25/01/2026
CAZANDO A LAS PUERTAS DE SEVILLA.
Apenas ventilargos Kms teníamos por delante hasta llegar a la finca que íbamos a montear. Salimos "tarde", concretamente a las 8:45. Todo un lujo, teniendo en cuenta los madrugones habituales que precisan estas artes. Los 4, en un solo coche, cual torero con su cuadrilla, fuimos charlando durante todo el camino con la ilusión habitual de pasar un buen día de campo.
No había desayuno, por lo que la mañana apuntaba a tomársela con aparente calma. Además, amanecía despejado, con algunas nubes y un poco de viento. Teniendo en cuenta que no ha parado de llover en todo el invierno, se agradecía bastante la pequeña tregua.
Una vez en la junta, 28 posturas y 4 rehalas cubririamos un "pequeño" pero apretadísimo monte (grandes coscojas, acebuches, madroños, palmitos, retamas, etc era la vegetación más repetida). Muy típica de todo el entorno, y de las fincas colindantes que bien conocemos de haberlas cazado durante años.
El sorteo fue rápido, y los puestos se dividieron en dos montones. Los de "andar", y los de "no andar". Por supuesto, todos sabiamos (sin necesidad de que nos dijeran nada) qué papeletas debíamos escoger.
Fueron nombrando, y cuando ya quedaban pocas puertas, salió mi nombre. Toqué en suertes en el 10 de la "Solana". Último puesto con el que se cerraba esa armada. Y el último de la montería en ponerse. Antonio cayó en el 9, y Rafa en el 7. ¿Casualidad?. W***y tuvo que recoger sus trastos, y meterlo en el coche del que le llevaría a su armada, concretamente a la "Ermita".
Fueron saliendo con tranquilidad los diferentes cierres. Nosotros, siendo traviesa, debíamos esperar. En ese entretiempo, antes de salir, Roberto (capitán de montería) se me acercó y me dijo las siguentes palabras: "Si tuviera que ponerme en algún puesto de la montería, sin lugar a dudas, sería el tuyo". "Además, el "puesto de la propiedad" iba a ponerse en ese sitio, y a última hora ha decidido cambiarlo".
El motivo de ese repentino cambio ni lo pregunté, y por lo que fuera, me había tocado a mí. "Juan, si hay guarros y siguen las pistas de estos 2 últimos días, Antonio y tú tirais seguro".
Desde luego que el día no podía tener mejor pinta, y las expectativas de que algo importante podría pasar reforzaban las buenas sensaciones que tenía desde el momento en el que me levanté de la cama.
Carriles enfangados, y con serios riesgos de quedar atascados, fuimos sorteando con gran pericia. Los coches quedaron todos en el mismo sitio, y echamos a andar para los puestos. Juan Manuel, el postor, nos comentó a Antonio y a mí que nos esperáramos en un punto mientras él terminaba de colocar el número 6, 7 (Rafa), y 8. Nos deseamos suerte, y fueron enfilando hacia el espesor del monte hasta que los perdimos de vista.
Estos 3 puestos tenían escasa visibilidad, y andaban situados a lo largo de una valla. Cada uno de ellos, estaban marcados en los portillos que estaban más tocados. Y a tenor de las pistas que veíamos Antonio y yo, los guarros seguían encamados en toda la mesa. De ahí que la finca reciba el nombre de "Mesa Redonda".
Ya, a nuestro encuentro, y tras una espera que nos pareció algo larga, Juan Manuel nos avisó para que nos pasáramos al otro lado de la valla y siguiéramos sus pasos. Nos dirigíamos a la volcada del cerro. Tras sus pasos nos adentrábamos en esa impenetrable maraña de monte, ayudados de esas vereas, que aunque pocas (en ese laberinto) andaban bien trilladas por los jabalíes.
El postor hizo dos amagos de perderse, y finalmente encontramos la papeleta de Antonio. Era un puesto "feo", como todos los demás. Cortos, muy sucios y de afinar el oído, pero muy divertidos si en la mancha hay caza. Se subió a una piedra, que le ayudó a ganar algunos centímetros entre la inmensa selva, y nos despedimos. Tenía una baña tomadísima, y los árboles (por sus navajazos) atestiguaban que algún buen cochino merodeaba por la zona.
