18/12/2025
El mundo amaneció cansado.
No fue un cansancio físico, sino uno más profundo: el cansancio del alma colectiva. Las ciudades seguían encendiendo sus luces cada mañana, los mercados abrían puntuales y las pantallas no dejaban de parpadear, pero algo esencial se había ido apagando sin que muchos lo notaran.
Las personas corrían, pero no sabían hacia dónde. Tenían relojes inteligentes, agendas llenas y metas ambiciosas, pero cada vez menos tiempo para mirarse a los ojos. Se hablaba de progreso, aunque la soledad crecía como una sombra silenciosa. Se defendían derechos, pero se olvidaba el deber más básico: amar al prójimo.
La verdad se volvió negociable. Lo correcto dependía de la conveniencia del momento. Lo que antes era firme ahora se doblaba con facilidad. Muchos ya no preguntaban “¿qué es verdad?”, sino “¿qué me conviene creer?”. Y así, el ruido reemplazó a la sabiduría, y la opinión al discernimiento.
La creación misma comenzó a gemir. La tierra, explotada sin gratitud; los ríos, contaminados por la ambición; el aire, cargado no solo de humo, sino de indiferencia. El hombre, creyéndose dueño de todo, olvidó que también era guardián.
En medio de este escenario, el dolor se volvió cotidiano. Guerras que ya no escandalizan, injusticias que se normalizan, vidas que se pierden y solo ocupan unos segundos en una pantalla. El sufrimiento ajeno dejó de conmover, porque cada quien carga con el suyo y teme mirar el del otro.
Pero no todo estaba perdido.
En rincones silenciosos del mundo, todavía había quienes oraban cuando nadie miraba, quienes ayudaban sin anunciarlo, quienes perdonaban aunque doliera. Había madres enseñando valores, ancianos transmitiendo sabiduría, jóvenes que, contra la corriente, decidían vivir con propósito.
Aún había luz.
Pequeña, a veces temblorosa, pero viva. Una luz que no gritaba, pero transformaba. Una luz que recordaba que el mundo no necesita más ruido, sino más verdad; no más poder, sino más amor; no más apariencia, sino corazones sinceros.
El mundo está herido, sí. Confundido, también. Pero mientras exista alguien dispuesto a hacer el bien, a buscar a Dios y a amar incluso cuando no es fácil, la historia aún no ha terminado.
Porque la oscuridad nunca tiene la última palabra cuando la luz decide permanecer.