Cartas del Sur

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La Ministra Batres y el dilema de la cosa juzgada: ¿Justicia sobre Certeza?La ministra Lenia Batres desafía la seguridad...
23/01/2026

La Ministra Batres y el dilema de la cosa juzgada: ¿Justicia sobre Certeza?

La ministra Lenia Batres desafía la seguridad jurídica este 2026 al proponer la “cosa juzgada fraudulenta”. Su enfoque prioriza la justicia social del Artículo 1 sobre el formalismo, buscando una verdad material que rompa la rigidez de las sentencias definitivas....

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El laberinto del SAT: ¿Aclaración jurídica o trampa digital?El SAT aclaró este 2026 que la constancia no es obligatoria ...
22/01/2026

El laberinto del SAT: ¿Aclaración jurídica o trampa digital?

El SAT aclaró este 2026 que la constancia no es obligatoria para facturar. Sin embargo, la rigidez del sistema informático exige datos exactos, creando un bloqueo técnico. Esta paradoja atrapa al contribuyente entre multas por pedirla y la imposibilidad de timbrar....

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La enmienda 22La Enmienda 22 impide que Trump compita en 2028. Esa barrera legal detona su agresividad: sin reelección f...
15/01/2026

La enmienda 22

La Enmienda 22 impide que Trump compita en 2028. Esa barrera legal detona su agresividad: sin reelección futura, el presidente impone cambios drásticos hoy, pues ya no enfrenta ningún castigo electoral....

La Enmienda 22 impide que Trump compita en 2028. Esa barrera legal detona su agresividad: sin reelección futura, el presidente impone cambios drásticos hoy, pues ya no enfrenta ningún castigo elect…

El lenguaje de la amenazaLas amenazas recientes de Donald Trump contra México no pueden leerse como simple retórica ince...
12/01/2026

El lenguaje de la amenaza

Las amenazas recientes de Donald Trump contra México no pueden leerse como simple retórica incendiaria. Cuando un mandatario afirma que “los cárteles dirigen México” y anuncia que Estados Unidos “empezará a golpear por tierra”, el mensaje deja de ser doméstico y se convierte en señal estratégica. Más aún cuando llega después de una operación militar en Venezuela que reconfiguró el tablero regional....

Las amenazas recientes de Donald Trump contra México no pueden leerse como simple retórica incendiaria. Cuando un mandatario afirma que “los cárteles dirigen México” y anuncia que Estados Unidos “e…

Cédula profesional: permanente.La SEP desmintió que la cédula profesional deba renovarse cada cinco años a partir de 202...
10/01/2026

Cédula profesional: permanente.

La SEP desmintió que la cédula profesional deba renovarse cada cinco años a partir de 2026. Es falso el supuesto acuerdo del DOF y la creación del organismo SENAGAL. El documento mantiene su vigencia permanente....

La SEP desmintió que la cédula profesional deba renovarse cada cinco años a partir de 2026. Es falso el supuesto acuerdo del DOF y la creación del organismo SENAGAL. El documento mantiene su vigenc…

Del Consumo al Servicio: Alumbrado Público 2026El alumbrado público es un servicio esencial para la seguridad, la movili...
02/01/2026

Del Consumo al Servicio: Alumbrado Público 2026

El alumbrado público es un servicio esencial para la seguridad, la movilidad y la vida comunitaria. Su mantenimiento requiere recursos verificables y un reparto legal del costo entre quienes se benefician. Por ello, la cooperación de todas y todos, conforme a la ley, permite sostener la infraestructura, evitar rezagos y garantizar calles iluminadas en el municipio. I. Antecedentes normativos y jurisdiccionales verificables…...

El alumbrado público es un servicio esencial para la seguridad, la movilidad y la vida comunitaria. Su mantenimiento requiere recursos verificables y un reparto legal del costo entre quienes se ben…

Vamos tratando de entender la violencia entre las parejas, esta es una que si bien, en México no es están visible, ya qu...
05/11/2017

Vamos tratando de entender la violencia entre las parejas, esta es una que si bien, en México no es están visible, ya que los últimos indicadores establecen que el 82.7% de la población son católicos. Se presenta este fenómeno, cuando alguno de los integrantes de la pareja agrede la preferencia o forma de culto de la pareja de manera sistemática. Es un elemento para tener presente

Burlarse de las creencias de la pareja o someterla para que crear en una doctrina que no es la suya es una forma de maltrato psicológico

 El hombre es lo que haceAndré Maleaux, 1901-1976, novelista francésSon extraños los movimientos que realizan la nueva a...
02/11/2017


El hombre es lo que hace

André Maleaux, 1901-1976, novelista francés

Son extraños los movimientos que realizan la nueva administración de la Procuraduría General de la República, al mando de Alberto Elías Beltrán. Independientemente de la manera como “despidió” al fiscal especializado en delitos electorales, Santiago Nieto Castillo, ahora se apoderó de 1,500 cajas de seguridad de una empresa privada First National Security, en Cancún. ¿Qué se guarda en cajas de seguridad? Generalmente son joyas, dinero en efectivo y documentos importantes. Claro, no se descarta que algunos criminales organizados también las utilicen para otros fines. Pero, la PGR aparentemente buscaba dinero, joyas, títulos de propiedad de políticos regionales y sus familias. Sin embargo, quienes legítimamente guardaban sus pertenencias, necesitarán ahora presentar documentación que ampare la propiedad de las mismas. Esto complica la vida de muchos, ya que el dinero en efectivo no tiene “factura”, aunque debe demostrarse el origen. Tener dinero no es delito; el delito es el origen ilícito. Los clientes de esa empresa privada First National Security, en Mérida vaciaron las cajas ante el temor que las tomen indiscriminadamente la PGR. Sin embargo, la queja generalizada de los clientes, va en el sentido que la Fiscalía Especializada contra el Crimen Organizado tomó todas las cajas de seguridad en forma indiscriminada. Aparentemente, no llevaban orden de un juez. Hay muchos puntos oscuros en esta operación policíaca, mismos que tiene que aclarar totalmente la PGR, ya que ahora resulta que protegerse de la delincuencia, al guardar pertenencias en cajas de seguridad, no tiene ninguna garantía de privacidad. Ahora, ¿es un delito guardar pertenencias en cajas de seguridad?

