30/04/2026
El Día del Niño suele llenarse de risas, juguetes y colores… pero también es un buen momento para mirar hacia adentro. Porque la infancia no se queda atrás: se queda dentro.
Cuando éramos niños, los sueños no pedían permiso. Queríamos ser astronautas, artistas, futbolistas o inventores sin preguntarnos si era “realista”. No existía el miedo al qué dirán, ni la presión de encajar. Había algo más valioso: una fe absoluta en que todo era posible.
Con el tiempo, crecemos… pero también aprendemos a dudar. Cambiamos sueños por certezas, curiosidad por rutina, y muchas veces dejamos en pausa aquello que realmente nos hacía sentir vivos.
Y sin embargo, algo curioso pasa al llegar a la adultez: muchos empezamos, poco a poco, a regresar.
No de la misma forma, no con la misma inocencia… pero sí con una intención más profunda.
Ese adulto que compra una cámara, no solo está gastando dinero: está retomando el sueño de aquel niño que quería capturar el mundo.
El que abre un pequeño negocio, no solo busca ingresos: está cumpliendo esa fantasía de crear algo propio.
El que se atreve a empezar de nuevo, no está improvisando… está recordando quién era antes de tener miedo.
Tal vez crecer no se trata de dejar atrás al niño que fuimos, sino de reconciliarnos con él.
De escuchar lo que aún susurra: “todavía puedes”.
Porque al final, los sueños no tienen fecha de caducidad.
Solo esperan el momento en que tengas el valor de retomarlos.
Hoy, en el Día del Niño, no solo celebres a los más pequeños.
Celébrate a ti también… por no rendirte del todo, por seguir intentando, y por seguir soñando, incluso cuando la vida te enseñó a ser “realista”.