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La mujer del canalComo cada madrugada Mateo salía de su casa con el azadón al hombro, las botas llenas de tierra , listo...
12/06/2026

La mujer del canal

Como cada madrugada Mateo salía de su casa con el azadón al hombro, las botas llenas de tierra , listo para entregarse a la parcelas antes de que el sol implacable de la tarde lo castigara.

​Era un hombre de campo recio y de pocas palabras, a diario caminaba el gran canal de riego, que alimentaba las tierras que él trabajaba.

​Aquella madrugada la neblina flotaba sobre el agua del canal. Mateo caminaba a paso firme, hasta que un sonido que no pertenecía al campo lo hizo detenerse en seco.

​Era un lamento. Un llanto ligero, pero cargado de una tristeza tan profunda que le erizó la piel.

​Mateo alzó la mirada hacia el sendero oscuro, forzando los ojos para divisar a alguien en la penumbra. A unos cuantos metros delante de él, recortada contra la niebla, vio la silueta de una mujer. Vestía de blanco y caminaba con paso lento, dejando escapar esos quejidos que partían el alma.

​—¿Buenas madrugadas? ¿Se encuentra bien, marchanta? —preguntó Mateo, pero la mujer no respondió. Solo siguió caminando.

​Intrigado y movido por el afán de ayudar, Mateo apresuró el paso. Sin embargo, por más que alargaba el paso la distancia entre ellos parecía no reducirse; la mujer siempre se mantenía unos metros adelante.

​Un poco más adelante justo donde el canal hacía una curva estaba un viejo y enorme árbol de álamo. Mateo vio claramente cómo la mujer, exhausta por su propio llanto, se sentaba en una de las gruesas raíces que sobresalían de la tierra.

​—Aquí la alcanzo —pensó Mateo y redobló el esfuerzo, casi trotando hacia el árbol para ver qué le sucedía.

​Pero al llegar al pie del viejo álamo, no había nadie.

​Mateo se quedó congelado. Miró a su alrededor con el corazón latiéndo fuerteme. El canal era ancho y profundo, y del otro lado solo había llanura; no había arbustos donde esconderse, ni tiempo para que ella hubiera seguido sin que él la viera. Lo más aterrador fue que a pesar de la soledad del lugar, el ligero lamento seguía escuchándose ahí mismo, flotando en el aire, como si las ramas del árbol estuvieran llorando.

​Un sudor frío le recorrió la espalda, decidió que lo mejor era no averiguar más. Con el pecho apretado por el miedo Mateo dio la vuelta y siguió su camino hacia las tierras.

​Caminó unos veinte metros pero la curiosidad y el instinto pudieron más que su prudencia. Don Mateo se detuvo , volteó la mirada hacia atrás.

​Ahí bajo del viejo árbol donde hace un momento no había nadie, en la neblina espesa la silueta de la mujer estaba de pie, inmóvil, mientras su lamento se desvanecía lentamente en la brisa de la madrugada. Mateo no esperó a ver más; apretó el paso hacia el encuentro con los otros campesinos, sabiendo que esa madrugada nunca lograría olvidar.

El cuarto del fondo​Martha y su esposo decidieron pasar el fin de semana en una vieja casa a las afueras del pueblo.El l...
07/06/2026

El cuarto del fondo

​Martha y su esposo decidieron pasar el fin de semana en una vieja casa a las afueras del pueblo.

El lugar tenía ese encanto nostálgico de la arquitectura antigua, pero también un pequeño cuarto al fondo de un pasillo que desde el primer instante le provocó a Martha una sensación extraña e incómoda.

​Desde la primera noche la atmósfera se volvió densa. El crujido de unos pasos rompió el silencio de la madrugada; sin embargo, atribuyéndolo a la madera vieja o al viento que se colaba por alguna rendija, intentaron conciliar el sueño sin darle mayor importancia.