PODEROSOS CABALLEROS: Alumnos, profesores y empleados, del TEC de Monterrey campus México, temen represalias por la denuncia que presentaron en contra de las autoridades de la escuela, por la pésima construcción de los puentes entre las oficinas administrativas y las aulas, mismas que se desplomaron tras el sismo del pasado 19 de septiembre. Atrás de este asunto hay un mundo de corrupción, como denunciamos hace varias semanas en esta columna. El TEC es una gran institución, pero quienes la gobiernan son realmente personajes deleznables. Cinco estudiantes murieron y una veintena resultó herida; ellos mismos hacen el “peritaje” y ejercen presión sobre el gobierno de la Ciudad de México, que lidera Miguel Mancera, para que no se involucren a funcionarios de la escuela. Una vergüenza. El TEC de Monterrey hoy está en entredicho y sus *** En el Congreso local de Guanajuato, legisladores llevarán a juicio político al gobernador panista Miguel Márquez, por causar un serio dañó al erario estatal. Compró en 377 millones de pesos, a la empresa JAOS, creada en junio del 2014 por los especuladores inmobiliarios panistas José María Garza Ponce y José María Garza Treviño, del Grupo Garza Ponce un terreno de 260 hectáreas. Ellos lo habían adquirido en 10 millones de pesos y Márquez lo recompró en 418 millones. Estos predios fueron parte de las 607 hectáreas para la instalación de la automotriz japonesa Toyota, que en México lidera Tom Sullivan. El mago Márquez, dio un premio a los Garza Ponce, de 408 millones de pesos.

AL FINAL DE CUENTAS: Puerto Vallarta, Jalisco, a pesar de tener un endeudamiento bajo, tener una economía fuerte y tener unos ingresos municipales sólidos, la administración es deplorable. Esto se desprende del análisis que hizo Fitch Ratings, sobre el manejo de las finanzas públicas del ayuntamiento que preside Arturo Dávalos Peña, por lo que rebajó la calificación debido a un pasivo circulante muy elevado y la liquidez reducida, lo que hace peligrar el pago de las deudas que tiene el municipio, superiores a los 884 millones de pesos, equivalentes a 235 días de gasto primario y representa más del 100% de los ingresos disponibles.

RESPONSABILIDAD SOCIAL CORPORATIVA: Holcim México, liderado por Rodolfo Montero, obtuvo contratos para suministrar 530,000 metros cúbicos de concretos en un período de 14 meses, destinados a la construcción de la primera fase del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. El concreto que Holcim México produce para la construcción del Nuevo Aeropuerto, que dirige Federico Patiño, contribuirá para que esta obra obtenga la certificación LEED Platino (Leadership in Energy & Environmental Design), la más alta calificación de edificios en materia de sustentabilidad, que otorga el US Green Building Council.

Hay muchos puntos oscuros en esta operación y que tiene que aclarar la PGR

MITOS EN MATERIA DE SALUDLas noticias falsas también han llegado al ámbito de la salud. Los pacientes de cáncer acuden a...
31/10/2017

MITOS EN MATERIA DE SALUD

Las noticias falsas también han llegado al ámbito de la salud. Los pacientes de cáncer acuden a internet para conocer síntomas y, a veces, curas. Por eso, una ONG en el Reino Unido ha contratado a una enfermera que se ocupa de desmentir los mitos sobre esta dolencia.

La enfermera Ellen McPake nos va a ayudar a eliminar algunos mitos que prometen curar o ayudar a aliviar los síntomas de esta enfermedad.

Participa, únete para abatir el rezago
20/10/2017

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  los indicadores hacia el 2018
17/10/2017

los indicadores hacia el 2018

En la encuesta se revela que Margarita Zavala manda al Frente Ciudadano por México al tercer lugar de las preferencias con su renuncia al PAN.

¿De nuevo la trampa del voto útil?Serge HalimiDirector de 'Le Monde diplomatique'. Entramos en una era política en la qu...
25/04/2017

¿De nuevo la trampa del voto útil?

Serge Halimi
Director de 'Le Monde diplomatique'.


Entramos en una era política en la que muchas frases que comienzan por “Sería la primera vez que...” parecen anunciar el cumplimiento de una eventualidad hasta ahora inconcebible. En esta primavera de 2017, las elecciones presidenciales francesas marcan así la primera vez que ya no nos preguntamos por la presencia del Frente Nacional (FN) en la segunda vuelta: se plantea la hipótesis, aún muy improbable, de su victoria.

La primera vez que nadie defiende el balance de un quinquenio incluso aunque dos ex ministros del presidente saliente, Benoît Hamon (Partido Socialista, PS) y Emmanuel Macron (En Marche!, ¡En Marcha!), participan en el escrutinio. Se trata también de la primera vez que los candidatos del PS y de la derecha, que han gobernado Francia de forma ininterrumpida desde el inicio de la V República, podrían ser eliminados conjuntamente desde la primera vuelta.