Un centenar de metros más abajo, se situaba mi puesto. De nuevo el postor perdía la referencia, y tras disculparse, le dije que lo entendía perfectamente. A cada poco rato, un muro de monte impedía alcanzar la vista más allá de unos escasos metros.
Tras un pequeño rodeo, recordé a Roberto decirme que el puesto estaba encima de una piedra grande. Conseguí ver la papeleta en la distancia, y le dije al postor que ya se podía volver.
"JM, si no hago nada, cuando vengas a recogerme, me pegas una voz desde arriba y ya me subo yo solo. Si hago algo, te espero a que bajes para señalarte el animal en caso de haber suerte". "Perfecto, Juan, nos vemos después".
El puesto lo conformaban 3 piedras grandes, una de ellas, la central, era la más voluminosa y bastante plana. Donde todos nos hubiéramos puesto en condiciones normales. Eso sí, acceder a ella requería cierta escalada, y entre otras cosas, supongo que sería sino el motivo principal, una de las causas por las que el dueño de la finca quiso ponerse en otro puesto.
Allí estaba muy cómodo, pero yo sabía que si ganaba algún metro más, la posibilidad de incrementar el éxito de la cacería jugaba a mi favor. Dejé el rifle en el segundo piso, y sin pensármelo dos veces, escalé a esa últíma piedra agarrándome con las dos manos. Alcancé el brazo hacia abajo, y recogí el rifle. La piedra acababa casi en pico, y el espacio para poner los pies, escaso.
La posibilidad de pisar en falso, y caer varios metros de espalda ante cualquier movimiento, no era descabellado. Pensé en sentarme, y sentirme más seguro, pero esto me restaba movilidad y seguía estando bastante incómodo. Opté por estar de pie, y no mover los zapatos de una baldosa. El viento frío racheado, a veces, dificultaba más si cabe todo.
Tiré el chaquetón hacía abajo para ganar agilidad en el hipotético swing del lance, y cargué el rifle. Los perros ya habían soltado hace un rato. Una tensa calma era la tónica de esos primeros compases. Antonio ya me escribía, y me decía que no le gustaba un pelo ese silencio que había en el monte.
Algunos fantasmas empezaban a rondar por nuestra cabeza, pero pronto, y aún a lo lejos, daban con los primeros cochinos.
Las ladras se iban acercando cada vez más, y varios cochinos habían salido de sus encames. Carreras y ladras diferentes se iban repartiendo por todo el cierre del "Berro". Todo tipo de pájaros huían asustados por el jaleo que se estaba viviendo. Cuando me quiero dar cuenta, y sin previo aviso, a un cochinote jóven consigo verle el lomo pero sin posibilidad de disparo. "Joder, pues menos mal que ando aquí subido a esta piedra, sino...".
Reflexionando, pensaba en aquellos puestos que estaban a pie de suelo (los cuales, eran prácticamente todos). O los arrollan, o no tienen nada que hacer.
Andaba en este pensamiento cuando al poco rato, siento otro cochino del tamaño del primero (no me extraña que fuese hermano) ya que venía por los mismos pasos (a mi izquierda). Sabía que me dejaría poco margen para el tiro, y quizá le viera solamente la jeta.
Lo anduve esperando en ese mini claro pero no lo vi salir. El cochino giró hacía mí pero aún estando más cerca, seguía sin verlo. De nuevo solo la cresta, la veo asomar, y el tiro, como es normal, no es definitivo. Tras el "picazón", el cochino se "destapa" un par de segundos y antes de taparse para siempre, y no cobrarlo, lo engancho de lleno.
"Bien, menos mal, ya hemos hecho carne, y esto sólo acaba de empezar". Pasaron escasos, ¿10 minutos?, cuando entre el dichoso aire, intuyo que se acerca por mi derecha una carrera. Un rabilargo me termina de confirmar la señal inequívoca de que por ahí viene algo. Y además, no lleva campano. Leo en milésimas de segundo por donde puede producirse el lance. La experiencia, y el estar preparado antes de que asomen, son los que al final suben notablemente que un lance sea certero.
