05/08/2025
Nunca pensé que vender autos fuera tan duro. No por lo técnico, no por los modelos, ni siquiera por la competencia. Lo difícil fue... mirarme al espejo al final del día y sentirme insuficiente.
Recuerdo perfectamente mi primer día en la agencia. Me levanté más temprano que nunca, planché mi camisa blanca con esmero, me puse los zapatos que solo usaba para eventos importantes y me fui al trabajo con una sonrisa que no me cabía en la cara. Era mi momento, mi nuevo inicio. Estaba seguro de que con mi actitud, simpatía y hambre de crecer, me iba a comer el mundo.
Pero el mundo no se dejó.
Pasaron los días y nadie me enseñó cómo enfrentar la peor parte: el silencio.
Silencio cuando enviaba una cotización.
Silencio cuando hacía llamadas que nadie contestaba.
Silencio cuando el cliente decía “déjame pensarlo” y nunca más volvía.
Silencio, sobre todo, dentro de mí... cada vez más fuerte.
Me volví experto en ocultar la frustración. Sonreía, hacía como que todo iba bien, pero por dentro me sentía cada vez más vacío. Me dolía ver a mis compañeros cerrar ventas mientras yo solo sumaba “tal vez” y “mañana vengo”. Y empecé a cuestionarme:
¿Será que esto no es para mí?
¿Que soy un mal vendedor?
¿Que no tengo el carácter?
Hubo un día que me marcó. Fue un viernes. No había vendido nada en toda la semana. El gerente me miró con cara de “¿y tú qué haces aquí?”, y cuando salí al estacionamiento, me quedé sentado en mi coche, mirando al volante, en silencio. No lloré. Pero me dolía el alma.
Esa noche, sin querer, me encontré con un podcast algo en ese título me atrapó. Lo puse. Y no te miento... sentí que hablaba de mí.
Hablaba del miedo. De ese miedo real que te traga por dentro, que no se ve, pero que pesa. Del miedo al “no”, al rechazo, a sentirte incapaz. Y lo dijo claro:
“El miedo no es tu enemigo. Es tu señal de que estás a punto de crecer.”
Esa frase me sacudió. Por primera vez entendí que no estaba roto. Solo estaba aprendiendo. Y que el miedo no era un monstruo… era una brújula.
Desde entonces, todo cambió. No porque dejé de tener miedo, sino porque decidí caminar con él. Dejé de pensar en cerrar ventas… y empecé a enfocarme en abrir relaciones. Dejé de repetir guiones… y empecé a escuchar de verdad. Dejé de perseguir al cliente… y empecé a acompañarlo.
Hoy sigo en esto. Porque entendí algo que ojalá alguien me hubiera dicho antes:
Todos fuimos el peor vendedor del mundo alguna vez. Lo importante es no quedarnos ahí.
Si tú estás leyendo esto y sientes ese mismo miedo, solo quiero que sepas algo:
No estás solo.
Nos pasa a todos.
Y sí, se puede salir adelante.
Con humildad, con estrategia, y con una cosa que nunca debe faltar: actitud.