26/10/2025
“La cabina de cristal” por Morel Mazariegos.
Siempre imaginé la cabina como el lugar más alto de la conquista, un altar transparente donde la voz se hacía eterna.
Me decían que era “la cabina de cristal”, la más grande en la que un locutor podría estar, donde —parafraseando a Lavoisier— las palabras no se crean ni se destruyen, solo se transforman en sonido. En ese momento pensé que mi voz pesaría tanto como una ley química, sería invariable, exacta. Pero el día que hablé por primera vez, descubrí que la voz también se evapora… como el éter que huye del calor del alma.
Para mí, llegar a la cabina de cristal era enfrentarse al temblor del escenario. No todos lo admitían, pero se notaba: ese miedo que no se ve pero se siente agazapado entre el micrófono y el locutor. La cabina no era un lugar…era una escenificación. Las luces, los cables, el vidrio que separaba el mundo exterior, todo tenía la solemnidad de un teatro antiguo. Yo era actor y —a la vez— espectador de mí mismo, con guión en mano, esperando mi primera línea. Y ese instante justo antes de hablar, cuando la presión del silencio es más fuerte que cualquier palabra, comprendí que el aire también actúa… que el sonido no nace, se interpreta.
Ahora lo sé: la cabina no era una meta, sino una fusión. Comprendí que la “cabina de cristal” no está hecha de paredes, sino de transparencia: esa que nos une cuando la palabra se vuelve emoción compartida.
Y si alguna vez, también temblaste ante el micrófono, ya eres parte de esta transformación. Porque toda voz que se atreve, cambia la materia del silencio.