​A la mañana siguiente impulsada por la curiosidad, Martha caminó hacia la habitación del fondo. Al abrir la puerta, no encontró nada fuera de lo normal: era el antiguo cuarto de una niña, con los juguetes perfectamente ordenados en su lugar y una cama tendida con polvo acumulado.

​La pareja continuó con sus planes del día y al caer la noche el cansancio finalmente los venció. Pero en la madrugada los mismos pasos sobre el suelo de madera despertaron a Martha una vez más.

​Su esposo dormía profundamente a su lado ajeno a todo. De pronto el sonido de la perilla girando la hizo contener el aliento; al voltear descubrió que la puerta de su recámara estaba entreabierta.

Armándose de valor se levantó de la cama para revisar qué ocurría.

​El pasillo estaba en penumbras, pero la luz del pequeño cuarto del fondo resplandecía por debajo de la puerta. Desde ahí se escuchaba el murmullo de una voz infantil, como si alguien estuviera jugando, mientras una silueta tapaba intermitentemente la luz de la rendija, moviéndose de un lado a otro.

​El instinto le advirtió a Martha que no debía abrir esa puerta. Mu**ta de miedo, regresó corriendo a la recámara y oculta bajo las sábanas esperó el amanecer sin poder pegar un solo ojo.

​Con la luz del día, le contó a su esposo lo sucedido,le sugirió revisar la habitación juntos para tranquilizarla. Al abrir la puerta el asombro y el frío los invadió a ambos: la cama estaba destendida, los juguetes regados por todo el piso, y en el centro de la habitación, un frasco de pintura regada, en la pared marcas de unas pequeñas manos pintadas.

​En ese mismo instante supieron que no pasarían ni un segundo más en esa casa.

Ecos de la carretera ( repite su trajedia una y otra vez )Don Tomás llevaba años manejando un camión de carga pesada. Se...
29/05/2026

Ecos de la carretera
( repite su trajedia una y otra vez )

Don Tomás llevaba años manejando un camión de carga pesada. Se conocía las carreteras de memoria: cada curva peligrosa, cada bache y, sobre todo, las leyendas de las que hablaban los choferes en las paradas de descanso. Él siempre se reía de esas cosas. "Al único que hay que tenerle miedo en la carretera es a un pestañeo", solía decir.

​Una madrugada de octubre la niebla empezó a bajar con una densidad inusual. De repente, las luces altas de su camión iluminaron una silueta a la orilla del camino.

​Era una mujer. Vestía un abrigo oscuro y tenía el cabello largo. Tenía la mano levantada, pidiendo un aventón.

​Por regla general Don Tomás jamás subía a extraños y menos a esa hora. Pero esa vez por una extraña razon se detuvo.

​—Buenas noches, muchacha. Súbe, no son horas de andar sola —dijo, intentando sonar amable.

​La mujer subió en silencio. Se sento con su mirada hacia enfrente sin voltear a verlo.

​—¿A dónde vas? —preguntó Tomás mientras reanudaba la marcha.

​—Unos kilómetros adelante... donde cruza el arroyo seco —respondió ella.

​Tomás intentó hacer plática para no quedarse dormido, pero ella siguió en silencio.​Después de unos diez minutos de silencio la mujer habló por sí misma:

​—En la siguiente curva... maneje despacio por favor.

​—¿Por qué? ¿Está feo el camino? —preguntó Tomás, el ya conocía perfectamen la carretera, solo contesto para ver si podia tener una platica con la mujer.

​—Ahí me maté yo hace tres años.

​Tomás soltó una carcajada nerviosa, pensando que era una broma de mal gusto para asustarlo.

​—No juegues con eso muchacha...

​Giró la cabeza para mirarla, al mirar al lado del copiloto no habia nadie. El terror se apodero de el,
el corazón queriendo salirse de su pecho.

Tomás miró por el espejo retrovisor. En medio de la neblina y con la poca luz que daban las luces traseras alcanzó a debisar la silueta de la mujer mirándolo fijamente.