También se buscarían, en vano, precedentes de una campaña tan parasitada por la información continua, los casos judiciales, la incapacidad general para fijar la atención más de 24 horas en una cuestión esencial. Y, ciertamente, no se encuentra ningún caso anterior de que se hayan emprendido medidas judiciales contra algún candidato importante al poder supremo por desvío de fondos públicos a pesar de haber proclamado, desde hace diez años, que Francia se encuentra en quiebra.

Con la renuncia del Presidente saliente a aspirar a un segundo mandato se corre el riesgo de disimular el punto de partida de todos estos desajustes. El quinquenio que finaliza ha visto como François Hollande se convertía en el jefe de Estado más impopular de la V República, y esto justo después de que su predecesor, Nicolas Sarkozy, ya hubiera sido repudiado. Ahora bien, el propio Presidente socialista admitió que ha “vivido cinco años de poder relativamente absoluto” (1). En junio de 2012, por primera vez en su historia, el PS controlaba, en efecto, la presidencia de la República, el Gobierno, la Asamblea Nacional, el Senado, 21 de las 22 regiones metropolitanas, 56 de los 96 departamentos y 27 de las 39 ciudades de más de 100.000 habitantes.

De ese poder, Hollande hizo un uso tan discrecional como solitario. Fue él quien decidió instaurar el estado de excepción, involucró a Francia en varios conflictos exteriores, autorizó el as*****to de simples sospechosos a través de drones. También fue quien modificó el Código Laboral, obligando a su mayoría parlamentaria a realizar una reforma que se negaba a asumir (recurso al artículo 49-3 de la Constitución francesa) y para la cual ninguno de los dos había recibido el mandato del pueblo. Sin olvidar la reestructuración del mapa de las regiones francesas, el cual fue reconfigurado por el Jefe de Estado desde su despacho del Palacio del Elíseo.

Todo esto plantea con agudeza la cuestión de las instituciones de la V República, que Hamon y Jean-Luc Mélenchon (La France insoumise, Francia Insumisa) se han comprometido a poner en tela de juicio, pero a la que François Fillon (Los Republicanos) y Macron se adaptan, al igual que Marine Le Pen. Ninguna otra democracia occidental conoce semejante concentración de poder en manos de una persona. Más allá del peligro, muy real, de que algún día un jefe de Estado menos benévolo que el que finaliza su mandato disponga de éste, las proclamaciones altisonantes sobre la democracia francesa, la República, chocan con una constatación que la presidencia de Hollande ha convertido en aplastante: el ejercicio en solitario del poder refuerza la facultad ilimitada de pisotear los compromisos de una campaña que, sin embargo, debería legitimar el mandato del pueblo soberano.

Hollande se comprometía a defender la siderurgia francesa, pero confirmó el cierre de los altos hornos de Florange; debía renegociar el pacto de estabilidad europeo, pero renunció a ello desde el primer día de su mandato; prometía “invertir la curva del desempleo” antes de que acabara el año 2013, pero continuó aumentando tres años más. Sin embargo, si se ancló rápidamente en los espíritus cierta sensación de traición, se debe sin duda a una frase que marcó su campaña de 2012 y que todo el mundo ha vuelto a escuchar cien veces desde entonces: “Mi único adversario es el mundo de las finanzas”. Ahora bien, Hollande no tardó en elegir a un ex banquero de Rothschild como asesor en el Palacio del Elíseo, antes de confiarle las llaves del Ministerio de Economía.

El actual favor del que parece beneficiarse Macron entre la opinión pública es tanto más desconcertante cuanto que puede propulsar hacia el poder supremo al digno heredero, incluso parricida, de este Presidente saliente con una impopularidad inigualada. “Emmanuel Macron soy yo –dejó escapar un día Hollande–, sabe lo que me debe”. En efecto, Macron no es socialista, pero Hollande tampoco. Uno lo proclama, el otro se anda con rodeos. Las declaraciones del primero le dan la espalda a una tradición de la izquierda que criticaba “el dinero” o “las finanzas”, pero eso corresponde a las convicciones que el segundo expresaba ya en 1985 en un libro, La gauche bouge (“La izquierda se mueve”), que también tenía como autores al actual Ministro de Defensa y al Secretario General del Elíseo (2).

En esta publicación ya se veía la idea apreciada por Macron, aunque en el caso de éste se haya enterrado bajo montones de palabras algodonosas y vacías, de una nueva alianza social entre las clases medias cultivadas y la patronal liberal, unidas por la voluntad conjunta de desplegarse en un mercado mundial. “Emprendimiento” en vez de “asistencia”, beneficios en vez de rentas, reformistas y modernistas contra extremistas y nostálgicos del pasado, rechazo de la añoranza “de los camelleros y los aguadores”: oír a Macron es como volver a escuchar lo que proclamaban William Clinton en 1990, y Anthony Blair y Gerhard Schröder algunos años más tarde (3). Y seguirle significaría involucrarse de forma aún más impudente que Hollande en la “tercera vía” del progresismo neoliberal. La que atrajo al Partido Demócrata estadounidense y a la socialdemocracia europea, precipitándolos al fondo del barranco en el que yacen en este momento.

“Mundialistas” y “partido de Bruselas” contra “patriotas”: Le Pen se alegraría de que el enfrentamiento se limitara a esta dialéctica. Parece que Richard Ferrand, diputado por el PS y pilar de la campaña de Macron, se anticipa a sus deseos: “Existen –considera–, por una parte, los neonacionalistas reaccionarios e identitarios; y, por la otra, los progresistas que piensan que Europa es necesaria” (4). Semejante estructuración del debate ideológico no es inocente. Se trata, en ambos casos, de sumergir la cuestión de los intereses de clase alimentando, para unos, terrores “identitarios” y vituperando, para los otros, pulsiones “reaccionarias”.

