08/12/2025
La historia de Don Tito Chapa, el rey de las espuelas
En los llanos del norte de México, donde el sol quema parejo y el canto del gallo es señal de orgullo, nació hace ya muchos años un hombre llamado Tito Chapa.
Desde niño, Tito no conoció juguetes de plástico ni tardes de televisión:
su entretenimiento eran los gallos que su padre criaba en el solar.
A los seis años ya sabía distinguir un gallo fino de uno corriente, y a los diez podía decirte, con solo mirar su postura, cuál tenía el corazón de guerrero.
Los primeros pasos
Su padre, Don Hector Chapa, era un criador modesto, pero de palabra fuerte y mirada sabia. A él le enseñó todo lo que sabía sobre las líneas de sangre, los cruces, el temple, el cuidado y el respeto que un gallero debe tener por sus animales.
Tito aprendió que un buen gallo no solo se hace con comida, sino con alma, con paciencia, con mano firme y corazón tierno.
A los diecisiete años, Tito se presentó en su primer palenque. Llevaba un gallo colorado que había criado desde pollito, al que llamó El Caporal.
Nadie apostaba por él, pero Tito confiaba. Aquella tarde, con la mirada fija y el corazón latiendo fuerte, vio cómo su gallo daba una pelea que quedó en la memoria del pueblo:
El Caporal salió victorioso, y Tito Chapa ganó su primer respeto.
El ascenso
Con los años, su nombre comenzó a sonar en todo el norte.
"Don Tito Chapa", decían, "tiene gallos que pelean con inteligencia".
Su secreto no estaba en el dinero ni en los suplementos, sino en la crianza.
Él mismo decía:
“Un gallo se hace con respeto. Si lo tratas como bestia, te pelea como bestia. Si lo tratas como campeón, te pelea como rey.”
Sus gallos, famosos por su temple y resistencia, comenzaron a ganar torneos nacionales. Las líneas
“Chapa”
se convirtieron en sinónimo de calidad, y más de un criador buscaba cruzar sus aves con las suyas.
El código del gallero
Tito nunca apostó más de lo que podía perder.
“En el palenque no se trata solo de dinero —decía—, se trata de honor.”
Era conocido por su palabra firme: nunca rehuyó una pelea justa, pero tampoco buscaba pleitos.
Si un rival perdía con dignidad, Tito lo invitaba a comer después.
En su rancho, la competencia se quedaba en la arena; fuera de ella, todos eran hermanos de oficio.
Los años dorados
Durante la década de los 2000, Tito Chapa alcanzó su máximo esplendor.
Ganó campeonatos en Reynosa, Monterrey, San Luis y hasta en Guatemala. Muchos decían que su gallera,
“La Fortaleza Chapa”,
era un templo del arte gallero.
Llegaban visitantes de todas partes a ver su colección de trofeos, pero Tito siempre respondía igual cuando le preguntaban cuál era su mejor premio:
“El mejor trofeo es ver nacer un pollito de una línea mía y saber que lleva el fuego de sus abuelos.”
El legado
Ya entrado en años, Don Tito empezó a enseñar a jóvenes galleros. No les hablaba de apuestas ni de dinero, sino de respeto, genética y amor por el arte.
Decía que el gallo es un símbolo del carácter: orgullo, valentía y honor.
En su rancho aún se escuchan las mañanas llenas de canto.
Algunos dicen que, aunque ya no pelea tanto, todavía camina entre sus gallos, acariciando sus plumas y hablándoles al oído.
Y cuando alguien nuevo llega a su gallera, Tito les dice con una sonrisa:
“Aquí no criamos gallos para pelear. Criamos guerreros para enseñar lo que es el coraje.”
Así, entre sol, sudor y canto, Don Tito Chapa se volvió leyenda: el gallero que nunca perdió su humildad, el hombre que hizo de la pasión su vida y de sus gallos su historia.