17/05/2026
"¿Qué spray se puede comprar para "silenciar" el canto de la rana coquí?"
Fue la pregunta que un turista publico en una red de Puerto Rico, y agregó:
"Me encanta la naturaleza, pero Dios mío, esas cosas son demasiado ruidosas por la noche y un poco molestas"
Y recibió esta respuesta:
"¿Alguien sabe de algún spray para alejar a los gringos de Puerto Rico?".
"Esta no es una anécdota de viajes; es la crónica de un choque cultural donde la fauna se convierte en el campo de batalla.
Puerto Rico es un territorio estadounidense cuyos habitantes no votan para presidente, y que sufre una crisis de vivienda causada por inversores y turistas que compran propiedades, disparan los precios y expulsan a los locales. El turista que quiere silenciar al coquí es el mismo que, sin decirlo, quiere silenciar a los puertorriqueños."
La imagen que ha corrido como pólvora por las redes sociales de Puerto Rico: la captura de pantalla de un post de Reddit, escrito en inglés, donde un turista pregunta, con una naturalidad pasmosa, qué "spray" puede comprar para "silenciar" el canto de la rana coquí. "Me encanta la naturaleza, pero Dios mío, esas cosas son demasiado ruidosas por la noche y un poco molestas", escribe. El hilo, posteriormente eliminado, no tardó en incendiarse. Los puertorriqueños respondieron con furia contenida, con sarcasmo afilado, y con una pregunta que lo resume todo: "¿Alguien sabe de algún spray para alejar a los gringos de Puerto Rico?". Hasta Bad Bunny, el ícono global, posteó en su historia de Instagram un fragmento de su canción "LO QUE LE PASÓ A HAWAii" donde se escucha el canto de la rana. Porque el coquí no es una rana cualquiera: es un símbolo de identidad, un emblema de resistencia, el sonido de la noche boricua. Y la petición del turista no es solo un ataque a una especie endémica en peligro (tres especies de coquí ya han desaparecido), sino un acto de violencia simbólica contra un pueblo que sufre la gentrificación, el desplazamiento forzado y el turismo masivo. Esta no es una anécdota de viajes; es la crónica de un choque cultural donde la fauna se convierte en el campo de batalla.
El artículo, un reportaje que mezcla ecología, política y orgullo patrio, desmenuza el conflicto. El coquí (Eleutherodactylus coqui) es un pequeño anfibio endémico de Puerto Rico, cuyo canto nocturno ("co-quí, co-quí") es el latido de la isla. Solo los machos cantan: el "co" para advertir a otros machos, el "quí" para atraer a las hembras. Es un sistema de comunicación sofisticado. Los turistas, no acostumbrados a su volumen (puede alcanzar los 90 decibelios), a veces los matan o intentan callarlos. El producto al que se refería el usuario de Reddit probablemente es un pesticida o lejía que mata a las ranas, no solo las silencia. Rafael Joglar, biólogo que lleva décadas estudiándolos, está alarmado: "Si el coquí deja de cantar, deja de comunicarse y no se reproduce". El investigador también señala al cambio climático como la verdadera amenaza, pero el gesto del turista es la gota que colma el vaso. Porque no ocurre en el vacío: Puerto Rico es un territorio estadounidense cuyos habitantes no votan para presidente, y que sufre una crisis de vivienda causada por inversores y turistas que compran propiedades, disparan los precios y expulsan a los locales. El turista que quiere silenciar al coquí es el mismo que, sin decirlo, quiere silenciar a los puertorriqueños. Como dice Arturo Massol Deyá: "Si te molesta el sonido, es porque evidentemente tú no eres de aquí. El problema no es el coquí; es el invasor que está en el lugar equivocado".
Las consecuencias ecológicas y morales de esta historia son un calco de las dinámicas coloniales. Ecológicamente, el coquí es una especie clave en los bosques de Puerto Rico: controla poblaciones de insectos, es fuente de alimento para aves y serpientes, y su canto es un indicador de salud ambiental. Su desaparición (ya tres especies extinguidas) agravaría el desequilibrio ecológico. Pero el conflicto no es solo biológico: es político y emocional. El turista que busca un spray para callar a la rana es, en esencia, el mismo que se queja del ruido de la música, de las fiestas, de la vida cotidiana boricua. Es la imposición de una sensibilidad extranjera que no respeta la identidad local. Es el colonialismo sonoro: querer que el otro se amolde a nuestras normas, incluso en el paisaje acústico. Y la respuesta de los puertorriqueños ha sido unánime: "Si no te gusta el sonido del coquí, sal de Puerto Rico". No es xenofobia; es defensa de lo propio. Es la constatación de que la naturaleza y la cultura están entrelazadas, y que atacar a una es atacar a la otra. El coquí no es una molestia; es un patrimonio. Y quien no lo entienda, que se ponga tapones en los oídos, o que no venga.
¿Hay esperanza? La esperanza realista está en la reacción colectiva. La viralización del post de Reddit ha servido para visibilizar el problema, educar a los turistas, y presionar a las autoridades. El Gobierno de Puerto Rico podría implementar medidas: campañas de concienciación en aeropuertos y hoteles, multas por daño a la fauna endémica, y una regulación más estricta de los alquileres vacacionales (Airbnb) que están gentrificando la isla. También es urgente invertir en energías renovables para frenar el cambio climático, la verdadera causa de la disminución de los anfibios. Pero a corto plazo, la solución está en la pedagogía: explicar a los visitantes que el coquí no es una plaga, sino un tesoro. Y que el spray para callarlo no es un producto de farmacia, sino un atentado contra la identidad nacional. La esperanza más poderosa es que el debate trascienda las redes sociales y se convierta en ley. Mientras tanto, los coquíes siguen cantando. Y los puertorriqueños, con ellos.
La pregunta que esta rana, diminuta y ruidosa, nos lanza desde las ventanas de los Airbnbs es un croar directo a la conciencia colonial: ¿Quién tiene derecho a decidir qué sonidos son aceptables en un territorio? ¿El que llega, paga y exige silencio? ¿O el que ha vivido siempre con ese sonido, lo ha convertido en poesía, en canción, en himno? Puerto Rico ha respondido: el coquí no se toca. Porque callar al coquí es el primer paso para callar al puertorriqueño. Y eso, aunque venga envuelto en un spray de farmacia, es una guerra que ya han perdido otras islas, otros pueblos, otras culturas. Ojalá el turista que preguntó por el producto lea esta noticia. Ojalá entienda que su incomodidad es el síntoma de un privilegio ciego. Ojalá la próxima vez que visite la isla, en lugar de buscar un spray, se siente a escuchar. Y si no puede dormir, que recuerde que ese ruido es la vida. La vida de un pueblo que se niega a ser silenciado. Y que, por suerte, tiene a Bad Bunny de su lado. Y a millones de ranas cantando al unísono. Co-quí, co-quí. Que se oiga lejos. Que se oiga siempre.