13/09/2026
Heredó el trono a los 20 años con el tesoro casi vacío y una deuda que no podía pagar. Diez años después mandaba sobre cinco millones de kilómetros cuadrados.
Año 336 a.C., en Egas. Su padre, Filipo II, cae asesinado en plena boda delante de medio reino. Alejandro tiene veinte años y una corona que nadie cree que pueda sostener. Plutarco cuenta que en las arcas quedaban unos 70 talentos, comida para un mes y una deuda de 200. Lo único sólido que le dejó su padre fue el ejército, y media Grecia ya estaba calculando cuánto le duraba el muchacho.
Enfrente estaba Persia. Un imperio que iba de Egipto hasta el río Indo y que podía levantar cientos de miles de hombres cuando le daba la gana. Los griegos llevaban siglo y medio perdiendo contra ellos o cobrándoles como mercenarios. Invadir Persia era una idea de borracho.
Alejandro vio lo que los demás ni se atrevían a mirar: ese imperio gigante colgaba de una sola cabeza. Tumbas al rey y el resto se cae solo.
Así peleó siempre. En vez de desgastarse contra los ejércitos, iba directo por Darío. Y cuando una ciudad no se dejaba tomar, le cambiaba el terreno. Tiro era una isla amurallada a cientos de metros de la costa, intocable por tierra. Alejandro pasó siete meses echando piedra y escombro al mar hasta construir un camino que llegara a sus murallas. Si no había puerta, la fabricaba.
Gaugamela, 331 a.C. El ejército persa lo supera por mucho en número. Parmenión, su general más veterano, le propone atacar de noche, aprovechando la oscuridad. Alejandro le contesta:
"No robo la victoria."
Al otro día, con el sol arriba, marcha en diagonal hacia su derecha, obliga a la caballería persa a estirarse y en el hueco que se abre mete a sus jinetes en punta de flecha derecho hacia Darío. Darío sale huyendo y el imperio se le derrumba encima.
A los treinta años su territorio iba de Grecia hasta la India. Once años de campaña sin perder una sola batalla.
Y aquí está la parte que casi nadie cuenta. Lo de que lloró porque ya no le quedaba mundo por conquistar viene torcido. Plutarco cuenta la escena de otra manera: Alejandro oyó a un filósofo decir que existían infinitos mundos y se puso a llorar porque todavía no era dueño ni de uno. Su viaje terminó por otra razón. En el 326 a.C., parado frente a un río en la India, su propio ejército le dijo que hasta ahí llegaban. Ocho años caminando les bastó. Se encerró tres días en su tienda esperando que recapacitaran y al final dio media vuelta. Murió en Babilonia a los 32, y sus generales despedazaron el imperio entre ellos: mataron a su madre, a su esposa y a su hijo.
Nunca decidió dónde era suficiente. Por eso lo decidieron por él, primero sus soldados en un río de la India y después sus propios hombres de confianza.
¿Tú ya sabes dónde vas a parar, o estás esperando a que alguien te ponga el alto? 🏛️🤔