06/06/2026
A la enfermera suplente que pateó a Comet en el pasillo de oncología pediátrica porque estaba "babeando en el suelo estéril", quiero decirle esto:
Viste a un perro que estaba causando molestias.
No viste a Lina.
Comet tiene 9 años. Es un viejo golden retriever rubio, con un hocico ya aclarado y una forma de caminar suave, como si supiera que ciertos ruidos le duelen. Desde 2020, viene a esta sala tres veces por semana: martes, jueves y sábado.
No salta.
No insiste.
Espera a que lo inviten.
Conoce las camas altas, las bombas que pitan, las manitas que ya no tienen mucha fuerza. Sabe cómo apoyar la mejilla en el brazo de la vía intravenosa sin moverse ni un centímetro. Sabe cómo respirar superficialmente cuando un niño duerme. Sabe cómo irse cuando le dicen que no.
Llevo catorce años viniendo aquí con los perros de terapia. Y desde 2016, también he estado viniendo con este vacío dentro de mí que ni el uniforme, ni el pasillo, ni la sonrisa amable pueden ocultar.
Mi hijo también ha estado en estas habitaciones.
Así que cuando Lina, de 7 años, se fue el martes por primera vez en once días porque "es el día de Comet", sentí que algo se aliviaba en mi pecho.
Caminó despacio con su soporte para la vía intravenosa. Su cabeza calva brillaba bajo la luz blanca. Sostenía la manga de su pijama entre dos dedos.
Comet la vio.
Bajó la cabeza, como siempre hace con ella.
Entonces estaba tu pie.
Una patada. Luego otra.
Todavía puedo oír el sordo golpe contra su costado.
Los ocho niños se quedaron paralizados, con sus purés de manzana abiertos y sus galletas a medio comer. Lina no gritó. Simplemente retrocedió. Sus ojos se quedaron vacíos, como una puerta que se cierra.
Esa noche, no comió.
Comet, en cambio, no gruñó. Aun herido, incluso con esa costilla rota, buscó mi mirada, como preguntando si había hecho algo mal.
Esta mañana subí a ver a Lina con el juguete plastificado con la foto. El de Comet acostado en su cama, el jueves 22 de mayo. En el reverso había escrito: «LINA + COMET: la promesa de volver el próximo martes».
Lo tomó sin decir palabra.
Luego se lo puso en la mejilla.
No era solo una foto.
Era un perro ausente que seguía ocupando su lugar.
Algunos seres no dejan desorden en el pasillo. Dejan allí tanta ternura que los niños muy solitarios aún se atreven a salir de sus habitaciones.