16/01/2026
En una farmacia rural, de esas donde el personal ya está acostumbrado a escuchar pedidos difíciles, ocurrió una escena que dejó a todos en silencio. Era mayo de 2025, en Perú, cuando una mujer mayor, vestida con ropa tradicional andina y apoyada en un bastón, cruzó la puerta con pasos lentos.
Pidió pastillas para la presión. Contó que había llegado caminando desde una zona alejada porque en su comunidad no lograba conseguirlas. Cuando le dijeron el precio, bajó la mirada. Revisó una pequeña bolsita que llevaba consigo y, sin decir una palabra, sacó dos huevos envueltos con cuidado. Los extendió como única forma de pago, con esa mezcla de vergüenza y necesidad que no necesita explicación.
La persona que la atendía entendió todo en segundos. Le dijo que no se preocupara, que se llevara el medicamento sin pagar. Le acercó un vaso con agua para que pudiera tomar una pastilla ahí mismo. La señora insistió en dejar los huevos, pero le pidieron que se los llevara.
Se fue despacio, con sus medicinas en la mano. Y en la farmacia, quien la atendió se quedó con un n**o en la garganta, recordando que a veces la realidad golpea más fuerte cuando llega en silencio.