​A veces, no todos los espectros buscan hacernos daño... algunos solo reviven su tragedia una y otra vez.

La casa que no queria inquilinosLa mudanza al pequeño pueblo  parecía el inicio de un capítulo tranquilo. Hartos del rui...
27/05/2026

La casa que no queria inquilinos

La mudanza al pequeño pueblo parecía el inicio de un capítulo tranquilo. Hartos del ruido de la ciudad, los Martínez habían comprado una casa a las afueras, rodeada de frondosos árboles y un silencio absoluto.

​Las cosas cambiaron apenas la primera semana.
​Al principio, fueron sutilezas. Una corriente de aire helado que cruzaba la cocina a pesar de tener las ventanas cerradas; el crujido constante de las maderas en el piso superior, como si alguien caminara a paso lento; y un persistente olor a humedad y flores.

​Una noche, mientras la cena se cocinaba, todas las luces de la casa se apagaron de golpe. En medio de la oscuridad, la madre, escuchó una risa que venía del sótano. Pensando que era su hijo menor jugando una broma, se asomó a la escalera:

​—"¿Santi? Sube ahora mismo, no es gracioso", dijo con voz firme.

​La risa cesó. En su lugar, una voz idéntica a la de su propio hijo, pero con un tono distorsionado le respondió desde el fondo de la penumbra:

"Mamá... aquí abajo no entra la luz. Ven a ver qué encontré".

En ese mismo instante la luz regresó y un grito en la sala la hizo voltear: Santi estaba sentado en el sillón junto a su padre, jugando con sus juguetes, Nunca había bajado al sótano.

​A partir de esa noche, la casa pareció despertar. Los sucesos ya no eran sutiles:
​Las fotografías familiares: Los rostros en los retratos que habían colgado en el pasillo amanecían arañados, como si unas uñas de metal hubieran rasgado el papel.

El teléfono fijo de la casa, que aún no estaba conectado a la red, sonaba a las tres de la madrugada. Al contestar solo se escuchaba una respiración agitada y el eco de unos rezos en un idioma incomprensible.

​En el clóset de la recámara principal las puertas se abrían de par en par violentamente a mitad de la noche. Cuando el padre intentaba cerrarlas, una fuerza descomunal empujaba desde el interior, obligándolo a desistir.

​Desesperado por las ojeras de sus hijos y el pánico que gobernaba su hogar, el padre decidió investigar con los vecinos del pueblo. Al principio, todos esquivaban la mirada o cambiaban de tema, hasta que un anciano que vendía leña cerca de la carretera se compadeció de él.

​—"Esa casa no es para los vivos, hijo", le dijo el viejo con voz temblorosa. "Hace cincuenta años, la familia que vivía ahí practicaba la brujería.

Ofrecían cosas a la tierra para tener cosechas abundantes. Cuando el pueblo se enteró y fue a buscarlos, la casa estaba vacía... pero las sombras de lo que invocaron se quedaron atrapadas entre esas paredes,no quieren inquilinos".

​Esa misma noche, la familia decidió empacar lo básico y huir a un hotel en la carretera. Pero la casa no los iba a dejar ir tan fácil.

​Mientras cerraban las maletas en la planta alta, las puertas de todas las habitaciones se cerraron de golpe, atrancándose por fuera. El ambiente se volvió tan frío que sus alientos formaban v***r.

Las luces parpadearon hasta fundirse, dejando la casa en una penumbra total, solo por la luz de la luna que entraba por las ventanas.

​De las esquinas del techo, el horror se materializó: siluetas negras, más oscuras que la propia noche, comenzaron a deslizarse por las paredes. No tenían rostros, pero se sentía la malevolencia en su mirada ausente. Las maderas del piso crujieron con violencia y los muebles empezaron a vibrar, levantándose unos centímetros del suelo.

