22/03/2026
🔪 Hannibal practica canibalismo (conscientemente) por primera vez 🔪
- Herr… Dortlich. En el nombre de mi difunta familia y el mío, quiero agradecerle su presencia aquí en el día de hoy. Significa mucho para nosotros y para mí, especialmente, contar con usted. Me alegro de tener la oportunidad de hablar en condiciones sobre el hecho de que se comiera a mi hermana.
Le arrancó la mordaza y Dortlich empezó a hablar de inmediato.
—Soy policía local, me habían informado del robo de este caballo —aclaró Dortlich—. Eso es lo único que buscaba por aquí. Di que devolverás el caballo y lo olvidaremos todo.
Hannibal sacudió la cabeza.
—Recuerdo su cara. La he visto muchas veces. Y su mano sobre nosotros, con esa telilla de pellejo entre los dedos, tentando a ver cuál de los dos estaba más gordo. ¿Recuerda el agua de la tina borboteando sobre la estufa?
—No. De la guerra solo recuerdo haber pasado frío.
—¿Tenía pensado comerme a mí hoy, Herr Dortlich? Si tiene la merienda aquí mismo. —Hannibal analizó el contenido del bocadillo—. Pero ¡cuánta mayonesa, Herr Dortlich!
—No tardarán en salir a buscarme —advirtió Dortlich.
—Nos palpó los brazos. —Hannibal le palpó los brazos—. Nos palpó las mejillas,Herr Dortlich —dijo, y le pellizcó los cachetes—. Le llamo «Herr», pero no es usted alemán, ni lituano, ni ruso ni nada, ¿verdad? Es usted ciudadano de sí mismo, ciudadano de Dortlich. ¿Sabe dónde están los otros? ¿Mantienen el contacto?
—Todos mu***os, todos mu***os en la guerra.
Hannibal le sonrió y desató el n**o de su atillo. Estaba lleno de setas.
—En París, las morchellas cónicas están a cien francos los cien gramos, ¡y estas habían crecido en un tocón! —Se levantó y caminó hacia el caballo.
Dortlich se retorció intentando zafarse de sus ataduras cuando Hannibal se distrajo con otra cosa. En la amplia grupa de César había una bobina de cuerda. El muchacho ató el cabo suelto al rendaje del arnés. El otro extremo estaba atado con un n**o de soga. Soltó cuerda y acercó el n**o a Dortlich. Abrió el bocadillo de su cautivo, engrasó la cuerda con la mayonesa y le aplicó una generosa capa de esta crema en el cuello. Estremeciéndose para soltarse las manos, Dortlich gritó:
—¡Queda uno vivo! ¡En Canadá! ¡Grentz! ¡Busca su identificación ahí! Yo podría testificar.
—¿Para qué, Herr Dortlich?
—Para lo que tú quisieras. Yo no lo hice, pero diré que lo presencié.
Hannibal ajustó el n**o al cuello de Dortlich y lo miró a la cara.
—¿Parezco molesto con usted? —Regresó a donde estaba el caballo.
—Es el único, Grentz, se fue en un barco de refugiados que zarpó de Bremerhaven, yo podría hacer una declaración jurada…
—Bueno, entonces, ¿está dispuesto a cantar?
—Sí, cantaré.
—Entonces cantemos para Mischa, Herr Dortlich. Usted conoce esta canción. A Mischa le encantaba. —Volvió la grupa del caballo hacia Dortlich—. No quiero que veas esto —susurró al oído del animal y rompió a cantar—: Ein Mannlein steht im Walde ganzstill und stumm… —Chasqueó los dedos al oído de César y lo condujo hacia delante—. Cante para relajarse, Herr Dortlich. Es hat van lauter Purpur ein Mantlein um.
El cautivo retorcía el cuello en la grasienta soga al tiempo que observaba cómo la cuerda iba desenrollándose sobre la hierba.
—No está cantando, Herr Dortlich.
Dortlich abrió la boca y cantó gritando de forma desentonada:
—Sagt, wer mag das Mannlein sein.
Y cuando cantaron juntos «Das da steht im Wald allein…», la cuerda se levantó del suelo, corcoveó un poco, y Dortlich gritó:
—¡Porvik! ¡Se llamaba Porvik! Lo llamábamos Cazuelas. Lo mataron en el refugiode caza. Tú lo encontraste.
Hannibal detuvo el caballo y regresó hasta donde estaba Dortlich, se agachó y lo miró a la cara.
—Átalo, ata el caballo, una abeja podría darle un picotazo.
—Sí, la hierba está llena de abejas. —Hannibal echó un vistazo a las placas—.¿Milko?
—No lo sé, no lo sé, lo juro.
—Y ahora llegamos a Grutas.
—No lo sé, no lo sé. Suéltame y testificaré contra Grentz. Lo encontraremos en Canadá.
—Un par de versos más, Herr Dortlich.
Hannibal tiró del caballo hacia delante, el rocío destellaba perlado en la cuerda, que estaba casi a ras del suelo.
—Das da steht im Walde allein…
—¡Es Kolnas! ¡Kolnas tiene tratos con él! —soltó Dortlich en un grito asfixiado.
El muchacho dio una palmadita al caballo y regresó para agacharse frente a Dortlich.
—¿Dónde está Kolnas?
—En Fontainebleau, cerca de la place Fontainebleau, en Francia. Tiene una cafetería. Me comunico con él dejándole mensajes. Es la única forma de contactar con él. —Dortlich miró a Hannibal directamente a los ojos—. Te juro por Dios que ella estaba mu**ta. De todas formas hubiera mu**to, lo juro.
Sin dejar de mirarlo a la cara, Hannibal chasqueó con la lengua al caballo. La cuerda se tensó y el rocío salió disparado de los pelillos de la cuerda cuando esta se levantó. El grito estrangulado de Dortlich se acalló cuando Hannibal aulló su canción en la cara del ahorcado.
Das da steht im Walde allein, Mit dem purporroten Mantelein.
Se oyó un crujido seco y la salpicadura de una arteria latiente. La cabeza de Dortlich siguió atada a la soga en su recorrido de unos seis metros y quedó mirando al cielo. Hannibal silbó y el caballo se detuvo con las orejas echadas hacia atrás.
—Dem purporroten Mantelein, sí señor.
Hannibal tiró el contenido de la mochila de Dortlich al suelo y cogió las llaves del coche y el carnet de identidad. Fabricó un tosco espetón con ramitas verdes y se tentó los bolsillos en busca de cerillas. Mientras el fuego ardía hasta reducir la leña a provechosas ascuas, Hannibal dio la manzana de Dortlich a César. Sacó los arreos al caballo para que no enganchara la maleza y lo llevó al camino que conducía al castillo. Se abrazó al cuello del animal y le dio una palmada en la grupa.
—Vete a casa, César, vete a casa.
El caballo conocía el camino.
(...........)
La cabeza de Dortlich estaba sobre un tocón y tenía un cuervo posado encima. Cuando los agentes se acercaron, el pajarraco salió volando y se llevó con él lo que pudo levantar. El sargento Svenka respiró hondamente y sirvió de ejemplo a los hombres al encaminarse hacia la cabeza de Dortlich. Le faltaban las mejillas, cercenadas con un corte limpio, y se le veía la dentadura por ambos lados. Tenía la boca abierta y la placa de identificación encajada entre los dientes. Encontraron la hoguera y el espetón. El sargento Svenka tocó las cenizas del hoyo.
Estaban frías.
—Una brocheta. De mejillas y morchellas cónicas —dijo.
📚 Hannibal, el orígen del mal, de Thomas Harris.
Hablemos de Hannibal Lecter