13/06/2026
El bosque que rodeaba la nueva cabaña de Elena y Marcos era denso, de esos donde la luz del sol ap***s logra tocar el suelo. Habían decidido mudarse allí buscando un retiro tranquilo para su matrimonio, lejos del caos de la ciudad, sin imaginar el precio que pagarían por su aislamiento.
Todo comenzó la tercera noche tras la mudanza. Desde su cama, Elena escuchó unos golpecitos rítmicos en el cristal de la ventana, seguidos de una risa ahogada, aguda y cantarína. Al asomarse con la linterna de su teléfono, no vio a nadie, pero en el alféizar encontró una pequeña y macabra figura hecha de ramitas y hojas secas, unidas fuertemente con lo que parecía ser cabello humano fresco.
Al día siguiente, Marcos empezó a actuar de forma extraña. Le confesó a Elena que, mientras caminaba por los senderos cercanos, había empezado a interactuar con los "dueños de la tierra". Decía que eran seres bajitos, que vestían ropas de musgo y que tenían orejas puntiagudas con ojos fijos y desproporcionados. Elena, preocupada por el estrés que su esposo arrastraba del trabajo, intentó restarle importancia, asumiendo que el silencio del bosque le estaba jugando malas pasadas a su mente.
Sin embargo, las cosas en la cabaña se tornaron insostenibles.
Primero fueron incidentes extraños: los objetos cambiaban de lugar, la comida se pudría en cuestión de horas dentro de la nevera y los cuchillos de la cocina aparecían clavados en la tierra del jardín. Pero pronto el ambiente se volvió denso y asfixiante. Por las noches, los crujidos bajo el suelo de madera no cesaban; era el sonido de decenas de pies descalzos, rápidos y pesados que corrían en círculos alrededor de su cama mientras ellos intentaban dormir en una vigilia aterradora.
Una madrugada, un jadeo helado al lado de la cama despertó a Elena. Al encender la lámpara de noche, descubrió que el suelo de la habitación estaba cubierto de hileras de huellas diminutas de barro negro que venían desde la puerta principal.
Al girarse hacia su esposo, el pánico la paralizó: el lado de Marcos estaba vacío y frío.
Llevada por la adrenalina, Elena tomó una linterna y salió desesperada a la penumbra de la noche, gritando el nombre de Marcos. Siguió el rastro de pisadas de lodo y ramas rotas que se internaba profundamente en la espesura del bosque, donde los árboles eran tan viejos que sus troncos parecían retorcerse con formas agonizantes.
A unos cientos de metros, la negrura se volvió absoluta. La linterna parpadeó violentamente y se apagó. En medio de la oscuridad, las risitas agudas y cantarinas resonaron desde todas las direcciones, multiplicándose por docenas. No eran voces infantiles; eran burlonas, crueles y ancestrales.
Un destello de luna filtrándose entre las copas de los árboles iluminó un pequeño claro más adelante. Allí estaba Marcos, de pie, de espaldas a ella.
—¡Marcos! ¡Por dios, vámonos de aquí! —gritó Elena, corriendo hacia él y tomándolo por el hombro.
Cuando su esposo se giró lentamente, Elena ahogó un grito que se convirtió en puro horror. Ya no era el hombre con el que se había casado. Sus ojos eran dos canicas completamente negras, opacas, vacías de cualquier rastro de conciencia humana, y su boca esbozaba una sonrisa imposible, estirada hasta los límites de su piel, mostrando unos dientes que habían sido toscamente limados hasta quedar en puntas sangrientas. El verdadero Marcos ya no habitaba ese cuerpo; los duendes lo habían vaciado por dentro, consumiendo su mente para dejar solo una carcasa rota.
Antes de que Elena pudiera dar un paso atrás para huir, la tierra bajo sus pies comenzó a ceder con violencia. Decenas de manos diminutas, huesudas, con uñas largas y cubiertas de tierra brotaron del suelo, aferrándose a sus tobillos con una fuerza sobrenatural que trituró sus huesos.
Mientras la criatura que alguna vez fue su esposo la miraba fijamente en silencio, los seres de la tierra arrastraron a Elena hacia abajo, hacia las oscuras y asfixiantes galerías subterráneas del bosque, borrando para siempre cualquier rastro de su existencia.