​En un ataque de pura adrenalina, el padre arrojó una pesada silla de madera contra la ventana del pasillo, destrozando el cristal.

​—"¡Sálgan por ahí! ¡Ya! ¡No miren atrás!", gritó.

​Uno a uno, la familia saltó hacia el tejado del porche y luego al jardín, raspándose las manos y las rodillas, mientras detrás de ellos se escuchaba un coro de lamentos rabiosos y el sonido de platos y cristales rompiéndose en mil pedazos dentro de la casa.

​Arrancaron el auto a toda prisa, dejando las luces encendidas y las puertas abiertas. Al mirar por el espejo retrovisor mientras se alejaban por el camino de tierra pudieron ver con claridad la silueta de una mujer anciana parada en la ventana de la recámara principal, despidiéndolos con la mano, esperando pacientemente a los próximos inquilinos.

La enfermera del turno nocturno.Monica  llevaba apenas tres meses cubriendo las noches como enfermera  en un hospital. Y...
21/05/2026

La enfermera del turno nocturno.

Monica llevaba apenas tres meses cubriendo las noches como enfermera en un hospital. Ya se había acostumbrado a los ruidos extraños, a los lamentos y a los pasos que sonaban en los pisos superiores.

​A las tres el sonido del monitor de la habitación 4 empezo a sonar. Era un paciente de la tercera edad, delicado, pero estable hasta hacía unos minutos. Monica entró a toda prisa, acomodándose el uniforme, dispuesta a revisar los signos vitales.

​Al cruzar la puerta la temperatura del cuarto se sentia mas fria de lo común. El paciente estaba despierto, con los ojos de par en par. Tenía la respiración agitada y el pecho le subía y bajaba con dificultad.

​—Tranquilo, Don Manuel, aquí estoy —dijo Monica con voz suave, acercándose a la camilla para revisar el suero—. ¿Se siente mal?

​El anciano con una mano temblorosa, levantó el dedo índice y señaló hacia el rincón sombrío, junto al clóset de las sábanas.

​—Dígale... dígale que se vaya —susurró el hombre, con la voz rota por el miedo—. No me toca hoy. Ella sabe que no me toca hoy.

​Monica volteó instintivamente hacia la esquina. No había nadie. Solo la silueta de un perchero.

​—Ahí no hay nadie, Don Manuel. Es el efecto de la medicina, descanse —lo tranquilizó ella, mientras le acomodaba las cobijas.

​—Sí hay alguien... —insistió el viejo, cerrando los ojos con fuerza ,mencionado lleva un traje blanco y se esta acercándo , mientras rodaba lagrimas en su rostro.

​Un escalofrío recorrió la columna de monica , intentó mantener la mente fría y tratar de tranqulizarlo . Los pitidos del monitor comenzaron a acelerarse, marcando un ritmo frenético.

​De repente, la luz del pasillo pestañeó y la de la habitación se apagó por completo.​En ese segundo de semioscuridad, Monica escuchó un sonido que le congeló la sangre: el sonido de unos pasos lentos sobre el piso . Alguien caminaba desde la esquina hacia la camilla.

​Por puro instinto de protección, Monica se interpuso entre lo que escuchaba venir y el paciente.

​—Atrás —dijo en voz alta, aunque el miedo la hacía temblar.

​ Entre la poca luz que alcanzaba dar del pasillo vio parada en medio de la habitación a una mujer alta, con un uniforme clínico antiguo, su cabello estaba perfectamente peinado.

​La aparición no hizo ningún ruido,camino hacia la camilla, extendió una mano hacia el pecho de Don Manuel.

​Monica aterrada dio un paso atrás, tropezando con la mesa de curaciones. El miedo la paralizó por completo. Cerró los ojos y en la oscuridad de su mente, solo pudo concentrarse en el sonido del monitor.

​Pi... pi... pi... piiiiiiiiiiiiii...

