución cuando un telegrama urgente llega a la Audiencia de Barcelona. Sensibilizada por la presión de las autoridades médicas de Sant Boi y la súplica civil, la reina Isabel II firma el indulto real, conmutando la pena capital por la inmediata inferior de cadena perpetua.
Cuando el Regente del tribunal baja a los calabozos a comunicar oficialmente el perdón real, la escena es desgarradora. Pelegrín Enríquez, que ya se encontraba en capilla totalmente resignado a morir y presa del pánico, rompe a llorar desconsoladamente ante los funcionarios y las autoridades presentes. Los testigos de la época narran que el reo pasa instantáneamente del horror más absoluto a un estado de shock y profundo alivio, llegando casi a desvanecerse al asimilar que el garrote vil ya no tocará su cuello.
Mientras tanto, en el exterior de la prisión, la enorme multitud congregada que esperaba el fatal desenlace rompe en un estallido masivo de vítores, aplausos espontáneos y lágrimas de alegría compartida. La crónica de la época inmortaliza este emocionante perdón «...haciendo uso de una de sus más bellas prerrogativas, se había dignado indultar de la pena capital, conmutándola en la inmediata, a Pelegrín Enríquez, que como saben nuestros lectores, debía expiar su crimen en afrentoso cadalso...»
Este impactante episodio de la crónica negra decimonónica no solo fue un milagro para la vida de Enríquez, sino un hito histórico de un valor incalculable para el Manicomio de Sant Boi. La firme e incontestable intervención del doctor Pujadas sentó un precedente de oro ante los tribunales y la Corona española, demostrando que las personas con enfermedades mentales debían recibir un tratamiento humanitario y compasión médica en lugar de ser conducidas a la muerte.
No se trataba de negar el crimen, pues el daño infligido era real y condenable por sí mismo. El verdadero dilema radicaba en si se podía catalogar como criminal a alguien que carecía de la capacidad de elegir el mal. Al conmutar su pena, la ciencia no borró el delito, pero transformó el castigo de un reo en el tratamiento de un enfermo.
Fuentes:
• La Verdad (13 de julio de 1868)
• Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos (22 de julio de 1868)
• El Eco de Gerona: diario de avisos y noticias (30 de julio de 1868)
• Joan Vendrell i Campmany (17 de julio de 2014)