31/12/2025
Por Juanjo Sánchez
*Entre la Línea 12 y el Tren Interoceánico no hay distancia política. Hay continuidad. Una forma de gobernar donde las obras caen, los mu***os se cuentan y los responsables nunca aparecen. Claudia Sheinbaum atraviesa ambos episodios. Primero como jefa de Gobierno prometiendo que la Línea 12 se investigaría hasta el fondo. Hoy como Presidenta asegurando que el accidente del Tren Interoceánico no quedará impune. En ambos casos el discurso es firme y el límite es idéntico: la investigación no toca al poder político que decidió, autorizó o permitió...
Hay tragedias que no necesitan presentación porque regresan solas. Cambian de fecha, de lugar, de discurso oficial, pero vuelven con la misma estructura.
Un día es una línea de Metro que se viene abajo. Otro, un tren que se sale del riel.
Entre una y otra escena hay años de distancia y la misma pregunta sin responder. Y como ya sabes que en estas líneas
No hay un punto claro donde un expediente termina y comienza el otro. Las páginas se mezclan. Los dictámenes se parecen. A veces es una trabe metálica elevada en la Ciudad de México; a veces un convoy fuera del riel en Oaxaca. Cambian las coordenadas, no el resultado: hay mu***os, hay informes y el poder permanece intacto.
Se habla de fallas técnicas. Pernos. Soldaduras. Curvas. Peso excesivo. Mantenimiento insuficiente.
El lenguaje es frío, exacto, aséptico.
Tan limpio que termina borrando a quienes tomaron las decisiones. Da lo mismo si el documento describe un viaducto urbano o una vía férrea estratégica: la redacción es intercambiable, la responsabilidad no existe.
Claudia Sheinbaum atraviesa ambos episodios. Primero como jefa de Gobierno prometiendo que la Línea 12 se investigaría hasta el fondo. Hoy como Presidenta asegurando que el accidente del Tren Interoceánico no quedará impune.
En ambos casos, el discurso es firme y el límite es idéntico: la investigación no toca al poder político que decidió, autorizó o permitió.
Los antecedentes se cruzan sin respetar cronologías. Marcelo Ebrard inaugura una obra cuestionada y el acero cede años después. Andrés Manuel López Obrador impulsa un proyecto ferroviario como emblema de desarrollo y el tren termina descarrilado.
Hubo advertencias.
Hubo señalamientos técnicos previos. Lo que no hubo fue una decisión política de detener, corregir o asumir el costo antes de que hubiera víctimas.
La investigación vuelve a concentrarse en Ernestina Godoy. Antes como fiscal capitalina, ahora como fiscal general. Cambia el cargo, no el desenlace.
Los expedientes avanzan, se documentan las fallas, se explica el colapso.
Lo único que no aparece es la decisión humana convertida en responsabilidad penal.
El discurso oficial insiste en separar los casos. Uno pertenece al pasado, el otro al presente. Uno ocurrió en la capital, el otro en el sur. Pero cuando se revisan las omisiones, las coincidencias pesan más que las fechas.
En ambos episodios se castigó al material y se protegió al funcionario.
El metal falló. El poder no.
Entre la Línea 12 y el Tren Interoceánico no hay distancia política. Hay continuidad. Una forma de gobernar donde las obras caen, los mu***os se cuentan y los responsables nunca aparecen.
Y mientras esa lógica no se rompa, da lo mismo de qué tragedia se hable: el expediente siempre termina en el mismo lugar.