​El tono continuo del paro cardíaco resonó en las paredes.​La luz de la habitación regresó de golpe, deslumbrándola. Monica abrió los ojos, parpadeando con fuerza. La mujer ya no estaba.

​Monica corrió a iniciar las maniobras de resucitación, gritando por ayuda hacia el pasillo. Minutos después, el equipo médico llegó, pero ya no había nada que hacer. El corazón del anciano se había detenido por completo.

​Mientras los médicos llenaban el acta de defunción, Monica se quedó un momento a solas en el cuarto para recoger los instrumentos. Con las manos todavía temblorosas, miró hacia todos lados, justo en la ventana frente donde la aparición se habia parado , con la humedad de frio en la ventana se miraban algo . Al acercarse Monica sintió que el corazón se le salía del pecho al distinguir lo que la humedad había escrito:

​"Sigues tú".

Monica a partir de esa noche nunca pudo continuar sus turnos normales. Vivía con el miedo todas las noches.

La mesedora del sótanoEra una noche lluviosa y antes que la lluvia causará un apagon de luz decidí ir al sótano por vela...
20/05/2026

La mesedora del sótano

Era una noche lluviosa y antes que la lluvia causará un apagon de luz decidí ir al sótano por velas.

​Al abrir la puerta escuche el ruido de una mecedora, recordé que ahi estaba guardada una mecedora vieja , pensando que quiza algún roedor o algo asi la habia movido, decidi bajar con la linterna de mi teléfono.​Bajé los escalones de madera uno a uno. Con cada paso el crujido de la mecedora se hacía más fuerte. Cuando llegué al último peldaño, apunté con la luz hacia la esquina más oscura.

​Ahí estaba. La silla se movía de adelante hacia atrás, de adelante hacia atrás, sintiendo cómo un escalofrío me recorría.

​Me acerqué lentamente y puse mi mano sobre el respaldo para detenerla. El movimiento cesó,suspiré aliviado y me di la vuelta para regresar a las escaleras. Omitiendo que iba por velas.

Cuabdo iba subiendo las escaleras escuche un ruido mas brusco, buscando con la luz mi celular entre los rincones, no encontré nada, de repente empeze a escuchar murmullos que no logre entender.

​Antes de que pudiera reaccionar, la luz de mi teléfono se apagó por completo y justo detrás de mi oreja escuché el sonido de una respiración helada seguido de un susurro:

​— No vuelvas aqui abajo ... seguido de nuevo con el moviendo de la mecedora.

Sali a como pude de ese lugar, me sente en sofá aterrorizada solo pensando en lo que habia pasado, no se a que horas el sueño me venció. A la mañana siguiente aun confusa con lo que habia pasado ,no encotrabas explicación sobre lo de noche anterior.

El Cierre de Turno​Oscar era un joven que apenas comenzaba a trabajar en un pequeño supermercado cerca de donde vivía. E...
17/05/2026

El Cierre de Turno

​Oscar era un joven que apenas comenzaba a trabajar en un pequeño supermercado cerca de donde vivía. Eran las 11:45 p.m. y el negocio ya había cerrado; esa noche le había tocado el cierre. Se encontraba acomodando los productos en el área de abarrotes para poder marcharse a casa.

​El zumbido constante de las neveras era el único sonido que lo acompañaba en el enorme pasillo. De repente, escuchó un golpe fuerte, como si algo pesado se hubiera caído. Levantó la mirada hacia los pasillos para ver qué pasaba.

​Al fondo del pasillo, vio a una niña pequeña. Llevaba un vestido blanco y el cabello peinado en dos colitas. Estaba completamente inmóvil, de pie frente a los estantes.

​—¿Hola? —dijo Oscar, con la voz un poco temblorosa—. Pequeña, ya vamos a cerrar. ¿Dónde están tus papás? ​La niña no se movió ni dijo nada.

