Ecos de la Oscuridad

Ecos de la Oscuridad “Entre sombras y susurros se esconden las historias que el tiempo quiso olvidar.
(6)

Bienvenido a Ecos de la Oscuridad, donde las leyendas cobran vida y la noche nunca termina.

01/09/2026

📍 En zona 5, junto a un barranco, escuchaban muebles arrastrarse solos en el segundo nivel... y nunca había nadie 😨👻

01/09/2026

Puertas de carros abriéndose en un parqueo vacío... nunca encontraron a nadie. 🚗🔦

LA ESCUELA DONDE GUATEMALA COMENZÓ A FORMAR A SUS PRIMERAS ENFERMERAS👩🏻‍⚕️Antes de que existieran los grandes hospitales...
31/08/2026

LA ESCUELA DONDE GUATEMALA COMENZÓ A FORMAR A SUS PRIMERAS ENFERMERAS👩🏻‍⚕️

Antes de que existieran los grandes hospitales modernos y antes de que la enfermería fuera una profesión reconocida como hoy, cuidar a un enfermo significaba pasar horas junto a una cama, aprender de los médicos y, muchas veces, trabajar bajo condiciones muy difíciles.

En Guatemala, ese proceso venía de mucho antes.

Las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl ya desempeñaban labores de atención en los hospitales desde el siglo XIX. Pero fue durante el siglo XX cuando comenzó a organizarse formalmente la preparación de enfermeras profesionales.

Y hay una fecha que no debe confundirse con ninguna otra:

5 de junio de 1933.

Ese día fue fundada la Escuela Nacional de Enfermeras de Guatemala, impulsada por las Hermanas de la Caridad. Entre las personas vinculadas a sus primeros años estuvo Sor María Antonieta Galloti, figura importante en la organización de la enseñanza de enfermería.

Aquello significó mucho más que abrir una escuela.

Significó que el cuidado de los enfermos comenzaba a convertirse en una profesión que requería preparación específica.

Las estudiantes tenían que aprender.

Anatomía.

Higiene.

Cuidados del paciente.

Procedimientos médicos.

Y, sobre todo, una disciplina que exigía permanecer cerca del enfermo cuando muchas otras personas ya se habían marchado.

Pero la historia todavía tendría otro momento fundamental.

El 10 de junio de 1940, durante el gobierno de Jorge Ubico, se emitió el Acuerdo Gubernativo 2390.

Ese acuerdo estableció a la Escuela Nacional de Enfermeras como institución oficial del Estado para la formación de enfermeras.

Por eso existen dos fechas que a veces aparecen confundidas:

1933: fundación de la escuela.

1940: institucionalización oficial por parte del Estado.

Y detrás de esas fechas quedaron cientos de mujeres que pasaron por sus aulas y hospitales.

Mujeres que aprendieron a preparar una sala.

A acompañar a un paciente durante la noche.

A reconocer cuándo algo no estaba bien.

A trabajar mientras otros dormían.

Y también mujeres que, durante décadas, tuvieron que enfrentarse a una profesión que todavía estaba construyendo su lugar dentro de la sociedad guatemalteca.

La primera generación de esta nueva etapa se graduó en 1943.

Fueron 19 enfermeras.

Diecinueve mujeres que recibieron una formación profesional y salieron a trabajar en un país donde la enfermería todavía estaba creciendo.

Hoy, cuando alguien entra a un hospital y ve a una enfermera atendiendo a un paciente, puede parecer algo completamente normal.

Pero hubo una época en Guatemala en la que aquello todavía estaba comenzando.

Y en algún momento, detrás de las puertas de aquella escuela, 19 mujeres fueron las primeras en llevar ese aprendizaje a los hospitales como profesionales formadas dentro de esta nueva institución.

Quizá por eso la historia de la Escuela Nacional de Enfermeras no debería recordarse solamente por sus fechas.