Pero, aunque no les guste a todos los progresistas favorables al mercado, aquellos que “piensan que Europa es necesaria” están bien situados socialmente. Los “trabajadores desplazados”, creados por una directiva bruselense de 1996 y cuyo número se ha decuplicado estos últimos diez años, son más a menudo obreros del sector de la construcción o asalariados agrícolas que cirujanos o anticuarios. Ahora bien, lo que “piensan” las víctimas de este dispositivo es también, y en primer lugar, el producto de lo que temen, es decir, un dumping salarial que amenaza sus condiciones de existencia. Para ellos, Europa no se limita al programa Erasmus y a la Oda a la Alegría.

Stephen Bannon, estratega político de Donald Trump, comprendió el partido que podía sacar la derecha nacionalista del desclasamiento social que acompaña casi siempre a las alabanzas de la aldea global. “El centro de aquello en lo que creemos –explica– es que somos una nación con una economía, y no una economía en cualquier mercado mundial con las fronteras abiertas. Los trabajadores del mundo están hartos de verse sometidos al partido de Davos. Los neoyorquinos se siente actualmente más cerca de los habitantes de Londres o de Berlín que de los de Kansas o de Colorado, y comparten con los primeros la mentalidad de una elite que pretende dictar a todos la forma según la cual será gobernado el mundo” (5). Si, en sus reuniones públicas salpicadas con banderas europeas, Macron exalta la movilidad, reclama la “reactivación desde las empresas” y se compromete a suprimir las prestaciones por desempleo si se rechaza por segunda vez una “oferta de empleo decente” (6), ¿cómo distinguir sus proposiciones de los intereses de los oligarcas del dinero y del saber que forman el “partido de Davos”? Nos podemos hacer una idea de los daños democráticos que conllevarían un posible cara a cara entre éste y Le Pen, el mismo que los medios de comunicación se afanar por instaurar.

Desde hace más de veinte años, abogar por el “voto útil” remite a presentar a los dos partidos dominantes como murallas contra una extrema derecha cuyas decisiones sucesivas y concordantes han favorecido su ascenso. “Hoy en día –considera Hamon–, el proyecto de Emmanuel Macron es el estribo del Frente Nacional” (7). Pero, recíprocamente, el poder del FN ha reforzado el monopolio del poder de sus adversarios, incluyendo a los socialistas (8). En 1981, François Mitterrand preveía que una extrema derecha poderosa obligaría a la derecha a establecer una alianza con ella, a riesgo de pasar a ser inelegible (9). La maniobra se invirtió en abril de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen se enfrentó a Jacques Chirac durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Desde entonces, la derecha sólo tiene que adelantar al PS en cualquier escrutinio, nacional o local, para convertirse rápidamente a ojos de casi toda la izquierda en el arcángel de la democracia, de la cultura, de la República.

Instituciones monárquicas que permiten cualquier artería, cualquier negación; una vida política bloqueada por el miedo a lo peor; medios de comunicación que se adaptan a las primeras a la vez que se alimentan de la segunda; y luego está... Europa. La mayoría de las políticas económicas y financieras de Francia se ven estrechamente subordinadas a ésta, lo que no impide que la parte esencial de la campaña se desarrolle como si el próximo presidente fuera a poder actuar con toda libertad.

Una victoria de Le Pen podría firmar el fin de la Unión Europea –ha advertido: “No seré la vicecanciller de Merkel”–. No obstante, en el caso hipotético de que uno de los favoritos del escrutinio –y de Angela Merkel–, es decir Fillon o Macron, se instale en el Palacio del Elíseo, se aseguraría la continuidad con respecto a los presidentes a los que han servido respectivamente, se preservaría la coherencia con las orientaciones de la Comisión y se confirmarían la hegemonía alemana y el ordoliberalismo, actuando una como la puntillosa guardiana del otro. La cuestión se plantearía de otra forma en el caso de Hamon o de Mélenchon. Si se dejan a un lado las tentaciones federalistas del primero y su apoyo a la idea de un ámbito de la defensa europeo, sus objetivos pueden parecer cercanos. Pero sus medios para alcanzarlos difieren por completo, hasta el punto de que sus dos candidaturas compiten entre ellas y hacen que ambos corran el riesgo de ser eliminados.

Con Hamon es difícil no experimentar una sensación de déjà-vu. El candidato socialista, que pretende conciliar su apego por la Unión Europea y su deseo de ver como ésta pone fin a la austeridad para implementar una política más favorable al empleo y al medio ambiente y menos despiadada con Estados como Grecia –aplastados por su nivel de endeudamiento–, debe persuadirse de que la reorientación a la que aspira es posible, incluyendo en el marco de las instituciones actuales; es concebible “obtener resultados tangibles sin poner en su contra a toda Europa”. Y basa su esperanza en la recuperación de la influencia por parte de la izquierda europea, alemana en particular.

Sin embargo, se trata exactamente de la hipótesis que ofreció Hollande hace cinco años. El 12 de marzo de 2012, comprometiéndose “solemnemente” ante sus compañeros europeos reunidos en París a “renegociar el tratado presupuestario” firmado por Merkel y Sarkozy, precisaba: “No estoy solo, ya que cuento con el movimiento progresista en Europa. No estaré solo, contaré con el voto del pueblo francés que me otorgará el mandato”.

