28/05/2026
Entre Máquinas y Mentiras
Capítulo 48: Cuentas Pendientes con el Destino
El tiempo avanzaba y con él, la promesa de un futuro que antes parecía imposible. Lejos del ruido de las troqueladoras y de los pasillos de la planta, Juan y Fernanda empezaban a construir un camino con cimientos firmes. Ya no hablaban del pasado; ahora las conversaciones se trataban de presupuestos, de buscar un pequeño lugar para independizarse y de los planes que tenían para cuando el turno de la vida por fin los uniera en un mismo hogar. Juan la cuidaba con una paciencia de oro, y Fernanda, poco a poco, volvía a sonreír con la libertad de quien ya no se siente perseguida.
Ya vi el terreno que está cerca de la avenida principal le decía Juan una tarde, mientras compartían un refresco en el porche de la casa. Está perfecto para empezar a fincar algo propio. ¿Cómo ves?
Fernanda lo miró y sintió una calidez que le llenó el pecho.
Contigo voy a donde sea, Juan. Me devolviste la vida y ahora quiero gastarla entera a tu lado.
El amor, el verdadero, estaba ganando la batalla. Pero mientras ellos planeaban una vida llena de luz, en otro rincón de la ciudad, la oscuridad cobraba su última factura.
Para Luis, las cosas dentro del centro de reclusión habían sido un in****no desde el primer día. Ahí adentro, las reglas eran dictadas por la ley del más fuerte y su actitud soberbia no encajaba en un lugar donde la humildad a la fuerza es la única forma de sobrevivir. Su mente, desgastada por la obsesión y el rencor, lo llevó a buscar conflictos con las personas equivocadas.
En esos días, la tensión que se respiraba en los pasillos del penal terminó por estallar. Un fuerte altercado se desató en el patio principal entre varios grupos de internos; los gritos y el caos se apoderaron del lugar en cuestión de segundos. Luis, cegado por su propia frustración, terminó atrapado en medio de la trifulca y se convirtió en el blanco de la furia de aquellos a los que alguna vez intentó intimidar.
Cuando los custodios finalmente lograron controlar la situación y dispersar a la multitud, el patio quedó en un silencio sepulcral. En el frío pavimento, cerca de los comedores, quedó una figura inmóvil, abandonada a su suerte por los mismos que lo habían sentenciado. Era Luis.
El equipo de asistencia médica del reclusorio corrió de inmediato hacia el lugar, abriéndose paso entre el cordón de seguridad. El paramédico se arrodilló a su lado, buscando desesperadamente el pulso en su muñeca y revisando sus pupilas mientras los guardias observaban la escena en silencio.
Tras unos segundos que parecieron eternos, el médico soltó un suspiro pesado, dejó caer la mano de Luis y miró al comandante del penal, negando lentamente con la cabeza.
—Ya no hay nada que hacer —dijo el paramédico en voz baja—. Cuando llegamos, ya no contaba con signos vitales. El daño fue interno y fulminante.
La llamada no tardó en salir hacia las autoridades correspondientes. El hombre que tanto daño había causado, el que se creía dueño de la libertad de otra persona y que casi termina con la vida de Juan, había encontrado el final de su camino de la manera más solitaria posible. El destino se había encargado de cobrar cada una de las deudas que Luis dejó pendientes afuera.
A kilómetros de ahí, ajena a la noticia que cambiaría su entorno al día siguiente, Fernanda respiró hondo y miró las estrellas. Sin saberlo, la última sombra que amenazaba su existencia se había disipado para siempre. La justicia del hombre lo había encerrado, pero la justicia de la vida se había encargado de cerrar el libro por completo. 🔥💔