Debería recordarse por las mujeres que pasaron por ella.

Porque muchas de ellas trabajaron cuando las luces del hospital se apagaban, cuando los corredores quedaban vacíos y cuando cuidar a un paciente significaba permanecer allí hasta el amanecer.

Y quién sabe cuántas historias quedaron guardadas en esos antiguos corredores.

Eso solamente lo pueden contar quienes estuvieron allí.

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CANDELARIA XOLHUITZ: LA ANTIGUA FINCA DONDE LA NOCHE TODAVÍA GUARDA SUS RUIDOSEn las montañas de Nuevo San Carlos, Retal...
31/08/2026

CANDELARIA XOLHUITZ: LA ANTIGUA FINCA DONDE LA NOCHE TODAVÍA GUARDA SUS RUIDOS

En las montañas de Nuevo San Carlos, Retalhuleu, existe una comunidad que durante generaciones ha estado ligada al café.

Hoy se conoce como Candelaria Xolhuitz.

Pero antes de ser la comunidad que conocemos actualmente, aquellas tierras fueron parte de una antigua finca cafetalera.

Los documentos históricos permiten seguir su historia desde el siglo XIX.

En 1874 se realizó la medición de los terrenos de Xolhuitz. Al año siguiente fueron adjudicados a Francisco Sánchez e hijos.

Con el paso de los años la propiedad cambió de manos.

En 1890 pasó a Enrique Neutze y posteriormente a Adolfo Meyer.

Para entonces, la finca ya formaba parte de la actividad cafetalera de la región.

Y allí no solamente estaba la casa donde vivían los propietarios.

Había trabajadores.

Había familias.

Había cultivos.

Había instalaciones para procesar el café.

Y había maquinaria que mantenía funcionando aquella finca.

Durante décadas, el movimiento de trabajadores y la producción de café fueron parte de la vida cotidiana del lugar.

Hasta que la historia de la propiedad cambió.

Con el tiempo, la finca pasó a convertirse en propiedad nacional y posteriormente fue entregada a agricultores organizados.

Cientos de personas recibieron parcelas.

El café continuó siendo parte de la vida de la comunidad.

Pero la antigua casa patronal permaneció allí.

Una construcción que había visto pasar generaciones enteras.

Y alrededor de esa casa comenzaron a conservarse historias que no aparecen en los registros de propiedad.

Historias que los documentos no pueden comprobar.

Según una tradición recogida años después, en la antigua finca habría ocurrido la muerte accidental de una niña relacionada con los antiguos propietarios.

Este dato pertenece al relato oral y no lo presentamos como un hecho histórico comprobado.

Lo que sí está documentado es que la antigua finca tuvo instalaciones de procesamiento y que alrededor del lugar existieron estructuras y maquinaria relacionadas con la producción cafetalera.

Y precisamente allí comenzaron los relatos.

Personas que conocieron el lugar han contado que durante la noche podían escucharse pasos.

Otros hablaban de sonidos relacionados con los antiguos espacios de trabajo.

Y existe un relato particularmente extraño:

el sonido de algo parecido a un pequeño vagón desplazándose sobre rieles.

Quienes conocen la historia aseguran que esos sonidos podían escucharse cuando ya no había trabajadores alrededor.

También existen testimonios sobre una figura pequeña que algunos dicen haber visto en los alrededores.

Pero nadie puede demostrar qué era aquello.

Y esa es precisamente la razón por la que esta historia resulta interesante.

Porque Candelaria Xolhuitz no necesita que le inventemos una historia.

La finca existió.

Los trabajadores existieron.

La maquinaria existió.

La casa todavía existe.

Y la comunidad que nació alrededor de aquella antigua finca también.

Lo demás pertenece a la memoria de quienes han pasado por allí.

Quizá aquellos sonidos tengan una explicación completamente normal.

Quizá alguien más que haya trabajado en la antigua finca conozca exactamente de dónde provenían.

