22/04/2020
Hoy, en el , en medio de uno de los momentos más difíciles que ha atravesado la humanidad, miro a mi alrededor y me cuesta comprender cómo hemos llegado hasta este punto, cómo hemos generado un sistema de vida que nos ha llevado al borde del abismo.
Hace apenas un par de siglos manteníamos un contacto pleno con la naturaleza y ahora, de repente, en un solo pestañeo de la historia, nos vemos perdidos entre bloques gigantes de hormigón, como una hormiga en un jardín repleto de césped, desorientada, sin saber a dónde ir.
Hoy, pienso en esa incomprensible pretensión de algunos de arrasar con todo y con todos, de separar, de levantar muros allá donde ni siquiera la Madre Tierra esculpió montañas. Me hago mil preguntas y sigo sin entender cómo para unos siguen lloviendo los números y para otros sólo llueven lágrimas.
Imagino un futuro distinto y al instante me entristece el presentimiento de que quizá no llegue jamás. Creo en un futuro en el que, de una vez por todas, los blancos rían con los negros y los azules, los rojos y los amarillos charlen distendidamente y compartan momentos. Nunca se trató de esquivar lo diferente; afortunadamente todos los somos y cada uno de nosotros es un universo en sí mismo, justo ahí reside la belleza de todo esto, justo ese es el faro en medio de este mar de cotidiano caos.
Nunca concebí algo distinto a esto y me sigue sorprendiendo que hoy sigamos luchando por lo mismo: una tregua del conflicto, un respiro, por un día en el que nadie gane o pierda y todos empatemos.
Por un día en el que, de una vez por todas, nos demos cuenta de que todos somos del mismo sitio.
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Nota: la foto es en Kuala Lumpur, tomada desde el centro financiero (donde las Petronas) y en ella se ve la autopista que rodea la ciudad a modo de muralla, como la M30 en Madrid o la separación con la “banlieue” en París. Al otro lado, se mezclan las casas bajas de los barrios pobres con grandes edificios que emulan a los rascacielos del centro. Ahí llegan hombres con corbata de todo el mundo a negociar seguros de vida que vender a los de las casas bajas, que subsisten como pueden entre cortes de electricidad.