Cécile Duflot, que se convirtió en su ministra de Vivienda, nos recuerda lo que sucedió después: “Todo el mundo esperaba que [Hollande] comenzara un pulso con Angela Merkel. (…) Finalmente íbamos a darle la espalda al Merkozy. (…) El italiano Mario Monti, aun siendo tan liberal y rígido como es, contaba con Francia para invertir la tendencia. El muy conservador Mariano Rajoy veía en la elección de François Hollande la posibilidad de disminuir la presión que pesaba sobre España. Por su parte, Grecia y Portugal estaban dispuestos a seguir a cualquier salvador para evitar la ruina” (10). Ya se sabe lo que ocurrió.

En el fondo, nada distinto de lo que ya se había producido quince años antes (11). Entonces, Hollande lideraba el PS, y Lionel Jospin, el Gobierno. Como preludio a la moneda única, se acababa de negociar un “pacto de estabilidad y de crecimiento” que preveía un conjunto de disciplinas presupuestarias, entre ellas sanciones en caso de déficits excesivos. Jospin, líder de la oposición, no dejó de denunciar en el pacto un “súper-Maastricht”, “absurdamente concedido a los alemanes”. Sin embargo, convertido en Primer Ministro en junio de 1997, aceptó todos sus términos en el Consejo Europeo de Ámsterdam unos días más tarde. A cambio de su consentimiento, afirmaba Pierre Moscovici –entonces ministro de Asuntos Europeos–, habría logrado obtener “la primera resolución del Consejo Europeo dedicada al crecimiento y al empleo”. Una resolución con un impacto fulminante como todo el mundo ha podido comprobar desde entonces.

Hamon y Mélenchon pretenden, por su parte, renegociar los tratados europeos. ¿Se dotan esta vez de los medios necesarios para ello? Hamon no cuestiona la independencia del Banco Central Europeo, pero espera “hacer que sus estatutos evolucionen”. Acepta la norma del 3% de déficit público, pero “desea políticas de reactivación” compatibles con sus ambiciones ecologistas. Propone “la constitución de una asamblea democrática de la zona euro”, pero precisa con rapidez: “Aceptaría que se discutiera al respecto, por supuesto. No iré a Berlín o a otra parte diciendo: ‘Es esto o nada’, no tiene sentido”.

Algunas de estas reformas exigen el acuerdo unánime de los miembros de la Unión Europea y ninguna de ellas puede valerse actualmente del aval de Berlín. Por lo tanto, Hamon pretende modificar la situación gracias a un “arco de alianza de las izquierdas europeas”. Y recusa el precedente, poco alentador, de 2012: “Creo que los alemanes son más abiertos hoy que cuando Hollande llegó al poder”. El temor a un desmembramiento de la Unión Europea, por un lado, y la perspectiva de una alternancia política en Alemania, por el otro, habrían barajado de nuevo las cartas a su favor. Pese a todo, admite: “Soy del partido de la esperanza”.

Por su parte, la esperanza de Mélenchon ha cambiado desde 2012. Puesto que “no es posible [implementar] ninguna política progresista” en una Unión Europea tal y como existe actualmente y a falta de una “salida concertada de los tratados europeos” o de su refundación (plan A), no excluye una “salida unilateral” (plan B). Como no cree demasiado en un ascenso en poco tiempo y simultáneo de las fuerzas de izquierdas, las cuales habrían tendido más bien a retroceder estos últimos años, Francia, la segunda potencia de la Unión Europea, se convierte a sus ojos en el “elemento clave de la batalla europea”. Jacques Généreux, coordinador de la redacción de su programa presidencial, resume así la ecuación: “La salida forzada de Francia significaría el fin del euro y el fin de la Unión Europea, así de simple. A nadie le interesa asumir ese riesgo. Y, sobre todo, tampoco a Alemania”. Por consiguiente, a la vez que se niega a plegarse a las normas europeas que someten sus prioridades económicas, “Francia, sin temor y si así lo quiere, puede permanecer en el euro tanto tiempo como desee” (12).

La Unión Europea se había vuelto indiferente con respecto a las decisiones democráticas de sus pueblos, segura de que las orientaciones fundamentales de los Estados miembros estaban bloqueadas por tratados. Desde la votación del brexit y la victoria de Trump, la política se toma la revancha. Una Unión Europea actualmente febril observa cada escrutinio nacional como si se jugara el pellejo en cada uno de ellos. Ni siquiera la victoria de uno de los candidatos franceses a los que ha respaldado la tranquilizaría durante mucho tiempo.

Entramos en una era política en la que muchas frases que comienzan por “Sería la primera vez que...” parecen anunciar el cumplimiento de una eventualidad hasta ahora inconcebible. En esta primavera de 2017, las elecciones presidenciales francesas marcan así la primera vez que ya no nos preguntamos por la presencia del Frente Nacional (FN) en la segunda vuelta: se plantea la hipótesis, aún muy improbable, de su victoria.

La primera vez que nadie defiende el balance de un quinquenio incluso aunque dos ex ministros del presidente saliente, Benoît Hamon (Partido Socialista, PS) y Emmanuel Macron (En Marche!, ¡En Marcha!), participan en el escrutinio. Se trata también de la primera vez que los candidatos del PS y de la derecha, que han gobernado Francia de forma ininterrumpida desde el inicio de la V República, podrían ser eliminados conjuntamente desde la primera vuelta.

También se buscarían, en vano, precedentes de una campaña tan parasitada por la información continua, los casos judiciales, la incapacidad general para fijar la atención más de 24 horas en una cuestión esencial. Y, ciertamente, no se encuentra ningún caso anterior de que se hayan emprendido medidas judiciales contra algún candidato importante al poder supremo por desvío de fondos públicos a pesar de haber proclamado, desde hace diez años, que Francia se encuentra en quiebra.

