06/05/2026
🖤 El duelo en la distancia🖤
Hoy miro a mi papá en los pequeños gestos.
En las buenas acciones que pude tener con él.
En su preocupación constante por nosotros, sus hijos.
En esa manera suya de acompañar, siempre pendiente.
No fue un padre perfecto…
pero fue mi padre.
Ayer, caminando por la calle, vi una pared alta cubierta de flores silvestres, una enredadera hermosa.
Y pensé en él.
Porque mi papá era así…
se detenía cuando algo le llamaba la atención.
Podía quedarse un rato mirando una pared, una forma, algo de la arquitectura.
Vivía con calma, a su manera, apegado a la vida.
La muerte le sorprendió.
Ese mismo día tenía una cita médica para verse el corazón.
Se sentó a la mesa con dolor… y se fue tranquilo.
Había estado leyendo la Biblia, el libro de Job.
Lo comentaba, lo aconsejaba… incluso en esos días.
Tenía 88 años.
Había nacido en 1938.
Tenía su patio sembrado.
Siempre preocupado por dejar cosas hechas.
Como si el tiempo tuviera que alcanzarle para todo.
El duelo en la distancia es otra cosa.
Muchos amigos me han escrito contándome que han pasado por lo mismo.
Personas que, como yo, emigraron y no pudieron estar.
Nadie elige la distancia.
Y tampoco elegimos cuándo se va quien amamos.
Pero uno aprende… poco a poco… a sostener ese dolor.
Mi papá tuvo una vida intensa.
Estuvo en Angola durante dos años.
También trabajó durante diez años en la construcción de la central electronuclear de Cienfuegos en Cuba, un proyecto que nunca llegó a terminarse.
Vivió momentos duros, marcados por la guerra y por la pérdida de compañeros que cayeron a su lado.
Eso lo acompañó durante mucho tiempo.
Después, cuando conoció a Dios, su vida fue encontrando más calma.
Aprendió a mirar distinto, a entender mejor a la gente.
Siempre fue un hombre de carácter fuerte…
pero también de fondo noble.
Mi papá fue mecánico tornero.
Trabajó muchos años en apoyo a la industria azucarera y a otras industrias, fabricando piezas para los centrales y para la maquinaria agrícola, para todo lo que tuviera que ver con el trabajo.
Formaba parte del movimiento de innovadores, siempre buscando soluciones, siempre aportando.
Esa era su manera de estar en la vida.
Se jubiló a los 60 años.
Vivió hasta los 88.
Y hasta el final… nunca dejó de hacer cosas.
En su casa siempre estaba ocupado:
arreglando la electricidad, el agua, cuidando sus sembrados…
Siempre haciendo.
Siempre presente.
Y aquí estamos nosotros…
todavía luchando por la vida.
Hoy quiero aprender a verlo.
En el vuelo de una mariposa.
En la belleza de un bosque verde.
En un plato que le gustara.
En esos pequeños gestos que siguen apareciendo.
Él quería que yo escribiera de su vida…
y quizás algún día lo haga con más calma.
Hoy solo intento recordarlo en lo que dejó en mí.
Porque al final…
hay presencias que no se van.
Y cuando uno emigra… también vive con esa certeza silenciosa:
que un día puede perder a alguien querido estando lejos.
Ese es uno de los dolores de la migración.
Un dolor que no siempre se dice.