18/09/2026
Hace unos meses estaba deseando, casi desesperadamente, que mi bebé aprendiera a dormir sus siestas en su camita.
Quería poder dejarlo acostado, tener mis manos libres, hacer cosas mientras él dormía… y poco a poco lo fuimos logrando.
Hoy, por circunstancias del día, tuve que hacerlo dormir otra vez encima de mí, en la hamaca.
Y qué ironía…
Ahora estoy aquí, mirándolo dormir sobre mi pecho, sintiendo su peso, su respiración, su cuerpito relajado sobre mí… y estoy disfrutando tanto esta sensación.
Me está transmitiendo una calma que no sabía que necesitaba.
Pensé en todas esas veces que, como mamá, he deseado que una etapa pase rápido.
“Que duerma toda la noche.”
“Que aprenda a caminar.”
“Que deje de necesitarme para esto.”
“Que sea un poquito más independiente.”
Y cuando finalmente sucede, nos damos cuenta de que también dejamos atrás una versión de ellos que jamás volverá.
Quizás eso es lo que más me ha enseñado la maternidad:
hay momentos que queremos superar mientras los estamos viviendo, sin saber que algún día serán precisamente los momentos a los que quisiéramos volver.
Ahora solo quiero quedarme aquí.
Con mi bebé encima de mí.
Con su respiración cerquita.
Con este peso que algún día voy a extrañar.
Con esta etapa que, aunque sé que pasará, hoy quiero vivir despacito.
Porque quizá algún día voy a mirar atrás y pensar:
“Qué daría por volver a sentirlo así sobre mí, aunque fuera por una siesta.”
Así que hoy no voy a desear que se duerma solo.
Hoy voy a disfrutar que todavía puedo ser su lugar favorito para descansar. 🤍