09/06/2026
🔥 El Tlacolol | Retorno forzado: las remesas no alcanzan para sacar de la pobreza a la Montaña
🪶 Arturo de Dios Palma
Fotografía: Salvador Cisneros
El Carrizal, Tlacoapa
8 de junio del 2026
La mañana del lunes 10 de febrero de 2025, en Pensilvania, Estados Unidos, es fresca. Faustino Díaz Visorio habla por teléfono con Gisela, su pareja, que está a miles de kilómetros en Tlapa, en la Montaña de Guerrero. Termina la llamada, toma unos frascos de medicina porque saliendo del trabajo tiene una cita médica. Sale de su casa rumbo a su trabajo. Va tranquilo. El restaurante donde trabaja está en la misma cuadra. Camina apenas unos pasos, cuando una camioneta se le atraviesa. Un hombre alto, blanco le ordena que se detenga.
—¿Eres mexicano? —le suelta sin más.
—Sí —responde Faustino sin sospechar.
—Muéstrame una identificación —ordena de nuevo.
Faustino saca de su mochila la identificación y se la muestra.
—No te muevas —ordena con autoridad el hombre.
Luego el hombre saca su celular y llama a una patrulla. En minutos, la Patrulla Fronteriza está ahí. Un agente revisa a Faustino, hace que saque todas sus cosas de la mochila y de las bolsas de su pantalón. Lo pone de espalda en la patrulla, lo esculca. Luego le informa que está detenido por “estar de manera ilegal” en los Estados Unidos.
De inmediato, el agente lo toma del brazo, abre la puerta de la patrulla y lo sube. Lo primero que ve Faustino al subir es a Lino, su hermano menor, quien fue detenido minutos antes.
Esa mañana, el hombre blanco —un caza migrantes— tuvo un buen día.
***
Ha pasado más de un año, es el mediodía, Faustino recorre los cerros de su comunidad, El Carrizal, en el municipio de Tlacoapa en la Montaña de Guerrero. Busca sus vacas. En el recorrido, se detiene en una casa de adobe abandonada, sombreada por grandes árboles de mango. La casa luce deteriorada, una parte ya colapsó.
De esa casa, Faustino salió hace 26 años rumbo a Estados Unidos. Es la casa de sus padres, es donde vivió su infancia. Le atrae cientos de recuerdos, unos alegres, otros tristes. Faustino recuerda su infancia llena de carencias, tiene bien claro cómo tuvo que ir a la primaria descalzo porque sus padres no tuvieron dinero para comprarle un par de zapatos.
También recuerda de su persistencia, de cómo desde niño se prometió salir adelante y lo logró. Fue el único de los diez hijos que se convirtió en profesionista. Lograrlo le costó mucho, la pobreza en su casa lo expulsó a Morelos a estudiar la secundaria, luego lo sacó a Acapulco para cursar la preparatoria y, finalmente, a la normal rural de Ayotzinapa, donde se graduó como profesor bilingüe.
Ahora, la madre de Faustino vive en el centro del pueblo, en una casa de material inconclusa: tiene las paredes sin revocar, con cables expuestos y con el piso rústico. Y, tal vez, así sigan durante mucho tiempo. Esta nueva casa, se construyó con el dinero que Faustino envió durante años desde los Estados Unidos.
El Carrizal, dice Faustino, en realidad no ha cambiado mucho después de 26 años. Sigue siendo un pueblo rural, con calles estrechas de tierra, sin centro de salud, con el drenaje expuesto y con sus habitantes dedicándose a lo de siempre: a sembrar maíz, frijol y calabaza. Hay varias casas de material, todas construidas con dinero enviado desde los Estados Unidos.
—¿Cómo ha sido este año?
—De lo peor. No me adapto, todo va muy lento. Los primeros meses la comida que comía me mandaba al baño. No podía dormir, acá se ponen a beber mucho, ponen la música muy alto, luego cantan y cuando se ponen borrachos se pelean y hasta se andan macheteando. A veces me despierto a las 3 de la mañana y ya no puedo dormir. Allá no se vive así, a veces me siento extraño acá.
—Cuando llegaste, ¿qué diferencias encontraste en El Carrizal?
—Sí hay muchas, pero para mal. Ahora la gente te apoya si le das dinero. Por un mandado pequeño quieren hasta 200 pesos. Antes nosotros obedecíamos, ahora todo es por dinero. Otra cosa que veo es que toman mucho refresco, la gente ya dejó de comer quelites, frijoles.
— ¿Cómo ves a la comunidad?
—Pienso que empeoró. Se están acabando los animales silvestres con la fumigación. Antes había muchas codorniz, correcaminos, conejos, venados, ahora no hay porque echan mucho pesticidas. El barranco está seco, ya no hay peces, cangrejos, ranas. Veo que usan muchos químicos. Ahora si hay plaga: químicos, si la milpa está triste: químicos. Antes no era así, se cuidaba el agua, uno tomaba del barranco la que necesitaba, ahora en las casas ves cómo se está tirando.
El caso de Faustino es una muestra tangible de que el dinero que envían los mexicanos que trabajan en Estados Unidos es insuficiente para cambiar los entornos de sus pueblos. El dinero de los migrantes alcanza para construir casas, hacerse cargo de sus familiares, pero no para abrir caminos, introducir el drenaje, el agua potable, construir centros de salud, escuelas, para que no falten profesores, médicos y medicamentos.
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