26/08/2026
David derribó a Goliat con una piedra, pero fue herido por un enemigo mucho más cercano: los deseos no sometidos a Dios. La Escritura nos enseña que las batallas más peligrosas no siempre están frente a nosotros, sino dentro de nosotros. Podemos vencer gigantes externos y aun así ser derrotados por pasiones, orgullo, codicia o deseos que no han sido llevados a la cruz.
La verdadera santidad no consiste únicamente en conquistar desafíos visibles, sino en permitir que el Espíritu Santo transforme las áreas ocultas del corazón. Los gigantes más grandes no siempre tienen espada ni armadura; muchas veces toman la forma de pensamientos, apetitos y anhelos que compiten por el lugar que solo Cristo debe ocupar.
«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.» (Proverbios 4:23)