13/11/2025
📰 El influencer que no influyó ni en su celular
El mensajero, mejor conocido como el lleva y trae mitotes, presume ser periodista, pero no sabe ni usar el celular. Sus transmisiones parecen grabadas con una cámara de casetes, tan obsoletas como sus ideas.
Se vende como influencer, aunque su único público son las moscas que rondan su escritorio. Defiende lo indefendible, critica lo incuestionable y nunca se ha atrevido a criticarse a sí mismo.
El maestro del chayote presume convenios inflados y aplausos comprados, pero credibilidad… ni una semilla. Su cosecha es abundante en contratos de papel y elogios de pasillo, pero estéril en confianza pública.
Y como si fuera poco, asiste a eventos como si fuese parte de un círculo al que no pertenece, colándose en espacios donde su presencia es más decorativa que relevante. Se pasea con la seguridad de quien cree ser protagonista, cuando en realidad apenas es un extra sin diálogo.
En realidad, no es más que un troll del teclado, dedicado a lanzar ataques desde la comodidad de su pantalla, creyendo que sus palabras tienen peso cuando apenas son ruido digital.
Desde el teclado, se erige como defensor de Paulina Ocaña, con la vehemencia de quien confunde lealtad con servilismo. Según él, su verdad es incuestionable, aunque en realidad es una mentira disfrazada de opinión. Critica personajes de la política como si su palabra tuviera valor, cuando lo único creíble es su urgente necesidad de hacerse una prueba de insulina y revisar sus niveles de azúcar.
Además, recibe dinero en Nogales por ser el encargado de atacar a todos los que puedan estorbarle en el camino a Juan Gim. Un gasto inútil, porque en vez de invertir en tonterías y en influencers sin peso, ese dinero debería dirigirse a algo que realmente valga la pena.