09/01/2026
Intimidación como rutina y la justicia como espectadora
Por el Gato Maya
En este Cancún donde ya no sorprende que un bache tenga más permanencia que un funcionario, ahora resulta que reclamar un mal servicio mecánico se ha convertido en deporte extremo. No necesitas paracaídas, basta con una camioneta tipo Caliber y un reclamo educado para que te caiga encima el “Fast & Furious versión Palenque”.
El protagonista de esta tragicomedia no es cualquier vecino. Se trata de un periodista cancunense, con 36 años de residencia, desempeño profesional y con más credibilidad que muchos discursos oficiales juntos. Vamos, un ciudadano que todavía cree —ingenuamente— que en este estado reclamar un servicio es un derecho… y no una provocación armada.
El reclamo fue simple. La reacción, explosiva. Un mecánico de origen venezolano —dicen los mensajes y audios que obran en poder de este felino— decidió resolver la inconformidad con amenazas, tono violento y una actitud digna de película de narcos de bajo presupuesto. Todo quedó documentado en WhatsApp, porque ahora hasta las amenazas vienen con palomita azul.
El gremio periodístico, como debe ser, cerró filas: “Te metes con uno, te metes con todos.”�
Una frase que suena heroica, pero que en el fondo revela una triste realidad: en Quintana Roo, para que una agresión tenga eco, el afectado debe traer micrófono, credencial y audiencia. Si eres ciudadano común, mejor ve practicando el arte de la resignación.
La denuncia ya está interpuesta ante la Fiscalía. También hay audios. También hay testigos. También hay antecedentes del carácter explosivo del susodicho. O sea, está todo… menos la certeza de que la autoridad actúe con la misma velocidad con la que crecen los discursos de “cero tolerancia”.
Y aquí entra la lectura política, mis queridos ratones de oficina:�
¿De qué sirve presumir estrategias de seguridad, mesas de paz, conferencias con PowerPoint y cifras de colores, si un simple conflicto entre cliente y proveedor puede escalar a amenazas sin que nadie meta orden inmediato?
¿En qué momento normalizamos que la violencia verbal y la intimidación sean parte del paisaje urbano, como las motos sin placas o los semáforos decorativos?
Este no es un pleito mecánico. Es un síntoma. Un síntoma de una autoridad que llega tarde, de una justicia que camina en chanclas y de una convivencia social donde el más gritón cree tener razón.
Conminar a que el conflicto no escale es correcto. Exigir que sea la ley quien determine también. Pero no deja de ser alarmante que tengamos que pedirlo casi como oración:�“Que no se suba la pólvora al campanario.”�
Porque aquí, cuando la pólvora se sube, nadie sabe quién la baja… y casi siempre alguien termina pagando con algo más que un mal servicio.
Desde esta trinchera felina, el mensaje es claro:�El respeto no se negocia, la ley no se intimida y el periodismo no se amedrenta.�
Si un mecánico amenaza a un periodista y no pasa nada, mañana cualquiera amenaza a cualquiera… y entonces ya no hablamos de talleres, sino de territorios sin ley.
Y este gato, aunque tenga siete vidas, no piensa quedarse callado cuando el maullido de alerta debería escucharse hasta en Palacio.