​—¿Te perdiste? —insistió, extendiendo una mano.
​A solo tres metros de distancia, la niña seguía sin decir nada, manteniendo la mirada fija en la nada. De repente, las luces del pasillo parpadearon violentamente y se apagaron por completo.

Cuando la luz volvió un segundo después, la niña ya no estaba. Oscar quiso gritar del susto, pero el sonido no logró salir de su boca. Conteniendo el miedo, empezó a buscarla con la mirada, pero no la vio por ningún lado.

​—Juega conmigo... —susurró una voz infantil desde el pasillo de enseguida.

​En ese instante de puro pánico, su instinto de supervivencia se activó. Oscar soltó un grito de pavor, se dio la vuelta y corrió como nunca antes, tratando de llegar a la salida. En su prisa por escapar tropezó de frente con el guardia de seguridad nocturnoquien ya iba a buscarlo para cerrar la tienda.

​—¡Oscar! ¿Qué te pasa? —dijo el guardia, por la expresión desencajada de Oscar.

​Oscar, incapaz de poder decir una palabra, solo señaló hacia la dirección de donde venía corriendo. El guardia intentó calmarlo para que le explicara lo sucedido. Cuando el joven por fin recuperó el aliento, le platicó todo.

Oscar aun incrédulo de que algo paranormal estuviera pasando y pensando que tal vez una niña real se había quedado encerrada le pidio al guardia fuera a revisar el monitor de las cámaras de vigilancia. Sin embargo, en la pantalla no se veía a nadie más. Solo se observaba el momento exacto en que las luces parpadeaban y un segundo después a Oscar corriendo aterrorizado por el pasillo vacío.

No te preocupes —susurró el guardia, sin quitar los ojos del monitor—. Ella solo se aparece a los nuevos. Si no le haces caso, se aburre.

Oscar lo miró horrorizado. Entendió que el silencio de la tienda nunca volvería a ser el mismo. Con las manos temblando, recogió su mochila. No renunció esa noche porque necesitaba el dinero, pero desde ese día, Oscar jamás volvió a levantar la mirada del suelo cuando le tocaba acomodar los pasillos después de las once de la noche.

14/05/2026

Un relato personal que me paso a ayer por la noche.

Empiezo con mencionarle que vivo frente de una escuela y una iglesias, yo nunca habia sentido miedo o una sensación extraña. Ayer fue la excepción

Iban a ser casi 8 p.m. cuando sali a ser unas compras para la cena. Al pasar frente a la escuela escuchó la voz de un niño diciendo " mamá" . Al cual yo volteo pensando que habia alguien en la escuela y al voltear no veo a nadie. Empiezo a sentir una sensación extraña

Sigo caminando ya com miedo En lo que sigo caminado vuelvo a escuchar pero esta vez como murmullos de un niño. Volteo de reojo para ver si realmente no habia nadie, no mire nada. Apure mi paso y a conforme iba caminando escuchaba que el murmullo del niño se asercaban mas a las rejas de la escuela. Apure el paso queriendo casi correr, llegue a mi casa temblando y sin poder hablar.

Fue una sensación extraña la que senti..!!

La visita al panteón.Cada domigo desde que fallecio su madre Mateo asistía al panteón a dejarle flores frescas a  su tum...
06/05/2026

La visita al panteón.

Cada domigo desde que fallecio su madre Mateo asistía al panteón a dejarle flores frescas a su tumba.

Un domugo llegó a la tumba de su madre y mientras acomodaba las flores, sintió una presencia a sus espaldas.

​—Disculpe, joven... —una voz de un ancianolo sacó de sus pensamientos.

​Al voltear Mateo vio a un anciano,se miraba con los ojos y una sonrisa cansada que inspiraba más lástima que miedo.

​—¿Lo puedo ayudar en algo? —preguntó Mateo, sacudiéndose la tierra de los pantalones.

