28/02/2017
Puesto que en su momento entré con la esperanza de escribir algo acorde a las circustancias y no lo hice por falta de tiempo e inspiración, aparezco aquí de forma inesperada e intentaré resucitar esto un poco con un pequeño ensayo sobre el nacionalismo gallego.
Uno de los temas más palpables y presentes en la actualidad española es la existencia de sectores independentistas a lo largo del territorio, cuya repercusión en los medios de comunicación es casi hegemonizada por el caso catalán, y en menor medida vasco, basándose en una condición que los dos territorios poseen en sus estatutos, la nacionalidad histórica. Gran parte de la población nacional desconoce que otras comunidades como Aragón, Andalucía o Galicia, entre otras, también poseen dicho privilegio.
Este hecho provoca una cuestión: ¿está el nacionalismo en España sustentado en todos los casos únicamente en bases históricas, o quizá sea la reclamación etnológica en algunos casos como Galicia?
A lo largo de la historia, la creación de fronteras ha creado siempre controversia y polémica cuando dos pueblos que vivían cercanos no tenían buena relación o uno quería sobreponerse al otro. La Conferencia de Berlín de 1885, que delimitó buena parte del continente africano es una buena muestra de ello, creando límites para los intereses de una minoría dominante sin contar con la posibilidad de englobar a tribus enemigas sobre el mismo suelo. Y es que la diferenciación es uno de los principales motivos por los que se han llevado a cabo movimientos independentistas, algunos con más éxito y repercusión que otros.
En España, los nacionalismos surgieron con fuerza en el siglo XIX cuando llegaron a la población las ideas del liberalismo, mayoritariamente en las zonas bilingües. En sus inicios, no fueron más que revoluciones culturales promoviendo el uso del catalán, euskera y gallego ligado a la cultura y modo de vida que les caracterizaba y les diferenciaba de los demás españoles que significó toda una novedad a poblaciones bajo el centralismo característico en España desde la conformación de ésta. Pero vascos y gallegos dieron un paso más afirmando no sólo no ser partícipes de España por afinidad sino por su propia sangre.
Manuel Murguía, uno de los más activos participantes del Rexurdimento gallego (movimiento literario llevado a cabo por diversos eruditos que en su lengua natal, el gallego, exponían e intentaban dar soluciones a problemas sociales, históricos y económicos de su tierra además de la difusión de esta lengua en el ámbito de la literatura como la esposa de Murguía, Rosalía de Castro), no sólo justificaba la nación gallega por la existencia de una lengua, idioma y costumbres propias sino que hacía hincapié en una raza propia, en este caso, descendiente de los pueblos celtas que poblaron estas tierras siglos atrás de la llegada de otros pueblos. Una cuestión que afirmaba mayor parentesco con irlandeses y bretones que con, por ejemplo, sus vecinos asturianos y leoneses. Su visión de España, que era según él, un pueblo de origen semítico y africano, decadente, estéril e inferior que el pueblo gallego, podría ser producto de la deficiente gestión de los diferentes gobiernos para su tierra, que la habían convertido en un núcleo de pobreza y miseria, además de las tantas migraciones prácticamente forzosas por las circustancias hacia tierras americanas. Hasta las diferencias climáticas le parecía un buen motivo de divergencia junto con la pureza de su raza frente a la mezcolanza de pueblos que han pasado por gran parte de la Península Ibérica. Pero pese a todo, Murguía no quería la total independencia sino una total autonomía, algo que chocaba con los regionalistas conservadores que, como en todos los territorios de la nación, se limitaban y limitan a pedir derechos forales y ciertas libertades propias frente a la idea del autogobierno. Pero si hay algo que tenían en común todas las ideas referentes al regionalismo y nacionalismo gallego era el concepto de ruralidad, de la humildad de su gente y de la pureza de su aire frente al humo que traía “la modernización” y el modo de vida más ajetreado que no formaba parte del ser gallego, que estaba más próximo a la Arcadia según sus palabras.
La imposibilidad de poder crear un modelo estable de soberanía que fuese aceptado por el gobierno de Madrid y la poca aceptación entre la población gallega, que vivía de forma muy austera intentando por todos los medios no tener que marcharse al nuevo continente, hizo que lo que prometía un país gallego o al menos estar muy bien diferenciados de los demás españoles como el territorio vasco con sus derechos forales e históricos además de su particular lengua, donde sí cuajaron las ideas del conservador etnocentrista Sabino Arana, que no sólo quería un auténtico país de los vascos sino que repudiaba a los españoles y ninguneaba su historia frente a la euskalduna, quedara en agua de borrajas. Por tanto, todo quedó en la propagación del gallego, implantada con éxito puesto que a principios del siglo XX, 5 de 6 gallegos hablaban el idioma.
La Segunda República y su descentralización motivó que surgieran partidos moderados tanto de izquierda como de derecha en defensa del pueblo gallego llegando a existir un proyecto de estatuto de autonomía muy aclamado por la población, que la Guerra Civil truncó. La dictadura de Franco reprimió y persiguió a todos los activistas que ensalzaban sus regiones frente a la patria española pero se dio la paradoja que el tan criticado abandono del Gobierno Central hacia Galicia propició que en el ambiente rural, que poseía unas escasas y muy deficientes vías de comunicación, se mantuviera el gallego como idioma de cotidiano. Con el surgimiento de facciones radicales de izquierda que pretendían romper el galleguismo como sólo una vía de divulgación del idioma y de la cultura y hacer de él una herramienta de libertad para la autodeterminación del propio pueblo, aunque siempre dentro del marco español puesto que en todo momento, los idearios de estos movimientos contaban con la situación tan limitada que poseía Galicia.
Con la llegada de la democracia y la posterior autonomía y reconocimiento del ya mencionado nacionalismo histórico, se pensó que comenzaría una nueva etapa de libertad y auge del amor hacia la auténtica patria, pero la creación de tantos partidos políticos que se dedicaron a crear trabas entre ellos en lugar de puentes hacia un consenso, propiciaron la llegada de partidos centralistas al gobierno autonómico en contraposición de una minoritaria representación nacionalista en la Xunta de Galicia llegando así hasta nuestros días donde se produce una situación muy similar aunque el nacionalismo haya recalado en el espectro de la izquierda y su presencia sea más bien insuficiente. No obstante, entre un 15 y un 20 % de la población se considera nacionalista aunque no lo considere en el voto o no se concentren los votos en una misma formación, un hecho que hace mostrar que pese al paso del tiempo, la conciencia social perdura y pese a tantos cambios en la sociedad desde el Rexurdimento hasta ahora, quizá haya algo más que el propio territorio lo que incite a tomar este tipo de posturas por muy inviables que se muestren con los sistemas de gobierno existentes.
Con este breve análisis histórico e ideológico, se muestra la existencia de otras razones nacionalistas con fundamentos de peso como el racial para argumentar la diferenciación de territorios dentro de una misma frontera y aunque con el paso de los años las concepciones del nacionalismo gallego han cambiado, desde un nacionalismo conservador y católico inicial hasta el actual, de carácter progresista y totalmente laico, siempre existe una base más fuerte que las ideas y de lo que rodea a la propia persona, y es el origen común y el apego que se le tiene a la propia tierra y a la de los propios antepasados, lo que conlleva a un argumento que incluso rozaría la irracionalidad.