12/06/2026
La mujer del canal
Como cada madrugada Mateo salía de su casa con el azadón al hombro, las botas llenas de tierra , listo para entregarse a la parcelas antes de que el sol implacable de la tarde lo castigara.
Era un hombre de campo recio y de pocas palabras, a diario caminaba el gran canal de riego, que alimentaba las tierras que él trabajaba.
Aquella madrugada la neblina flotaba sobre el agua del canal. Mateo caminaba a paso firme, hasta que un sonido que no pertenecía al campo lo hizo detenerse en seco.
Era un lamento. Un llanto ligero, pero cargado de una tristeza tan profunda que le erizó la piel.
Mateo alzó la mirada hacia el sendero oscuro, forzando los ojos para divisar a alguien en la penumbra. A unos cuantos metros delante de él, recortada contra la niebla, vio la silueta de una mujer. Vestía de blanco y caminaba con paso lento, dejando escapar esos quejidos que partían el alma.
—¿Buenas madrugadas? ¿Se encuentra bien, marchanta? —preguntó Mateo, pero la mujer no respondió. Solo siguió caminando.
Intrigado y movido por el afán de ayudar, Mateo apresuró el paso. Sin embargo, por más que alargaba el paso la distancia entre ellos parecía no reducirse; la mujer siempre se mantenía unos metros adelante.
Un poco más adelante justo donde el canal hacía una curva estaba un viejo y enorme árbol de álamo. Mateo vio claramente cómo la mujer, exhausta por su propio llanto, se sentaba en una de las gruesas raíces que sobresalían de la tierra.
—Aquí la alcanzo —pensó Mateo y redobló el esfuerzo, casi trotando hacia el árbol para ver qué le sucedía.
Pero al llegar al pie del viejo álamo, no había nadie.
Mateo se quedó congelado. Miró a su alrededor con el corazón latiéndo fuerteme. El canal era ancho y profundo, y del otro lado solo había llanura; no había arbustos donde esconderse, ni tiempo para que ella hubiera seguido sin que él la viera. Lo más aterrador fue que a pesar de la soledad del lugar, el ligero lamento seguía escuchándose ahí mismo, flotando en el aire, como si las ramas del árbol estuvieran llorando.
Un sudor frío le recorrió la espalda, decidió que lo mejor era no averiguar más. Con el pecho apretado por el miedo Mateo dio la vuelta y siguió su camino hacia las tierras.
Caminó unos veinte metros pero la curiosidad y el instinto pudieron más que su prudencia. Don Mateo se detuvo , volteó la mirada hacia atrás.
Ahí bajo del viejo árbol donde hace un momento no había nadie, en la neblina espesa la silueta de la mujer estaba de pie, inmóvil, mientras su lamento se desvanecía lentamente en la brisa de la madrugada. Mateo no esperó a ver más; apretó el paso hacia el encuentro con los otros campesinos, sabiendo que esa madrugada nunca lograría olvidar.