09/09/2026
Una novela que tiene historia. ¿Que piensan?
El estadio que pudo tener otra historia.
En 2022, la gramilla del Estadio Nacional Doroteo Guamuch Flores fue objeto de una dura crítica internacional. El entonces técnico de la Selección de República Dominicana se refirió al terreno de juego en términos poco diplomáticos y lo calificó como un “potrero para pastar”.
La expresión generó molestia, pero también puso sobre la mesa una realidad que durante algún tiempo había sido evidente: las condiciones del principal escenario futbolístico del país no eran las adecuadas.
En aquel momento, el presidente de la Federación Nacional de Fútbol, Gerardo Paiz, planteó una alternativa. Ante la urgencia del problema, manifestó su disposición de asumir personalmente el costo de un remozamiento de la gramilla.
La propuesta, sin embargo, no prosperó.
El estadio no está bajo administración de la Federación, sino de la Confederación Deportiva Autónoma de Guatemala (CDAG), y la posibilidad de intervenirlo con recursos provenientes de otra institución encontró obstáculos dentro de la propia estructura administrativa. Entre ellos, según se explicó en aquel momento, las disposiciones relacionadas con el sindicato encargado de las labores de jardinería y mantenimiento.
Ahí comienza una historia que hoy resulta difícil no volver a mirar.
Porque aquella discusión no era solamente sobre quién podía pagar una gramilla. Era sobre la capacidad de las instituciones deportivas del país para ponerse de acuerdo cuando existe un problema que necesita una solución.
La alternativa planteada no garantizaba que todo se resolviera de manera definitiva. Tampoco significa que una intervención rápida hubiera sustituido un proyecto integral de remodelación. Pero sí existía una posibilidad de atender, al menos, una de las principales deficiencias del estadio mientras se encontraba una solución de fondo.
No ocurrió.
Y casi dos años después del inicio de las obras, el Doroteo Guamuch Flores continúa sin una fecha definitiva que permita saber cuándo volverá a estar plenamente disponible para el fútbol.
Mientras tanto, alrededor del proyecto se acumulan preguntas sobre tiempos, planificación, avances y responsabilidades.
El problema, entonces, dejó de ser únicamente la gramilla.
También es una cuestión de gestión institucional.
Ninguna organización sindical debería ser utilizada como argumento para descalificar derechos laborales legítimos. Pero tampoco parece razonable que una estructura administrativa pueda convertirse, de manera directa o indirecta, en una barrera para encontrar soluciones a problemas que afectan al deporte nacional.
Si existían impedimentos legales o administrativos para recibir recursos externos, correspondía encontrar el mecanismo institucional para resolverlos. Y si no existía, entonces también vale preguntar por qué no se buscó construirlo.
Porque las instituciones deportivas no existen para proteger procedimientos por sí mismos. Existen para que el deporte funcione.
Hoy, con el estadio todavía en medio de la incertidumbre, aquella propuesta de 2022 adquiere un significado distinto.
No porque debamos asumir que la oferta habría solucionado todos los problemas del Doroteo Guamuch Flores. Eso sería simplificar demasiado la situación.
Sino porque demuestra que había una alternativa sobre la mesa y no se encontró la manera de hacerla viable.
Tres años después de aquella polémica por el “potrero”, la pregunta ya no es solamente por qué la gramilla estaba en esas condiciones.
La pregunta es mucho más incómoda:
¿Cuánto le cuesta al deporte guatemalteco no ser capaces de coordinar sus instituciones cuando existe una solución posible?
El fútbol no necesita que la Federación y la CDAG se enfrenten.
Necesita que ambas encuentren la manera de trabajar juntas.
Y necesita, sobre todo, que las decisiones administrativas no terminen siendo más importantes que el propósito para el cual existen las instituciones: hacer posible el desarrollo del deporte guatemalteco.