​—Me he perdido un poco —confesó el viejo, rascándose la frente con manos temblorosas—

Los años no pasan en vano y la memoria me falla. Busco una tumba... está cerca de un sauce llorón que ya se secó, es de mármol azulado, con un ángel al que le falta un ala.

​Mateo conocía el cementerio como la palma de su mano. Sabía exactamente dónde estaba ese ángel mutilado.

​—Venga conmigo, señor. Está del otro lado, cerca de la barda vieja.

​Caminaron despacio. El anciano caminaba con una lentitud desesperante, pero durante el trayecto, mantuvieron una plática extrañamente reconfortante. El hombre hablaba de cómo el mundo había cambiado, de lo rápido que se olvidan los nombres cuando ya nadie los pronuncia y de lo mucho que extrañaba los tiempos de antaño.

​—Ya casi llegamos —dijo Mateo mientras señalaba el sauce seco a unos metros—. Es esa de allá,

¿verdad?

​Al llegar frente a la estructura de mármol azulado, Mateo se detuvo para ofrecerle el brazo al anciano y ayudarlo a sentarse en el borde.

​—Aquí es, señor... ¿Se siente bien?

​Pero no hubo respuesta. Al girar la cabeza el espacio a su lado estaba vacío. No había pisadas en la tierra fresca, ni rastro del hombre.​El silencio del panteón se volvió ensordecedor.

​Con el corazón golpeando su pecho y un sudor frío en su frente, Mateo se acercó a la tumba. Sus ojos se fijaron en la lápida, limpiando un poco el polvo acumulado sobre la cerámica de la fotografía.

​El grito se quedó atorado en su garganta.
​Desde el óvalo de porcelana, el mismo anciano que acababa de acompañarlo lo miraba fijamente.

Tenía la misma sonrisa y los mismos ojos cansados.

​Mateo no miró atrás. Salió corriendo del panteón mientras el sol de la tarde se ocultaba.

El Piso 4 del hospital ​El silencio en un hospital no es ausencia de sonido; es un zumbido sordo de máquinas que ya no e...
06/05/2026

El Piso 4 del hospital

​El silencio en un hospital no es ausencia de sonido; es un zumbido sordo de máquinas que ya no existen. Julián caminaba con su linterna cuando escuchó un ruido

​Al doblar la esquina, vio una camilla de metal antiguo. Sobre ella, una sábana blanca dibujaba la silueta de un cuerpo pequeño. Lo extraño no era la camilla, sino que se movía a una velocidad constante, como si alguien la empujara con prisa hacia el quirófano.

​"Oye, ¿quién anda ahí?", gritó Julián, su voz rebotando en los azulejos amarillentos.

​La camilla se detuvo en seco frente a la habitación 412. La puerta, pesada y de madera podrida, se abrió lentamente. Julián, movido por una mezcla de deber y terror instintivo, se acercó. Al iluminar el interior, como una sombra se movía de un lado a otro como si atendiera algún paciente.

​El monitor cardiaco, desconectado emitía un pitido constante.

​En la cama, no había nadie, pero la almohada estaba hundida, como si una cabeza invisible acabara de levantarse.


​De repente, el pitido del monitor se volvió un tono lineal y agudo: el sonido de la muerte clínica.

Julián sintió un aliento frío en la nuca y una mano invisible le apretó el hombro.

​Una voz de niña susurró en su oído:

— Doctor, todavía me duele.

​Julián corrió. Bajó las escaleras de tres en tres, pero en cada descanso, el número en la pared seguía diciendo "Piso 4". Bajó y bajó ,hasta que finalmente llegó a la salida de emergencia.

​Al salir al aire frío de la noche, se detuvo a recuperar el aliento. Miró hacia arriba, a la ventana del cuarto piso. Allí, bajo la luz de la luna, vio una silueta de niña en la ventana, saludándolo con la mano.

​Desde ese día, Julián no teme a la oscuridad. Teme a los hospitales, porque sabe que una hospital esconde más que la oscurid

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