Con la renuncia del Presidente saliente a aspirar a un segundo mandato se corre el riesgo de disimular el punto de partida de todos estos desajustes. El quinquenio que finaliza ha visto como François Hollande se convertía en el jefe de Estado más impopular de la V República, y esto justo después de que su predecesor, Nicolas Sarkozy, ya hubiera sido repudiado. Ahora bien, el propio Presidente socialista admitió que ha “vivido cinco años de poder relativamente absoluto” (1). En junio de 2012, por primera vez en su historia, el PS controlaba, en efecto, la presidencia de la República, el Gobierno, la Asamblea Nacional, el Senado, 21 de las 22 regiones metropolitanas, 56 de los 96 departamentos y 27 de las 39 ciudades de más de 100.000 habitantes.

De ese poder, Hollande hizo un uso tan discrecional como solitario. Fue él quien decidió instaurar el estado de excepción, involucró a Francia en varios conflictos exteriores, autorizó el as*****to de simples sospechosos a través de drones. También fue quien modificó el Código Laboral, obligando a su mayoría parlamentaria a realizar una reforma que se negaba a asumir (recurso al artículo 49-3 de la Constitución francesa) y para la cual ninguno de los dos había recibido el mandato del pueblo. Sin olvidar la reestructuración del mapa de las regiones francesas, el cual fue reconfigurado por el Jefe de Estado desde su despacho del Palacio del Elíseo.

Todo esto plantea con agudeza la cuestión de las instituciones de la V República, que Hamon y Jean-Luc Mélenchon (La France insoumise, Francia Insumisa) se han comprometido a poner en tela de juicio, pero a la que François Fillon (Los Republicanos) y Macron se adaptan, al igual que Marine Le Pen. Ninguna otra democracia occidental conoce semejante concentración de poder en manos de una persona. Más allá del peligro, muy real, de que algún día un jefe de Estado menos benévolo que el que finaliza su mandato disponga de éste, las proclamaciones altisonantes sobre la democracia francesa, la República, chocan con una constatación que la presidencia de Hollande ha convertido en aplastante: el ejercicio en solitario del poder refuerza la facultad ilimitada de pisotear los compromisos de una campaña que, sin embargo, debería legitimar el mandato del pueblo soberano.

Hollande se comprometía a defender la siderurgia francesa, pero confirmó el cierre de los altos hornos de Florange; debía renegociar el pacto de estabilidad europeo, pero renunció a ello desde el primer día de su mandato; prometía “invertir la curva del desempleo” antes de que acabara el año 2013, pero continuó aumentando tres años más. Sin embargo, si se ancló rápidamente en los espíritus cierta sensación de traición, se debe sin duda a una frase que marcó su campaña de 2012 y que todo el mundo ha vuelto a escuchar cien veces desde entonces: “Mi único adversario es el mundo de las finanzas”. Ahora bien, Hollande no tardó en elegir a un ex banquero de Rothschild como asesor en el Palacio del Elíseo, antes de confiarle las llaves del Ministerio de Economía.

El actual favor del que parece beneficiarse Macron entre la opinión pública es tanto más desconcertante cuanto que puede propulsar hacia el poder supremo al digno heredero, incluso parricida, de este Presidente saliente con una impopularidad inigualada. “Emmanuel Macron soy yo –dejó escapar un día Hollande–, sabe lo que me debe”. En efecto, Macron no es socialista, pero Hollande tampoco. Uno lo proclama, el otro se anda con rodeos. Las declaraciones del primero le dan la espalda a una tradición de la izquierda que criticaba “el dinero” o “las finanzas”, pero eso corresponde a las convicciones que el segundo expresaba ya en 1985 en un libro, La gauche bouge (“La izquierda se mueve”), que también tenía como autores al actual Ministro de Defensa y al Secretario General del Elíseo (2).

En esta publicación ya se veía la idea apreciada por Macron, aunque en el caso de éste se haya enterrado bajo montones de palabras algodonosas y vacías, de una nueva alianza social entre las clases medias cultivadas y la patronal liberal, unidas por la voluntad conjunta de desplegarse en un mercado mundial. “Emprendimiento” en vez de “asistencia”, beneficios en vez de rentas, reformistas y modernistas contra extremistas y nostálgicos del pasado, rechazo de la añoranza “de los camelleros y los aguadores”: oír a Macron es como volver a escuchar lo que proclamaban William Clinton en 1990, y Anthony Blair y Gerhard Schröder algunos años más tarde (3). Y seguirle significaría involucrarse de forma aún más impudente que Hollande en la “tercera vía” del progresismo neoliberal. La que atrajo al Partido Demócrata estadounidense y a la socialdemocracia europea, precipitándolos al fondo del barranco en el que yacen en este momento.

“Mundialistas” y “partido de Bruselas” contra “patriotas”: Le Pen se alegraría de que el enfrentamiento se limitara a esta dialéctica. Parece que Richard Ferrand, diputado por el PS y pilar de la campaña de Macron, se anticipa a sus deseos: “Existen –considera–, por una parte, los neonacionalistas reaccionarios e identitarios; y, por la otra, los progresistas que piensan que Europa es necesaria” (4). Semejante estructuración del debate ideológico no es inocente. Se trata, en ambos casos, de sumergir la cuestión de los intereses de clase alimentando, para unos, terrores “identitarios” y vituperando, para los otros, pulsiones “reaccionarias”.