O quizá todavía quede alguien en Nuevo San Carlos que recuerde una historia que nunca llegó a los libros.

Porque algunas veces la historia de un lugar no está solamente escrita en documentos.

También queda guardada en la memoria de quienes vivieron allí.

Y Candelaria Xolhuitz todavía tiene mucha memoria que contar.

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🔴 LA CASONA DE LA AMISTAD: EL INGENIO QUE QUEDÓ ATRAPADO EN EL TIEMPOEn Villa Hermosa II, San Miguel Petapa, entre las c...
31/08/2026

🔴 LA CASONA DE LA AMISTAD: EL INGENIO QUE QUEDÓ ATRAPADO EN EL TIEMPO

En Villa Hermosa II, San Miguel Petapa, entre las construcciones modernas, todavía sobreviven los restos de una propiedad que alguna vez fue parte de uno de los ingenios de azúcar más importantes de la época colonial.

Hoy muchos la conocen como la Casona de la Amistad.

Pero ese nombre no fue el primero.

La historia del lugar comienza el 28 de agosto de 1656, cuando la Corona española autorizó la fundación del mayorazgo de Arrivillaga, perteneciente a Domingo Arrivillaga.

Allí funcionaba el ingenio de azúcar Nuestra Señora de Guadalupe.

No era una pequeña finca.

Los registros históricos describen una importante producción de azúcar y una fuerza laboral que incluía 121 personas esclavizadas y 43 mujeres mulatas libres, además de indígenas de repartimiento utilizados para el cultivo.

El complejo tenía casa patronal, oratorio y trapiche.

La casa patronal era la residencia de los propietarios.

El oratorio era el lugar destinado al culto.

Y el trapiche era donde se procesaba la caña.

Durante generaciones, aquel lugar estuvo relacionado con la producción de azúcar.

Hasta que llegaron los cambios políticos del siglo XIX.

Después de la Reforma Liberal de 1871, la propiedad fue expropiada a Francisco de Paula Azpurú, según la investigación histórica recopilada por la Municipalidad de San Miguel Petapa.

Posteriormente pasó a manos de nuevos propietarios, quienes comenzaron a llamarla La Amistad.

El ingenio finalmente dejó de funcionar.

Pero quedaron las construcciones.

Y quedó algo impresionante:

una enorme rueda de hierro del antiguo trapiche, traída desde Inglaterra en 1832.

Con los años, los terremotos, la humedad y el abandono fueron deteriorando la propiedad.

Los techos comenzaron a desaparecer.

La vegetación empezó a ocupar las habitaciones.

Las paredes quedaron expuestas.

Y lo que alguna vez fue un centro de producción terminó convertido en una estructura abandonada rodeada por el crecimiento urbano.

Pero entonces comenzaron a aparecer los relatos.

Vecinos hablaban de cadenas.

De latigazos.

De caballos que parecían relinchar durante la noche.

De carretas que algunos aseguraban escuchar.

Incluso surgieron relatos sobre figuras parecidas a monjes.

Pero hay un detalle que me interesa mucho más que cualquier leyenda.

Un hombre que pasó años cuidando el lugar no confirmó esas historias.

La investigación publicada por la Municipalidad recoge el testimonio de Jorge Escobar, quien fue guardián de la propiedad durante 24 años.

Mientras algunos vecinos hablaban de fenómenos extraños, Escobar negó los rumores sobre supuestos rituales y explicó que su trabajo consistía precisamente en proteger aquella propiedad histórica.

Y eso deja una pregunta mucho más interesante que afirmar que allí “espantan”.

Porque la Casona tiene algo que ninguna historia inventada puede darle:

más de tres siglos de historia real.

Generaciones de trabajadores pasaron por aquel ingenio.

La caña entraba.

El trapiche trabajaba.

La rueda giraba.

Las familias de los propietarios vivían allí.

Había un oratorio.

Había trabajadores.

