06/09/2026
REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO CICLO A
6 de septiembre de 2026
“Señor, que no seamos sordos a tu voz.” Sal 94
La Palabra de Dios en la liturgia de hoy nos regala una serie de practicas fundamentales para vivir como comunidad fraterna, que se saben familia de Dios. De ahí que se nos recuerde la importancia de saber cuidarnos los unos a los otros, sabiendo discernir lo que conviene a la comunidad para denunciar y rechazar, aquello que puede apartarnos del fin al que debería dirigirse toda nuestra vida. Esto viene muy bien, sobre todo en nuestro tiempo inmerso en la explotación de las redes sociales, donde aparecen tantos gurús, influencers, couchers; proponiendo diversos caminos de realización humana, propuestas de autocontrol y liberación, confundiendo más que ayudando a sus seguidores. El creyente tendría que ser punto de referencia seguro que muestre a otros el verdadero camino de la humanización de este mundo. Con la Palabra de Dios, en la mente y en el corazón, el creyente es capas de tomar decisiones que hagan a las personas más humanas y más realizadas.
En la predicación del Papa León XIV notamos un tema recurrente y este es; “la necesidad de volver a las fuentes de nuestra vida cristiana”. Volver a lo esencial, entre tantas propuestas, de distintos colores y en tantas modalidades, que endulzan el oído y marean la mente, corremos el riesgo de perder lo esencial. Así lo reclama el Apóstol San Pablo a los Romanos, cuando les recuerda que el amor de Dios expresado en Cristo y recibido por nosotros para que se convierta, por nuestra forma de vivir, en amor a los hermanos, es lo fundamental y más importante. El cumplimiento pleno de la ley consiste en amar. (cfr. Rom 13,10).
El amor se expresa en la convivencia cotidiana, no se reserva para ocasiones especiales, esto caracteriza la relación entre los creyentes y en la sociedad. Esto nos exige preocuparnos mutuamente, y cuando sea necesaria la corrección, habría que realizarla, precisamente porque amamos a nuestro hermano. Es fácil eludir esa responsabilidad de corregir al hermano cuando vemos que su comportamiento pone en riesgo su fama y su honor, así como el de su familia y de su comunidad, y en aras de un falso respeto nos convertimos en cómplices del error, la mentira o el pecado grave que pudiera estar cometiendo nuestro hermano. Hoy Jesús, nos invita a recurrir a esa práctica de la corrección fraterna, que exige un proceso muy concreto señalado por el mismo evangelio.
Para ello hay que recordar y reconocer el valor grande que tiene la oración de la comunidad, la oración que realizamos cuando participamos consciente y activamente en la liturgia de la Santa Misa, y nos unimos en una intención común, esa oración tiene poder grande de liberación y de sanación, así lo ha dicho Jesús mismo: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere. Mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o más se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos.” (cfr. Mt 18,20). En cada eucaristía tenemos la oportunidad de acercarnos a la fuente de nuestra plena liberación interior y de la de nuestra comunidad o de nuestra familia, de este momento se desprenden los ingredientes necesarios para fortalecer nuestra vida personal, la vida de nuestra familia y de nuestra comunidad. Aquí tenemos la oportunidad de reconciliarnos y de perdonarnos, porque entramos en contacto con la expresión más asombrosa del Amor de Dios.
María, Madre del Amor Hermoso; ruega por nosotros. Los bendice en Cristo: P. GERARDO CHÁVEZ ORTIZ (Párroco).