Me centro en un pequeño claro entre dos matas, y decido que el lance debería producirse en exactamente ese punto. Por el rabillo del ojo, veo un cochino por detrás de una de las matas que están antes justo de donde yo he decidido que voy a tirar. Sólo tengo para un tiro, y debo estar rápido. Me aseguro de que la decisión final fue un acierto, y que el cochino parece que va a salir finalmente por ahí. En ese espacio cabe un cochino, y después lo pierdes definitivamente.
El marrano finalmente decide asomar, y aunque algo sesgado, y nada cuarteado decide dar un pequeño giro y me ofrece un blanco más pequeño. Le lanzo un pepinazo, y el cochino veo que acusa el tiro por la carrera que lleva. Agudizo el oído, y noto que lleva una carrera alocada, partiendo monte (sin coger vereas) para finalmente sentir un topetazo en seco contra lo que parece ser un arbusto de grandes dimensiones. Carrera que acaba a no menos de 50-60 metros del lance.
Un par de perros, en la distancia, seguían sus pasos. Asi que me van a servir para reconfirmar mis sospechas iniciales. Veo que pasan por el hueco por donde pisó justo antes el cochino, y prosiguen su rastro. Y en efecto, un par de gruñidos y algunos mordidas certifican todo. Tomo aire, y me quedo "relajado" tras el lance. Ya van 2.
Algunos perros ya habían asomado por mi escueto tiradero, y los animales iban saliendo en todas direcciones. Al rato, a mi izquierda y hacia atrás, veo un podenco blanco ladrar a unas matas. Veo que al principio no le noto mucha insistencia, y empiezo a pensar que es un cachorrón algo perdido. A los segundos de ladrar, otro perro colorado que pasaba por allí, se acerca a investigar de qué se trata. Ya son dos perros los que ladran, y dirigen sus voces en una misma dirección (cada vez con más insistencia).
"Ojo, que esa mata al final va a tener premio". Por lo que intento, ya sí, dar con algún bulto entre ese forrajal. Tengo suerte, y veo asomar desde arriba otro lomo. Hay que estar rápidos, ahora o nunca. Me aseguro de que los perros no corren peligro, y le suelto un pildorazo. Lo dejo de ver, y noto que cae a plomo. Los perros se le echan encima. No hay dos sin tres, y el día no puede ser mejor.
A Roberto, le voy informando en todo momento de que estoy disfrutando como un niño chico. Por el grupo de la Peña, y por la emisora, va dando parte. La gente me empieza a escribir, y a darme la enhorabuena. Gente que te quiere, y te aprecia. Qué bonita es la caza, y las buenas amistades.
Al día no se le podía pedir más, y como es normal, el monte se va apagando. Sin embargo, el día aún no había acabado para mí. Todavía tendría tiempo de ver otros dos cochinos más.
De lejos, y a mis espaldas, oigo una ladra que se viene acercando a mi posición. Los cochinos allí habían estado más flojos en la cara sur, y este en concreto venía para salirse por la linde del "Berro". Antes pasó peaje por mi puesto, y multitud de perros le seguían. Otra vez sólo pude verle el dichoso lomo. Siendo este el único blanco, le arreo un tiro y veo claramente como lo alcanzo Como es normal, siguió su carrera muy entero y al poco sonó un disparo más abajo que ya sí, paró su carrera.
Hubo tiempo para uno más, y es que al llegar un par de chavales jóvenes casi a mi puesto (espaldas mías), levantan un cochino partiendo monte a todo lo que da. El animal, y sin poder verlo en ningún momento, pasa a escasos metros de la piedra. Cuando quiero meterle el visor (es fijo), incluso al mínimo de aumentos, no consigo meterlo. Y cuando me quiero desencarar para intentar fijarlo, desaparece entre la espesura.
Cuando me quiero dar cuenta son casi las 15:00, y hace tiempo que los rehaleros pasaron de vuelta. Empiezo a recoger, y a marcar los cochinos. Concretamente los 3 que tenía localizados. El pinchado (+4), lo cobraron más abajo.