Había animales.

Había noches en las que aquel lugar debía tener sonidos completamente normales para quienes vivían allí.

Y después...

todo se detuvo.

La rueda dejó de trabajar.

El ingenio cerró.

Las familias se fueron.

Y la construcción quedó sola.

Hoy la propiedad es privada y está protegida por la legislación guatemalteca sobre bienes culturales; no es un lugar abierto al público.

Quizá por eso los relatos sobrevivieron.

Porque cuando una estructura de más de tres siglos queda abandonada, cada sonido de la noche empieza a mezclarse con todo lo que ocurrió allí antes.

Pero nadie puede decirnos con certeza qué escuchaban realmente aquellos guardias.

Ni qué producían aquellos ruidos.

Ni por qué distintas personas terminaron contando historias parecidas.

La Casona sigue allí.

La rueda de hierro también.

Y las historias...

esas todavía las cuentan quienes viven alrededor.

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31/08/2026

Los pasos se detuvieron... y nadie estaba ahí. 👣

31/08/2026

Pasé junto a una mujer de blanco en la Vuelta El Chilero... 👻🚛

🕰️ HISTORIAS DE LA VIDA EN LOS ANTAÑOS Los cines bajo una ceiba y los recuerdos de TiquisateHay recuerdos que comienzan ...
30/08/2026

🕰️ HISTORIAS DE LA VIDA EN LOS ANTAÑOS
Los cines bajo una ceiba y los recuerdos de Tiquisate

Hay recuerdos que comienzan con una visita familiar y terminan quedándose para toda la vida.

Marco Tulio Hernández Herrera nos lleva hasta los años en que visitó la zona bananera de Tiquisate, donde su abuelo materno trabajaba.

“Por los años 1965 asistí de visita a la empresa bananera de Tiquisate, mi abuelo materno trabajó allí.”

Aquella visita de Marco Tulio ocurrió en una época en la que las actividades de entretenimiento podían convertirse en todo un acontecimiento para las comunidades.

Y eso es precisamente lo que recuerda de los fines de semana:

“Los fines de semana montaban en un gran salón películas, grandes ventiladores, coquitas frías, helados, dulces y música previa a la exhibición.”

Uno puede imaginar aquel gran salón.

El calor de la costa.

Los grandes ventiladores moviendo el aire.

La música sonando antes de que comenzara la película.

Las bebidas frías.

Los helados.

Los dulces.

Y poco a poco, la gente entrando para disfrutar de la función.

“Acudían empleados de la finca bananera, habían otras exhibiciones para los administradores.”

Pero los años pasaron y la vida de aquellas comunidades también fue cambiando.

En la década de 1970, Marco Tulio recuerda otro lugar y otra forma de disfrutar el cine.

“En los 70, al poblarse y parcelarse El Parcelamiento La Máquina, en el Centro 1 se hacía cine los fines de semana.”

Y el cine no era lo único que ocurría allí.

“Y previo había encuentros de fútbol, piñatas y ya oscurecido una gran manta colgada de una ceiba donde proyectaban, auxiliados con motor de diésel.”

La escena parece sacada de una película.

Primero el fútbol.

Después las piñatas.

La tarde cayendo poco a poco.

Y cuando finalmente oscurecía, una gran manta colgada de una ceiba se convertía en la pantalla donde comenzaba la función.

No había una moderna sala de cine.

Había una ceiba, una manta, un proyector y un motor de diésel.

Y eso era suficiente para reunir a la comunidad.

Marco Tulio también recuerda que las películas habían cambiado:

“Las películas ya tenían sonido y color, grandes tiempos buenos recuerdos.”

Y quizás esa última frase sea la que mejor resume todo su relato.

Porque no está hablando solamente de películas.

Está recordando una manera de convivir.

Personas que se reunían los fines de semana.

Niños jugando fútbol.

Piñatas.

Música.

Marimba en algunas ocasiones.