Pero, aunque no les guste a todos los progresistas favorables al mercado, aquellos que “piensan que Europa es necesaria” están bien situados socialmente. Los “trabajadores desplazados”, creados por una directiva bruselense de 1996 y cuyo número se ha decuplicado estos últimos diez años, son más a menudo obreros del sector de la construcción o asalariados agrícolas que cirujanos o anticuarios. Ahora bien, lo que “piensan” las víctimas de este dispositivo es también, y en primer lugar, el producto de lo que temen, es decir, un dumping salarial que amenaza sus condiciones de existencia. Para ellos, Europa no se limita al programa Erasmus y a la Oda a la Alegría.

Stephen Bannon, estratega político de Donald Trump, comprendió el partido que podía sacar la derecha nacionalista del desclasamiento social que acompaña casi siempre a las alabanzas de la aldea global. “El centro de aquello en lo que creemos –explica– es que somos una nación con una economía, y no una economía en cualquier mercado mundial con las fronteras abiertas. Los trabajadores del mundo están hartos de verse sometidos al partido de Davos. Los neoyorquinos se siente actualmente más cerca de los habitantes de Londres o de Berlín que de los de Kansas o de Colorado, y comparten con los primeros la mentalidad de una elite que pretende dictar a todos la forma según la cual será gobernado el mundo” (5). Si, en sus reuniones públicas salpicadas con banderas europeas, Macron exalta la movilidad, reclama la “reactivación desde las empresas” y se compromete a suprimir las prestaciones por desempleo si se rechaza por segunda vez una “oferta de empleo decente” (6), ¿cómo distinguir sus proposiciones de los intereses de los oligarcas del dinero y del saber que forman el “partido de Davos”? Nos podemos hacer una idea de los daños democráticos que conllevarían un posible cara a cara entre éste y Le Pen, el mismo que los medios de comunicación se afanar por instaurar.

Desde hace más de veinte años, abogar por el “voto útil” remite a presentar a los dos partidos dominantes como murallas contra una extrema derecha cuyas decisiones sucesivas y concordantes han favorecido su ascenso. “Hoy en día –considera Hamon–, el proyecto de Emmanuel Macron es el estribo del Frente Nacional” (7). Pero, recíprocamente, el poder del FN ha reforzado el monopolio del poder de sus adversarios, incluyendo a los socialistas (8). En 1981, François Mitterrand preveía que una extrema derecha poderosa obligaría a la derecha a establecer una alianza con ella, a riesgo de pasar a ser inelegible (9). La maniobra se invirtió en abril de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen se enfrentó a Jacques Chirac durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Desde entonces, la derecha sólo tiene que adelantar al PS en cualquier escrutinio, nacional o local, para convertirse rápidamente a ojos de casi toda la izquierda en el arcángel de la democracia, de la cultura, de la República.

Instituciones monárquicas que permiten cualquier artería, cualquier negación; una vida política bloqueada por el miedo a lo peor; medios de comunicación que se adaptan a las primeras a la vez que se alimentan de la segunda; y luego está... Europa. La mayoría de las políticas económicas y financieras de Francia se ven estrechamente subordinadas a ésta, lo que no impide que la parte esencial de la campaña se desarrolle como si el próximo presidente fuera a poder actuar con toda libertad.

Una victoria de Le Pen podría firmar el fin de la Unión Europea –ha advertido: “No seré la vicecanciller de Merkel”–. No obstante, en el caso hipotético de que uno de los favoritos del escrutinio –y de Angela Merkel–, es decir Fillon o Macron, se instale en el Palacio del Elíseo, se aseguraría la continuidad con respecto a los presidentes a los que han servido respectivamente, se preservaría la coherencia con las orientaciones de la Comisión y se confirmarían la hegemonía alemana y el ordoliberalismo, actuando una como la puntillosa guardiana del otro. La cuestión se plantearía de otra forma en el caso de Hamon o de Mélenchon. Si se dejan a un lado las tentaciones federalistas del primero y su apoyo a la idea de un ámbito de la defensa europeo, sus objetivos pueden parecer cercanos. Pero sus medios para alcanzarlos difieren por completo, hasta el punto de que sus dos candidaturas compiten entre ellas y hacen que ambos corran el riesgo de ser eliminados.

Con Hamon es difícil no experimentar una sensación de déjà-vu. El candidato socialista, que pretende conciliar su apego por la Unión Europea y su deseo de ver como ésta pone fin a la austeridad para implementar una política más favorable al empleo y al medio ambiente y menos despiadada con Estados como Grecia –aplastados por su nivel de endeudamiento–, debe persuadirse de que la reorientación a la que aspira es posible, incluyendo en el marco de las instituciones actuales; es concebible “obtener resultados tangibles sin poner en su contra a toda Europa”. Y basa su esperanza en la recuperación de la influencia por parte de la izquierda europea, alemana en particular.

Sin embargo, se trata exactamente de la hipótesis que ofreció Hollande hace cinco años. El 12 de marzo de 2012, comprometiéndose “solemnemente” ante sus compañeros europeos reunidos en París a “renegociar el tratado presupuestario” firmado por Merkel y Sarkozy, precisaba: “No estoy solo, ya que cuento con el movimiento progresista en Europa. No estaré solo, contaré con el voto del pueblo francés que me otorgará el mandato”.

Cécile Duflot, que se convirtió en su ministra de Vivienda, nos recuerda lo que sucedió después: “Todo el mundo esperaba que [Hollande] comenzara un pulso con Angela Merkel. (…) Finalmente íbamos a darle la espalda al Merkozy. (…) El italiano Mario Monti, aun siendo tan liberal y rígido como es, contaba con Francia para invertir la tendencia. El muy conservador Mariano Rajoy veía en la elección de François Hollande la posibilidad de disminuir la presión que pesaba sobre España. Por su parte, Grecia y Portugal estaban dispuestos a seguir a cualquier salvador para evitar la ruina” (10). Ya se sabe lo que ocurrió.

