18/09/2025
EL MAESTRO QUE ENSEÑABA A VOLVER A EMPEZAR
En una aldea de montaña en el norte de Colombia, donde las nubes se cuelgan de los árboles y las cabras caminan por los techos de las casas como si fueran patios, había una escuelita rural con techo de zinc y pupitres torcidos.
Allí enseñaba don Efraín.
Tenía 72 años, el bastón cojo y la espalda arqueada, pero seguía subiendo cada mañana por el sendero de tierra para dar clases a los pocos niños que aún quedaban en la comunidad.
—¿Por qué no se jubila, maestro? —le preguntaban algunos, con respeto.
—Porque todavía hay alguien que no sabe leer su propio nombre —respondía, mirando al horizonte como si hablara con los árboles.
Don Efraín no solo enseñaba matemáticas o historia. Enseñaba a reparar el alma. Cada vez que un niño llegaba tarde, no preguntaba por qué. Lo sentaba, le servía agua con panela, y le decía:
—Todos llegamos tarde a algo. Lo importante es no dejar de llegar.
Uno de sus alumnos era Joaquín, un niño callado, de ojos grandes y manos nerviosas. Su padre había desaparecido hacía un año, y desde entonces hablaba poco y reía menos.
Un día, mientras todos resolvían un ejercicio en la pizarra, Joaquín rompió el lápiz y bajó la cabeza, frustrado.
—¡No puedo! ¡Siempre me sale mal!
Don Efraín se le acercó y, sin hablar, sacó de su bolsillo un cuaderno viejo. Se lo mostró. Estaba lleno de tachones, errores y correcciones.
—Este fue mi primer año como maestro. Me equivoqué más de lo que enseñé. Pero mira cómo termina…
Joaquín hojeó las últimas páginas. Ahí estaban dibujos de niños, frases de agradecimiento, y una foto en blanco y negro de un aula parecida a la suya.
—Los errores no son basura, Joaquín. Son semillas. Solo hay que regarlas con paciencia.
Esa tarde, el niño pidió una hoja nueva. Y volvió a intentarlo.
Con el tiempo, don Efraín empezó a notar que su cuerpo ya no le obedecía como antes. Las rodillas dolían más. El bastón temblaba.
Pero no lo decía.
Hasta que un lunes, no llegó.
Los niños esperaron. Lo buscaron.
Esa noche, su hijo bajó desde otra ciudad y dejó una nota en la pizarra:
“Don Efraín está bien. Pero su cuerpo le ha pedido descanso. Les manda abrazos y pide un favor: no dejen vacía esta escuela. Si alguno de ustedes aprende algo nuevo… enséñelo. Aunque sea a uno solo.”
A la semana siguiente, Joaquín llevó una silla frente a la pizarra.
—Hoy les voy a enseñar lo que me enseñó el maestro: a volver a empezar.
Tenía solo nueve años. No sabía de pedagogía. Pero leyó en voz alta una frase que encontró en el cuaderno viejo de don Efraín:
“Los grandes maestros no dejan huellas en el suelo… las dejan en la forma en que te levantas.”
Y así, en una escuelita con más errores que tizas, un grupo de niños entendió que enseñar no es repetir… es recordar que siempre se puede comenzar otra vez.