Refrescos, helados y dulces.

Y cuando llegaba la noche, todos mirando una película proyectada sobre una manta.

La historia de Marco Tulio también nos recuerda que el cine no siempre necesitó un edificio.

A veces podía estar dentro de un gran salón de una finca bananera.

Y años después, podía aparecer al aire libre, bajo una ceiba, en medio de un parcelamiento que comenzaba a poblarse.

Dos lugares diferentes.

Dos épocas.

Pero el mismo deseo de reunirse y compartir.

❤️ Grandes tiempos. Buenos recuerdos.

Y ahora queremos saber:

¿Quién recuerda los cines de antes?

¿Alguna vez viste una película proyectada al aire libre?

¿Recordás los cines de los pueblos, las fincas o los parcelamientos?

¿Y quién recuerda aquellas funciones acompañadas de fútbol, piñatas, marimba, helados y refrescos?

👇 Contanos tu historia.

Porque cada recuerdo que ustedes comparten nos permite recuperar una pequeña parte de aquella Guatemala que vivieron nuestros padres, nuestros abuelos y nosotros mismos.

Marco Tulio Hernández Herrera — recuerdos de Tiquisate y el Parcelamiento La Máquina.

🕰️ HISTORIAS DE LA VIDA EN LOS ANTAÑOS Aprendiendo a conocer la capitalSanely Enríquez Hernández nos comparte un recuerd...
30/08/2026

🕰️ HISTORIAS DE LA VIDA EN LOS ANTAÑOS
Aprendiendo a conocer la capital

Sanely Enríquez Hernández nos comparte un recuerdo de cuando llegó a la Ciudad de Guatemala siendo todavía una patoja. Su historia nos lleva a 1974, al internado, a las calles que comenzó a conocer poco a poco y a aquellos lugares que terminaron formando parte de sus recuerdos para toda la vida.

“Yo soy del departamento de Jutiapa, y mis papás me llevaron al internado de monjas Hogar Juan XXIII en el año 1974. Yo creo que muchos conocen ese colegio, pero cuando estudiaba allí las monjas tenían una panadería y entregaban pan ya empacado a Paiz.”

El Hogar Juan XXIII formaba parte de esa etapa de la vida de Sanely en la capital. Y aquellos días no solamente transcurrían dentro del internado.

“Luego íbamos a dejar pan a la cárcel de mujeres que se encontraba a la par de la Cruz Roja y la iglesia Santa Teresita, por eso la cárcel se llamaba así. Las monjas del Buen Pastor eran encargadas de la cárcel y del internado.”

Para una niña que venía de Jutiapa, salir a la calle era ya toda una experiencia.

“Y para nosotros era algo especial salir a la calle aunque sea acompañada de las monjas, y nos dejaban pasar a una tienda en el Paseo Rubio. No sé si existe todavía, era en la misma cuadra del colegio.”

Aquellas pequeñas salidas quedaron grabadas en su memoria.

Al año siguiente, Sanely estudió en otro establecimiento que todavía existe: el Colegio Vanguardia Juvenil, fundado en 1956 por la maestra Herminia Soto de Dardón. Para cuando Sanely llegó allí, el colegio ya llevaba casi dos décadas formando estudiantes en la capital.

Y fue entonces cuando comenzaron nuevas aventuras.

“Al año siguiente estudié en el Colegio Vanguardia Juvenil. En ese entonces era que visitaba El Cerrito del Carmen para ir a estudiar bajo los árboles.”

Imaginar aquella escena resulta difícil hoy.

Una estudiante llegando al Cerrito del Carmen, buscando un lugar bajo los árboles para estudiar.

Pero Sanely no solamente caminaba por el Cerrito.

“Caminábamos también para Ciudad Nueva a encaminar compañeras.”

Y por las tardes todavía había tiempo para divertirse.