En el fondo, nada distinto de lo que ya se había producido quince años antes (11). Entonces, Hollande lideraba el PS, y Lionel Jospin, el Gobierno. Como preludio a la moneda única, se acababa de negociar un “pacto de estabilidad y de crecimiento” que preveía un conjunto de disciplinas presupuestarias, entre ellas sanciones en caso de déficits excesivos. Jospin, líder de la oposición, no dejó de denunciar en el pacto un “súper-Maastricht”, “absurdamente concedido a los alemanes”. Sin embargo, convertido en Primer Ministro en junio de 1997, aceptó todos sus términos en el Consejo Europeo de Ámsterdam unos días más tarde. A cambio de su consentimiento, afirmaba Pierre Moscovici –entonces ministro de Asuntos Europeos–, habría logrado obtener “la primera resolución del Consejo Europeo dedicada al crecimiento y al empleo”. Una resolución con un impacto fulminante como todo el mundo ha podido comprobar desde entonces.

Hamon y Mélenchon pretenden, por su parte, renegociar los tratados europeos. ¿Se dotan esta vez de los medios necesarios para ello? Hamon no cuestiona la independencia del Banco Central Europeo, pero espera “hacer que sus estatutos evolucionen”. Acepta la norma del 3% de déficit público, pero “desea políticas de reactivación” compatibles con sus ambiciones ecologistas. Propone “la constitución de una asamblea democrática de la zona euro”, pero precisa con rapidez: “Aceptaría que se discutiera al respecto, por supuesto. No iré a Berlín o a otra parte diciendo: ‘Es esto o nada’, no tiene sentido”.

Algunas de estas reformas exigen el acuerdo unánime de los miembros de la Unión Europea y ninguna de ellas puede valerse actualmente del aval de Berlín. Por lo tanto, Hamon pretende modificar la situación gracias a un “arco de alianza de las izquierdas europeas”. Y recusa el precedente, poco alentador, de 2012: “Creo que los alemanes son más abiertos hoy que cuando Hollande llegó al poder”. El temor a un desmembramiento de la Unión Europea, por un lado, y la perspectiva de una alternancia política en Alemania, por el otro, habrían barajado de nuevo las cartas a su favor. Pese a todo, admite: “Soy del partido de la esperanza”.

Por su parte, la esperanza de Mélenchon ha cambiado desde 2012. Puesto que “no es posible [implementar] ninguna política progresista” en una Unión Europea tal y como existe actualmente y a falta de una “salida concertada de los tratados europeos” o de su refundación (plan A), no excluye una “salida unilateral” (plan B). Como no cree demasiado en un ascenso en poco tiempo y simultáneo de las fuerzas de izquierdas, las cuales habrían tendido más bien a retroceder estos últimos años, Francia, la segunda potencia de la Unión Europea, se convierte a sus ojos en el “elemento clave de la batalla europea”. Jacques Généreux, coordinador de la redacción de su programa presidencial, resume así la ecuación: “La salida forzada de Francia significaría el fin del euro y el fin de la Unión Europea, así de simple. A nadie le interesa asumir ese riesgo. Y, sobre todo, tampoco a Alemania”. Por consiguiente, a la vez que se niega a plegarse a las normas europeas que someten sus prioridades económicas, “Francia, sin temor y si así lo quiere, puede permanecer en el euro tanto tiempo como desee” (12).

La Unión Europea se había vuelto indiferente con respecto a las decisiones democráticas de sus pueblos, segura de que las orientaciones fundamentales de los Estados miembros estaban bloqueadas por tratados. Desde la votación del brexit y la victoria de Trump, la política se toma la revancha. Una Unión Europea actualmente febril observa cada escrutinio nacional como si se jugara el pellejo en cada uno de ellos. Ni siquiera la victoria de uno de los candidatos franceses a los que ha respaldado la tranquilizaría durante mucho tiempo.


(1) Gérard Davet y Fabrice Lhomme, “Un président ne devrait pas dire ça...”. Les secrets d’un quinquennat, Stock, París, 2016.

(2) Un colectivo oculto detrás del pseudónimo de Jean-François Trans. Pierre Rimbert, “¿En círculos o en línea recta?”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2014.

(3) Cf. Le Grand Bond en arrière. Comment l’ordre libéral s’est imposé au monde, Agone, Marsella, 2012.

(4) Le Journal du dimanche, París, 12 de marzo de 2017.

(5) Citado por William Galston, “Steve Bannon and the ‘Global Tea Party’”, The Wall Street Journal, Nueva York, 1 de marzo de 2017.

(6) Es decir, por un salario que no sería “inferior en más del 20%-25%” con respecto a su antiguo puesto.

(7) France 2, 9 de marzo de 2017.

(8) Véase “El Frente Nacional bloquea el orden social en Francia”, Le Monde diplomatique en español, enero de 2016.

(9) Cf. Emmanuel Faux, Thomas Legrand y Gilles Perez, La Main droite de Dieu. Enquête sur François Mitterrand et l’extrême droite, Seuil, París, 1994.

(10) Cécile Duflot, De l’intérieur. Voyage au pays de la désillusion, Fayard, París, 2014.

(11) Véase “La izquierda renuncia al nombre de Europa” y “Audacia o atascadero”, Le Monde diplomatique en español, respectivamente junio de 2005 y abril de 2012.

(12) Jacques Généreux, Les Bonnes Raisons de voter Mélenchon, Les Liens qui libèrent, París, 2017.

http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=9b0318a5-8fae-4595-b441-2ad572e91096

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