08/09/2026
Expertos deciden por ti sin que notes cuándo y dónde está ocurriendo
La democracia prometió que todos tendríamos voz en las decisiones colectivas, pero buena parte de los asuntos que afectan nuestra vida cotidiana se decide en espacios donde el conocimiento técnico pesa más que la participación ciudadana.
Por Redacción Nota Antropológica
Abres la aplicación de tu banco una mañana cualquiera y te das cuenta de que los intereses de tu tarjeta de crédito han aumentado. Además, llenar el carrito en el supermercado cada vez cuesta más. Tu recibo de luz también va en incremento cada bimestre.
Entonces llega un momento en el que decides hacer una pausa y te preguntas quién tomó esas decisiones.
Pero inevitablemente te das cuenta de que tú votaste por un gobierno. Tal vez participaste en una elección. Sin embargo también te pones a pensar que lo no hiciste fue votar directamente por la política monetaria, la regulación energética, las tasas de interés o los criterios técnicos que determinan buena parte de esas medidas.
Pero entonces te has preguntado ¿qué ocurre con la democracia cuando las decisiones que afectan nuestra vida cotidiana necesitan conocimientos que la mayoría de las personas no tiene?
El politólogo Norberto Bobbio colocó este problema dentro de las tensiones que atraviesan a las democracias contemporáneas. Para él, la democracia no consiste únicamente en elegir representantes. También implica que las decisiones colectivas mantengan una relación con la participación de quienes forman parte de la sociedad.
El problema es que las sociedades modernas se volvieron cada vez más complejas.
Gobernar una economía implica interpretar indicadores, modelos financieros y mercados internacionales. Regular la energía requiere conocimientos especializados. Administrar sistemas de salud, infraestructura, tecnología o datos supone manejar información que difícilmente puede dominar una sola persona.
La especialización se volvió necesaria y es aquí donde se encuentra la tensión.
Si cada decisión requiere conocimientos técnicos cada vez más especializados, ¿qué lugar queda para la ciudadanía que no posee esos conocimientos?
El término tecnocracia está precisamente en ese punto y es con el que se hace referencia a formas de gobierno en las que el conocimiento técnico de especialistas adquiere un peso central en la toma de decisiones.
No significa que los expertos sean innecesarios. El problema surge cuando la competencia técnica comienza a presentarse como una razón suficiente para cerrar la discusión.
Una decisión puede ser técnicamente eficiente sin resolver la pregunta política sobre para quién resulta eficiente.
Un banco central puede modificar una tasa de interés siguiendo determinados criterios económicos. Un organismo puede establecer una regulación con base en modelos estadísticos. Un comité puede diseñar una política pública después de analizar cientos de variables.
Pero ninguna de esas decisiones elimina la pregunta ¿quién decidió que esos objetivos eran los que debían perseguirse?
Ahí es donde la tecnocracia entra en tensión con la democracia, ya que el ciudadano puede terminar convertido en usuario, beneficiario, contribuyente o receptor de políticas que ya fueron diseñadas antes de que pudiera participar en su discusión.
Cuando una decisión política se presenta como una cuestión exclusivamente técnica, parece que ya no existe nada que discutir. Los números sustituyen a los argumentos. Los especialistas sustituyen a los ciudadanos y la complejidad del problema termina funcionando como una barrera para participar en él.
La paradoja es que cuanto más compleja se vuelve una sociedad, más necesita especialistas; pero cuanto mayor es el poder de esos especialistas, más importante se vuelve preguntar quién controla sus decisiones.
Bobbio no estaba proponiendo regresar a una sociedad donde cualquiera pudiera decidir sobre cualquier asunto sin conocimientos especializados. El problema democrático, según él consiste en encontrar mecanismos para que el saber técnico permanezca vinculado con la decisión política, la representación, la discusión pública y el control ciudadano.
Porque saber cómo funciona un sistema no responde automáticamente a la pregunta de qué debería hacer una sociedad con ese sistema.
Y esa diferencia puede cambiar nuestra manera de entender la democracia. Tal vez el problema no sea que los expertos participen en las decisiones. Más bien comienza cuando dejamos de preguntarles a quién responden, quién define sus objetivos y quién puede cuestionar sus decisiones.
Así que la próxima vez que escuches a algún tomador de decisiones mencionar que una medida es “técnicamente necesaria”, quizá valga la pena preguntar.
¿Necesaria para quién?
Fuente:
Bobbio, N. (1986). El futuro de la democracia. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.