04/12/2025
EL PASAJERO QUE NUNCA EXISTIÓ
Nunca quise volver a manejar un taxi de noche después de aquello, pero aún hoy, tantos años después, cuando agarro el auto para cualquier mandado, miro al asiento trasero sin querer. No busco nada… pero le temo a la posibilidad de verlo otra vez.
Yo manejaba para una remisería chica. Era enero, calor húmedo, de ese que se pega en la piel. Eran casi las 3:40 a.m., una hora en la que solo viajan borrachos, infieles escapando o gente con problemas. Yo estaba por terminar mi turno cuando me entra una última carrera:
“Levantar pasajero en Av. Belgrano y Misiones. Destino: Cementerio Municipal.”
Pensé que era una joda. ¿Quién va al cementerio a esa hora?
Llamé a la base.
—¿Están seguros del destino?
—Sí, chofer. Lo pidió un hombre. Está esperando.
No tenía ganas, pero necesitaba sumar kilómetros.
Cuando llegué a la esquina, lo vi enseguida:
Un hombre flaco, altísimo, vestido con ropa vieja, casi años 60. Una camisa gris, pantalones marrones y un sombrero oscuro que le tapaba casi toda la cara. No traía celular, bolso ni nada moderno. Parecía salido de otra época.
Se acercó despacio. Yo bajé un poco la ventanilla.
—¿Pidió un remis?
Asintió sin hablar. Abrió la puerta trasera y se sentó.
El olor a humedad y tierra mojada me golpeó fuerte. Como a sótano… o a tumba.
—¿Al cementerio? —pregunté.
—Sí —respondió con una voz baja, áspera—. Al portón viejo.
Ese detalle me incomodó.
El portón viejo llevaba años clausurado.
Ya nadie entraba por ahí.
Pero arranqué.
⸻
El hombre no hablaba. Yo miraba por el espejo retrovisor. Apenas se le veía la boca, pero algo… algo en su postura era extraña. Estaba demasiado derecho, demasiado quieto, como si no respirara.
Le intenté sacar charla para sacarme el miedo.
—¿Va a trabajar?
—Voy a… encontrarme —dijo.
Esa palabra se me clavó.
“Encontrarme”. No “encontrarme con alguien”.
El aire dentro del taxi empezó a sentirse helado. No exagero. Afuera debía haber 27 grados, pero adentro… parecía invierno.
Me animé a guiar el espejo para verlo mejor.
Y ahí casi pego un volantazo.
El asiento detrás mío estaba vacío.
Me quedé helado.
Miré rápido por encima del hombro.
El hombre sí estaba ahí… pero no se reflejaba en el espejo.
Sentí un hormigueo en la nuca.
—Señor… —intenté decir.
—No mire atrás —interrumpió él sin levantar la voz.
—¿Cómo?
—Dije que no mire atrás. Falta poco.
No sé cómo seguí manejando. El camino al cementerio estaba desierto. Solo los faroles naranjas y mi corazón explotando.
Cuando doblamos hacia el portón viejo, vi algo aún peor:
La cadena oxidada que lo cerraba estaba rota, como arrancada de un tirón.
Yo frené el taxi.
—Aquí es —dijo.
Entonces levantó la cabeza por primera vez.
El sombrero cayó hacia atrás un poco… y pude verle la cara.
Tenía ojos hundidos, totalmente negros, sin brillo. La piel, pálida como cera. Y en la mejilla, una marca profunda, como un tajo viejo.
Había algo más:
No parpadeaba. Ni una sola vez.
—¿Qué… qué va a hacer? —murmuré.
—Volver —respondió.
Abrió la puerta y bajó.
Cada paso sonaba como si pisara grava, aunque el suelo era tierra blanda.
Se detuvo frente al portón, me dio la espalda y se quedó inmóvil. Creí que se marcharía… pero no.
Ahí lo vi.
Detrás del portón, dentro del cementerio, algo se movía.
Una figura blanca, encorvada, que parecía llamarlo con un brazo largo y delgado.
Yo retrocedí el taxi sin mirar. No me importó si venía alguien. Mi único objetivo era huir.
Pero antes de doblar la esquina, escuché la voz del hombre detrás de mí, aunque él ya no estaba ahí:
—Gracias por traerme. Falta uno más.
Ese “uno más” me heló la sangre porque sonó… cerca. Como si estuviera en el asiento trasero nuevamente.
Llegué a la base casi en shock. Les conté todo.
El operador, un tipo grande que llevaba años en la empresa, se me quedó mirando serio.
—¿Cómo era el hombre? ¿alto? ¿flaco? ¿ropa vieja?
Asentí.
El tipo suspiró.
—Ese viaje… lo piden cada tanto. Siempre a esa hora. Siempre al mismo lugar.
—¿Quién lo pide?
—Nadie —respondió—. El sistema lo toma solo. Es un error que no podemos borrar. Un chofer hace años levantó a un tipo así… y jamás volvió. Ni él, ni el auto.
Yo sentí que iba a vomitar.
—¿Y por qué mi**da me mandaron?
—Porque cada tanto… él busca que alguien lo termine llevando. Que lo sigan trayendo.
Esa noche renuncié.
Pero aún hoy, cuando manejo y el espejo retrovisor vibra un poco, me niego a mirar atrás.
Tengo miedo de que un día, finalmente…
él venga por ese “uno más”.