“En las tardes de vez en cuando íbamos al Hipódromo del Norte a deslizarnos del tobogán, a dar una vuelta en el trencito.”

El Hipódromo del Norte, en la zona 2, sigue siendo una referencia conocida de aquel sector de la ciudad. Pero para Sanely no era simplemente un lugar en el mapa: era el sitio al que iba con sus compañeras para deslizarse por el tobogán y dar una vuelta en aquel trencito que recuerda de esos años.

Y poco a poco, aquella niña que había llegado desde Jutiapa comenzó a aprender a moverse por una ciudad que para ella era completamente nueva.

“Fue una experiencia muy hermosa que viví en la capital, pues en esos dos años que estudié allí aprendí a movilizarme en la capital y por la orientación de mi papá, porque siempre me decía: ‘Recuerde, de norte a sur son las avenidas, de este a oeste las calles; siempre la nomenclatura es a su derecha números pares y a su izquierda impar. El primer número es la calle o avenida’.”

Las palabras de su padre se convirtieron en una especie de mapa que Sanely llevaba en la cabeza.

Y todavía tenían otra aventura:

“También nuestra aventura era tomar una urbana para ver dónde nos llevaba y en la misma regresábamos.”

Así se conocía una ciudad antes de los teléfonos celulares, de Google Maps y de tener un mapa en el bolsillo.

Subirse a una urbana y descubrir hasta dónde llegaba.

Y después regresar.

Pero todavía quedaban otros lugares que formaron parte de aquellos recorridos:

“Íbamos a comprar helados a la fábrica de helados Arnol, estaba en la calle Martí. También íbamos a comprar unas galletas o rosquitas a la panadería Olid, frente al mercado de la Parroquia.”

La Panadería Olid continúa existiendo con ese nombre, aunque las ubicaciones y establecimientos han cambiado con los años. El recuerdo de Sanely, sin embargo, está ligado a aquella panadería que ella conoció frente al Mercado de La Parroquia.

Y hay algo que demuestra cuánto pueden permanecer vivos los recuerdos de la infancia:

“Hasta la fecha, cuando veo una panadería Olid compro mis galletas y rosquitas, pero hoy son unas micras, pero con el mismo sabor.”

Después de tantos años, todavía una galleta puede llevarla de regreso a aquella época.

Y Sanely sabe que quizá no todos conozcan aquellos lugares o consideren importante una experiencia como la suya.

“Yo sé que no a todos les gusta leer y tal vez no es importante mi experiencia en la capital y son muchas cosas de contar.”

Pero justamente ahí está el valor de esta historia.

Porque Sanely no está contando una historia extraordinaria.

Está contando cómo una patoja de Jutiapa aprendió a conocer la Ciudad de Guatemala.

El internado.

Las monjas.

La panadería.

El Paseo Rubio.

La cárcel de mujeres.

El Cerrito del Carmen.

Los estudios bajo los árboles.

Las caminatas a Ciudad Nueva.

El Hipódromo del Norte.

El tobogán.

El trencito.

Las urbanas que tomaban simplemente para descubrir dónde las llevaban.

La fábrica de helados Arnol.

Las galletas y rosquitas de Olid.

Y las enseñanzas de su papá para aprender a orientarse en la capital.

Todo eso también es historia.

Y quizá alguien que está leyendo esto recuerde alguno de esos lugares.

❤️ Ahora queremos escucharte.

¿Quién estudió en el Vanguardia Juvenil?

¿Quién recuerda el Paseo Rubio?

¿Quién jugó o pasó tardes en el Cerrito del Carmen?

¿Quién recuerda el Hipódromo del Norte, sus juegos, su tobogán o aquel trencito?

¿Y quién todavía recuerda las galletas y rosquitas de Olid?

👇 Contanos tu recuerdo en los comentarios.

Porque una historia puede despertar otra, y otra, y otra...

Y así vamos recuperando entre todos la Guatemala que vivimos y que el tiempo no debería borrar.