Sé a ciencia cierta que el primero era pequeño, y el tercero igual, ya que un perrero con anterioridad le pedí por favor que me lo marcara y me dijera (ya que no sabía como era) que qué tal era. Se trataba de una cochina "medianota", y que el disparo le habiá entrado por detrás de la oreja. Eso explicaba que cayerá a plomo a pesar de haber tenido poco campo de tiro. A veces uno tiene suerte. Cuando lo normal es desde las alturas, darle en el espinazo, que por otro lado, suelen ser muy efectivos.
Controlados estos dos, me bajé de la piedra y descargué el rifle. Apilados los trastos, y a la espera de que viniera el postor, me pongó a pistear el segundo que tiré. Cuando llego al tiro, me encuentro con que no veo una sola gota de sangre. Veo los pezuñazos marcados en el barro, y sigo un poco la verea esperando dar con alguna pista. Me resulta extraño que por mucho que miro, no le corto el rastro.
Vuelvo de nuevo atrás, me encaramo a la piedra, y reconfirmo que donde miraba era el sitio correcto. Repetimos operación, y ni rastro de sangre. En ningun caso me "altero", y sigo pensando que el cochino está a unas decenas de metros del disparo. Sin embargo, el no poder ayudarme de la sangre hace muy difícil buscar el cochino entre semejante forraje. Retrocedo varias veces, y me voy abriendo esperando cortar la pista en cualquier momento. Mentalmente, recuerdo que por donde voy ya andando es por donde lo escuché parar tras la carrera.
A todo esto, escucho como el postor viene en mi búsqueda mientras habla con mi amigo Antonio (puesto 9). Alzo la vista, le veo la cabeza, y le pego una voz. Mientras viene, retomo la búsqueda, y ¡bingo!...SANGRE.
Me tranquilizo, ya que aún sabiendo que el cochino estaba "por ahí", la sangre seguía sin aparecer y tampoco podían esperarme mucho tiempo. Hasta esos metros el animal no había dado señales de nada, y la verdad, fue muy gratificante dar con ella.
Ya sabía que no debía andar lejos, allí era la zona en la que esperaba dar con él. JM, llega a mi punto y le cuento la historia. Se pone a buscar conmigo, y a los pocos metros, vemos un palmito gigante por donde discurría la sangre. Lo rodeamos, y cuando asomamos al otro lado, un cochinazo de unos 90Kgs nos da semejante recibimiento.
JM, y yo nos fundimos en un sentido abrazo, la emoción me desborda. Antonio, que no andaba muy lejos, escucha nuestras voces jaleosas y se junta con nosotros. No dábamos crédito. Un "búfalo" enorme, y cano, es venerado por todos. Mirada embobada en mi caso, y saboreando el momento.
Antonio se quiere ir ya, y es momento de postergar el "idolatrar" a semejante verraco. Comentando un poco el puesto de Antonio, había tirado dos marranos. Uno primero con el que no consiguió quedarse, y una segunda cochina que dió de bruces en el suelo.
Unos chavales en el 6, creo recordar, mataron 3 cochinos en uno de los boquetes de la valla y nuestro amigo Rafa, en el 7, tiró un cochino que se le fue y otro grande que no pudo tirar. W***y, en cambio, muy tranquilo en su puesto. Los guarros no andaban allí encamados. Mencionar el puesto de Currito C., que cobró otras 3 cochinas. Por lo general, hubo puestos muy divertidos y otros tantos algo más aburridos.
Lo abierto es lo que tiene. La incertidumbre, que todo lo puede, y que nos mantiene ilusionados a cada rato. Valorar que un animal requiere de años para que se convierta en adulto, y por tanto, alcance un bonito trofeo, es algo que tenemos que tener en cuenta. Conmigo se vienen sus andanzas por el monte que lo vió nacer. Las monterías que libró, los aguardos en los que le ganó la partida a multitud de forofos de las esperas (una noche tras otra). Pasar "desapercibido" ante nocturnos y térmicos. ¿Qué historia puede tener un cochino de cercón?. En definitiva, mil y un peligros a los que estos animales están expuestos a diario. Son verdaderos supervivientes, y me quito el sombrero por estos animales.
Gracias por tanto, una vez más, porque cuando toca...¡ay, cuando toca!.