18/01/2026
Brizuela y los buitres del poder: la transformación secuestrada
Por El Gato Maya 🐾
En Quintana Roo no manda quien gana la elección. Mandan los que sobreviven a todas las elecciones.
Los que cambiaron de partido como quien cambia de cubrebocas, pero jamás soltaron las llaves de:
la obra pública,
los permisos,
los sindicatos,
y los contratos con moño.
Y es contra esa fauna reciclada del poder —no contra la gobernadora— que Jorge Brizuela decidió patear el tablero.
Porque hay que decirlo sin rodeos:
Brizuela no va contra Mara Lezama.
Va contra la lista negra de personajes enquistados en su gabinete y en las estructuras de decisión, los mismos que ya le hicieron daño al estado antes y hoy se disfrazan de transformación.
Y es que Jorge Brizuela, no pertenece al club de los aplaudidores de tercera fila.
Ese señor conoce las cañerías del sistema, los atajos del presupuesto y los pasillos donde se pacta lo que jamás se firma.
Por eso incomoda.
Y por eso, casualmente, cada vez que abre la boca, se activa el enjambre.
Porque no es lo mismo criticar desde Facebook que desde adentro del ecosistema político donde se mueven operadores, exgobernadores reciclados, regidores multitarea y aspirantes que ya están en campaña aunque juren que no.
Eso es lo que no se perdona en política:
no el ruido, sino romper el pacto de silencio.
Y es que desde que el empresario soltó la lengua, curiosamente empezaron las “charlas cordiales”.
Que si con Isaac Janix,
que si con Filiberto Martínez
que si con Jesús Pool,
que si con Luis Fernando Chávez,
que si con Martha Rodríguez,
que si con Cecilia Loría,
y hasta llamada telefónica con Cristina Torres.
Pura coincidencia, claro.
Todos preocupados por la democracia… y por sus parcelas de poder.
Porque cuando un empresario empieza a hablar como político y un político empieza a preocuparse como empresario, es que alguien está tocando intereses reales, no discursos de campaña.
En Cancún el mensaje cayó pesado.
Ahí donde los mismos grupos de siempre siguen controlando:
constructoras,
transporte,
desarrollos,
y campañas anticipadas con dinero que nadie fiscaliza.
Y en el Sur tampoco cantan mal las rancheras: operadores viejos, asesores eternos y burócratas con más vidas que un gato, que sobreviven sexenio tras sexenio pegados a la ubre del presupuesto.
Ese es el ente maquiavélico que nadie quiere nombrar: la maquinaria interna que secuestró el proyecto de cambio y lo convirtió en franquicia electoral con fines muy privados.
Por eso Brizuela no incomoda por lo que dice, sino por lo que sugiere que sabe.
Y por eso también empezó el desfile de ataques, rumores, carpetas imaginarias, y campañas de lodo reciclado, porque cuando no pueden callarte con acuerdos, te intentan sepultar con sospechas.
Pero aquí hay un dato político que no se puede ignorar: Jorge Brizuela no está jugando a la víctima, está jugando al estratega que sabe que el 2027 ya se está cocinando en oficinas, no en plazas públicas.
Mientras algunos suspiran por candidaturas, él está hablando de estructuras, control territorial y operación real.
Y eso, en política, es hablar el idioma del poder, no del romanticismo electoral.
Por eso no es peón.
Y tampoco es carne de cañón.
Es un actor que ya entendió que el tablero no se gana con discursos, sino con información, alianzas y tiempos.
Y cuando un personaje así decide no quedarse callado, el sistema se pone nervioso, los reciclados se incomodan, y los intocables empiezan a cometer errores.
Cómo diría el Gato Maya: en Quintana Roo no tiemblan cuando alguien grita.
Tiemblan cuando alguien sabe cómo funciona la caja registradora del poder y decide voltearla frente al público.
Así que no, esto no es pleito personal, esto es guerra interna por el control de la herencia política que viene después del discurso de la transformación.
Y en esa guerra, el que conoce las entrañas del sistema no necesita permiso para convertirse en problema.
Y Brizuela, con todas sus sombras y sus luces, hoy está caminando por la cornisa donde sólo caminan los que ya entendieron que la política no es un concurso de popularidad, sino una batalla por quién manda de verdad.
Porque en política, cuando el gato deja de maullar y empieza a mostrar las garras, no es espectáculo…
es advertencia.
Que tiemblen los reciclados,
que suden los intocables,
que recen los operadores de doble nómina…
Porque cuando el gato empieza a arañar el sofá, no es por travesura, es porque ya encontró dónde se esconden las ratas del poder.