Sanely Enríquez Hernández — recuerdos de la Ciudad de Guatemala, 1974-1975.

🕰️ HISTORIAS DE LA VIDA EN LOS ANTAÑOS Un paseo de domingo por la Avenida HincapiéAdolfo Grajeda nos lleva por una Guate...
30/08/2026

🕰️ HISTORIAS DE LA VIDA EN LOS ANTAÑOS

Un paseo de domingo por la Avenida Hincapié

Adolfo Grajeda nos lleva por una Guatemala que para muchos ya solamente existe en fotografías y recuerdos.

“Es lindo recordar esos tiempos, yo viví algún tiempo en la avenida Hincapié a media cuadra de los Arcos y todos los días lo miraba con su imponente belleza.”

Los Arcos formaban parte del antiguo Acueducto de Pinula, una de las obras que durante generaciones marcaron el paisaje de aquella zona de la ciudad. Sus enormes arcos de ladrillo se levantaban junto a los caminos y jardines, convirtiéndose en uno de esos lugares que los capitalinos reconocían inmediatamente.
Y Adolfo los veía todos los días.

Pero lo que más recuerda de aquellos años era el aspecto que tenía el Boulevard Liberación.

“En ese entonces los empleados municipales limpiaban el pasto del bulevar Liberación con unas guadañas y lo dejaban muy bonito para que los domingos los paseantes degustaran su paseo.”

Qué diferente era salir a caminar entonces.
El boulevard tenía sus áreas verdes cuidadas y los domingos se convertía también en un lugar para pasear tranquilamente.
Y Adolfo tenía su propio recorrido.

“Yo caminaba los domingos desde los Arcos de la avenida a Hincapié a la Avenida la Castellana para tomar el bus # 10 Morena hacia la colonia Belen.”

La Ruta 10 Morena era parte de aquel transporte urbano que conectaba distintos sectores de la ciudad. Para Adolfo, sin embargo, no era solamente una ruta de bus.
Era parte de su paseo de cada ocho días.
Primero la caminata.

Los Arcos.

La Avenida Hincapié.

El Boulevard Liberación.

Después, La Castellana.

Y finalmente esperar aquel bus que lo llevaría hacia la colonia Belén.
Pero todavía falta un detalle que hace que este recuerdo se sienta todavía más cercano.

“Me acompañaba un pequeño radio de transistores escuchando la música de la época.”
Un pequeño radio de transistores en la mano mientras caminaba.
La ciudad alrededor.

Los árboles.

Los jardines.

Los Arcos.

Y la música acompañando el camino.
No hacía falta mucho para disfrutar aquel paseo.
“Era un grato paseo de cada 8 días, bellas épocas.”

Y quizá eso es precisamente lo que hace tan especial este recuerdo de Adolfo.
No nos habla de un acontecimiento extraordinario.

Nos habla de algo que hoy puede parecer muy sencillo: un domingo cualquiera.
Pero para él aquellos domingos quedaron guardados para siempre.

La Avenida Hincapié.

Los Arcos.

El Boulevard Liberación.

La Castellana.

El bus #10 Morena.

Y aquel pequeño radio de transistores que lo acompañaba mientras caminaba.

¿Quién recuerda aquella Guatemala?

¿Quién caminó por los alrededores de los Arcos?

¿Quién recuerda cómo se veía el Boulevard Liberación en aquellos años?

¿Quién llegó a viajar en el bus #10 Morena?

¿Y quién todavía recuerda aquellos pequeños radios de transistores?

Porque quizás mientras leías esta historia, algún recuerdo que tenías guardado volvió a aparecer.

👇 Contanos tu historia.

Tal vez también viviste una de esas pequeñas cosas que hoy parecen olvidadas, pero que para alguien más significan toda una época.

Adolfo Grajeda — Avenida Hincapié, los Arcos y aquellos domingos de antaño.

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Guatemala City

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