25/03/2026
¿CON QUÉ VOLVEREMOS A JEHOVÁ?
El pueblo había regresado del exilio. El templo estaba reconstruido. Las murallas, levantadas. Pero algo seguía roto en el corazón de la nación.
Dios había amado a Israel, y lo seguía amando. Pero ellos dudaban de su amor.
"En aquel tiempo yo os amaré, ha dicho Jehová. Y diréis: ¿En qué nos amaste?" (Malaquías 1:2 ).
La pregunta revelaba el problema: no veían el amor de Dios. Sus circunstancias no reflejaban lo que esperaban. Y en medio de la rutina religiosa, la fe se había vuelto cansada.
Malaquías llegó con la última palabra profética del Antiguo Testamento. Cuatro siglos de silencio seguirían después de él. Pero antes del silencio, Dios lanzó un mensaje urgente.
También tú has preguntado: "¿En qué me amas, Señor?"
Cuando las bendiciones no llegan como esperabas. Cuando la oración parece no ser respondida. Cuando la vida duele y los demás prosperan.
Y sin darte cuenta, tu corazón se ha vuelto tibio. Asistes, pero no adoras. Das, pero no sacrificas. Sirves, pero sin pasión.
Malaquías confronta esa tibieza con preguntas que hieren pero sanan:
"El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si pues soy yo padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿dónde está mi temor?" (Malaquías 1:6).
Dios señaló tres áreas donde el pueblo había desviado su corazón:
1. Adoración corrupta. Ofrecían animales ciegos, cojos, enfermos en el altar. Daban a Dios lo que no querían para sí mismos. Decían: "¡Oh, qué fastidio!" (Malaquías 1:13). Servían por obligación, no por amor.
2. Diezmos retenidos. "¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas" (Malaquías 3:8). No era dinero lo que retenían. Era su reconocimiento de que todo viene de Dios.
3. Palabras altivas. Decían: "Vano es servir a Dios. ¿Qué provecho tenemos por guardar su ley?" (Malaquías 3:14). La amargura había corrompido su hablar. Cuestionaban la justicia de Dios.
Pero Dios no vino solo a confrontar. Vino a prometer.
"He aquí, yo envío mi mensajero, y él preparará el camino delante de mí. Y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis" (Malaquías 3:1).
Juan el Bautista sería ese mensajero. Jesús, el Señor que vendría a su templo.
Y para los que temían a Jehová, la promesa era hermosa:
"Para vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación" (Malaquías 4:2).
No condenación. Sanidad. Luz. Alas que cubren y salvan.
Malaquías cierra con una palabra que conecta el Antiguo y el Nuevo Testamento:
"He aquí, yo os envío al profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres" (Malaquías 4:5-6).
Reconciliación. Restauración familiar. Ese era el deseo de Dios antes del silencio profético.
Y hoy, el Espíritu de Elías sigue llamando a volver el corazón a Dios.
Hoy Dios te pregunta: ¿Con qué volverás a Jehová?
¿Con ofrendas de calidad? ¿Con adoración genuina? ¿Con palabras que bendicen? ¿Con un corazón que reconoce que todo le pertenece a Él?
No te quedes en la pregunta "¿En qué me amas?".
Dios ya respondió en la cruz. Envió a su mensajero. Derramó su Espíritu. Levantó al Sol de justicia.
Ahora solo falta tu respuesta.
📖 "Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe" (Malaquías 3:17).
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